“Patria boba, familia boba”

Por: Javier Mauricio Otero Dia
3 semanas atrás
Foto | La Razón

Quién lo iba a creer: que se tomarían de la mano los senadores petristas y uribistas para celebrar en conjunto una victoria política. Como dirían los más astutos politólogos, “en política todo puede pasar”, y así pasó: los contrarios encontraron un punto de comunión que sorprendió a todos.

El punto en común: la presidencia del Senado de Colombia, representada en la elección de Honorio Henríquez, con la cual le propinaron la primera derrota a los abelardistas, lo cual hizo que los enemigos celebraran como si fueran el mismo equipo; lo celebraron como los españoles su copa mundial.

Tristemente, ese júbilo político contrasta con la amargura y la fractura que aún se respira en muchos hogares tras los comicios. Hermanos que se volvieron desconocidos, hijos que le cerraron la puerta a sus padres, primos que se bloquearon en redes, sobrinos que le retiraron el habla a sus tíos, nueras que aborrecen a sus suegras y padres que amenazaron con desheredar emocionalmente a sus hijos por un voto. Situaciones extremas donde la pasión política escaló hasta la violencia física.

¿Cómo es posible que los políticos que ayer se atacaban sin piedad hoy se fundan en una alianza, mientras que las familias continúan atrapadas en el ciclo del odio, la amargura y el rencor?

Los políticos saben que el odio y el miedo son dos movilizadores poderosos para mover el voto. Sin embargo, son lo suficientemente pragmáticos para archivar esos odios cuando las circunstancias lo exigen: no dudan en pactar hasta con el mismísimo demonio si ese acuerdo les garantiza una cuota de poder.

Las familias, en cambio, caen en la trampa. Asumen que sus líderes preferidos son tan dogmáticos como ellos, y que defienden sus causas con el mismo fervor e idealismo del simpatizante. La cruda realidad es que la mayoría de los dirigentes —sean de derecha, centro o izquierda— no son tan inflexibles como aparentan. Para la clase política, el poder suele estar por encima de la ideología, y los principios se convierten en fichas de negociación. A lo largo de mi trayectoria, contados han sido los políticos que he visto mantenerse firmes sin empeñar sus convicciones a cambio de poder.

Qué lamentable resulta fracturar un lazo familiar o una amistad entrañable por cuestiones políticas. Da profunda tristeza ver cómo nos dejamos manipular por discursos cargados de odio y temor que terminan demoliendo la paz del hogar, mientras que los dirigentes se atacan o se aman según les dicte la conveniencia del momento.

Patria Boba. Eso es exactamente lo que estamos reeditando. La fractura que han vivido nuestros hogares antes, durante y después de la contienda electoral no es más que el síntoma de una nación inmadura; en otras palabras, la radiografía de una “familia boba”. ¿Cómo es posible que nos estemos destruyendo entre nosotros compartiendo la misma sangre? ¿Hasta cuándo actuaremos con la torpeza de dejarnos dividir por la política al punto de demoler nuestro propio hogar? Resulta absurdo, ¿no es así?

Para romper este ciclo de «patria boba» y «familia boba», el camino es inequívoco: definitivamente tenemos que aprender a convivir en medio de la diferencia. La divergencia no puede ser la excusa para destruir a un ser querido; al contrario, debiera ser la oportunidad para forjar el carácter del núcleo familiar. En mi consulta suelo repetir a las parejas y familias que acompaño que la convivencia siempre traerá consigo fricciones, y eso forma parte de la vida. Sin embargo, trascender el conflicto exige madurez emocional, respeto y afecto para hallar esos puntos de encuentro que nos hagan crecer juntos.

Una familia, una pareja y cualquier relación no prevalecerán en el tiempo si primero están el ego y los intereses personales; solo donde la familia, la pareja y la relación se ponen en primer lugar por encima de la individualidad de uno de sus integrantes, perdurarán.

Si después de entender lo absurdo que puede llegar a ser destruirnos como familia por posturas ideológicas deciden mantenerse distanciados y enojados con sus familiares, queda en evidencia que el fondo del asunto no es la política; más bien, la contienda electoral fue simplemente el pretexto —el verdadero «florero de Llorente»— que hizo aparición en un sistema familiar cuyas heridas, dinámicas disfuncionales e historias no resueltas ya venían en decadencia.

Creo que es el momento para reflexionar personal y familiarmente para volver a acercarnos a sanar, a reconocer nuestros errores, a perdonarnos y a volver a unirnos; no como nuestros políticos, que lo hacen por intereses egoístas y de poder, sino con un propósito genuino de amor familiar.

Tomen este mal momento en su familia como una señal de mejora y como un impulso para comenzar a trabajar en la salud emocional y relacional entre ustedes; no con la obligación de que todos piensen de la misma forma, sino para que aprendan a vivir en medio de todas las diferencias que tengan: religiosas, políticas, etc. Que ninguna de ellas los separe, sino que aprendan a amarse y respetarse incondicionalmente.