En la ciudad abundan quienes enriquecen el diario vivir popular, además de prestarnos un buen servicio. Dos de ellos, desde las calles, han visto con sus propios ojos la evolución de Montería.
Por: Marcos Daniel Pineda
Entre el tumulto de gente que deambula diariamente por las calles del Centro de Montería, se encuentran los ‘chaceros’, esos personajes que solucionan pequeños problemas cotidianos al ofrecernos desde el chicle para después del almuerzo, hasta los libros que los profesores piden en el colegio. Muchos de ellos, como Luis Arturo Pereira Gómez y Carlos Miguel García Arrieta, llevan varias décadas trabajando en las calles, son parte de la vida de la ciudad al punto de que por lo menos yo me acostumbré a verlos desde que era un estudiante.
Cuando pasaba por la esquina de Telecom le compraba a Luis Arturo, “Arturito” como lo conocen todos, los caramelos para los álbumes del Mundial, y junto al antiguo Banco Ganadero (hoy BBVA) veía a Carlos, o “Charles”, como lo llama todo el mundo, atendiendo la chaza con sus muletas a un lado. Siendo alcalde tuve el placer de conocer sobre la vida de ambos, y ahora que he querido incluirlos en este libro, me acerqué mucho más a ellos.
Arturito nació en Valencia (Alto Sinú) y llegó muy pequeño a Montería. Su papá, cuenta, era peluquero y se rebuscaba mientras él lavaba cebollas, repollos y tomates para ayudar con los gastos de la casa. Lleva 47 años en la esquina donde antiguamente funcionó Telecom, en la carrera segunda con calle 33. Charles es originario de San Jacinto (Bolívar), vive en la capital de Córdoba desde 1972 y forma parte del paisaje de la calle 31 con carrera tercera desde 1978.
Cuando les pregunté por qué habían escogido sus respectivas esquinas, ambos respondieron que en el momento en que se ubicaron en estas, eran los sitios de mayor movimiento de la ciudad. Hoy, siguen ahí porque la afluencia de personas ha crecido en la medida en que Montería también lo ha hecho. “En aquella época Montería era muerta, por tanto todo era muerto. Lo único que se movía era la Caja Agraria y el Banco Ganadero. Este era un punto estratégico”, me dice Charles. Arturito por su parte, asegura que cuando escogió su esquina no había más negocios en los alrededores: “nadie, ni venta ambulante ni nada de eso; ¡vea ahora cómo está!”. Tras decir esto señala el entorno para llamar mi atención sobre la gran cantidad de comerciantes estacionarios con los que hoy en día comparte el espacio.
Frente a sus ojos no solo ha pasado el cambio de la moda en el vestir, sino también el vestido mismo de Montería, desde las calles destapadas hasta lo que es hoy: una ciudad que piensa en futuro. Los dos conocen esta urbe y han sido testigos directos de su cambio. Sin embargo, y a pesar de las buenas nuevas, hay cosas que añoran. Dice Arturito: “antes Montería era muy sabrosa, salías para todas partes libremente y sin peligro, había más seguridad y no había esa cantidad de bandidos de ahora. Si tienes un celular o un reloj, debes estar pendiente porque te lo pueden quitar”. Charles, por su parte, reniega de la falta de cultura de los jóvenes: “en aquella época era una ciudad calmada, tranquila, con gente amable y decente. Ahora la gente no respeta; antes uno le decía a cualquier persona: ‘Marcos, no hagas esto’, y Marcos le agradecía a uno. Hoy, si le digo a alguien: ‘oye, no dejes esa basurita ahí, mira que aquí mismo tienes el tanque’, me responde: ‘¡para eso le pagan a los aseadores!, ¿qué quieres, que se mueran de hambre?’. Aunque no nací aquí, quiero a Montería, quiero ver esta ciudad siempre limpia y bonita, que cuidemos las cosas que han hecho”.
Pero no todo son malas noticias. Ellos agradecen que las dos últimas administraciones de la ciudad le hayan metido la mano al Centro. Creen que es una buena idea que algunas vías sean peatonalizadas, para que se conviertan en espacios agradables por los que la gente transite libremente. “Naturalmente, la ciudad va creciendo, hay más gente en la calle y el peatón necesita más espacio para caminar y no preocuparse por el hecho de que un carro o una moto se lo pueda llevar por delante”, reconoce Charles, quien asegura que lo bueno de trabajar en la calle son las amistades que consigue, mientras que para Arturito lo mejor es que obtiene los recursos que le permiten sacar adelante a su familia. Ambos coinciden en que el aspecto negativo de sus lugares de trabajo es que además de soportar el inclemente sol, a veces tienen encontrones con “gente dañada”.
Con la aparición y masificación del internet en la ciudad, las ventas de periódico y revistas bajaron. Arturito ha tenido que empezar a vender otros productos en su chaza para compensar la reducción en las ganancias, al tiempo que Charles ha cultivado a un público específico: “quienes compran El Espectador y El Tiempo son personas maduras que no se han adaptado a las tecnologías; el joven no los compra, y si los lee, es por encima”.
En mi diálogo con ellos les pregunté qué es lo que más leen los monterianos. Arturito dice que el diario El Propio, “por lo menos eso es lo que más vendo yo; el cordobés es de poca lectura”. Con la gracia que lo caracteriza me dice también que a los monterianos no les gusta la “literatura firme” sino los “libritos sencillones”, por lo que cuando ha tratado de vender libros importantes, de gran valor académico o literario, se les han puesto blancos por el sol. Lo que más vende Charles es el diario El Meridiano por las mañanas, y por las tardes, El Propio: “porque usted sabe que no todo el mundo tiene los 1.500 pesos, pero de pronto sí los 700 para ver qué ha pasado”.





