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¡Yo trabajo!

Opinión/ Por Marcos Velásquez.


Mg. en Comunicación. Psicoanalista. Docente/Investigador. Escritor.

Opinión/ Por: Marcos Velásquez.

FOCUS

La Revolución Industrial (Gran Bretaña, mediados del Siglo XVIII), produjo un cambio en la estructura del comportamiento laboral de la sociedad humana, al hacer que los señores feudales cambiaran a sus siervos por ovejas.

Al descubrir que la lana de las ovejas era más rentable que sostener a los siervos en sus terrenos, y al plantearse que podían alquilar sus tierras a quienes estuvieran en capacidad de pagar por su arriendo, los señores feudales desacomodaron a los siervos, quienes hasta ese momento tenían un estilo de pensar concreto: al nacer sin tierras, sabían que eran pobres, y como tal, solo se podían dedicar a hacer las labores de labranza, para esperar de la bondad de sus señores feudales, la retribución del pago con las sobras de lo que ellos mismos habían producido.

Como todo, esto dependía del corazón de cada señor feudal, dado que siempre ha habido seres bondadosos, como seres egoístas y mezquinos.

Para esa época, la lógica de la elaboración de un producto requería del trabajo humano, de las herramientas o maquinarias y de la tierra.  Igual que ahora, donde se plantea la necesidad de la tierra o el espacio para la producción, el cual puede ser una oficina, una bodega, un barco en alta mar, o aun, la tierra en sí misma.  Los medios de producción, que hoy están presentes a través del desarrollo tecnológico y con este, la robótica, que es la evolución racional de la maquina (éstas operadas por sí mismas), pero que en una palabra se nombra como el capital que se invierte para poder producir.  Y claro está, el trabajo, porque sin trabajo no puede haber energía que transforme la materia para que se haga el producto, o se plantee el servicio (que en el feudalismo no se conocía, gracias a que las necesidades eran concretas y por tanto la demanda no existía).

En este orden de ideas, tierra, maquinaria y trabajo son la base de una economía de mercado, ya que al maximizar la producción, las demandas de la sociedad de mercado pueden ser cubiertas a través de los productos o servicios que se ofrecen.

Pero, volviendo al estilo de pensar del feudalismo, un siervo nunca llegó a imaginarse que él por sí mismo tenía propiedad sobre uno de los tres elementos de la cadena productiva.  Como su trabajo no era remunerado, sino que se debía a su condición de nacimiento al interior de un feudo, hacía bien agradeciendo lo que de su trabajo le retornaba en las cosechas su señor feudal, para él y su familia.

Sin embargo, en la Revolución Industrial, cuando los siervos fueron desalojados de las tierras de los señores feudales y se vieron vagando por las calles de Londres, Manchester  o Gales, buscando techo y comida, en su aun incomprendida libertad, tuvieron que iniciar su propia revolución de pensamiento al decirle a otro:

  • ¡Señor! Busco techo y comida.  ¡Yo trabajo!  ¿Cuánto me da a cambio por mi trabajo?

Al hacer esa pregunta, el siervo entró en el valor de cambio.  Por ende, le puso un precio a uno de los elementos de la producción: el trabajo.  (En la actualidad, el trabajo hace parte de uno de los servicios/intangibles que se oferta en el mercado laboral).

Mientras los señores feudales iniciaron su nuevo mercado de lana y alquiler de tierras, adaptando su estilo de pensar para continuar con su estilo de vida de producción de riqueza, el siervo, apabullado por el abrupto y apremiante cambio en su realidad inmediata, antes que tomar como una oportunidad su libertad, asumió con sumisión el trabajo que encontró y continuó con su estilo de pensar de pobre.

Es decir, el siervo no se adaptó, continuó con su estilo de pensar, salvo los que sí lo hicieron y dieron el paso en la historia de la humanidad a los que fueron nombrados peyorativamente como pequeños burgueses.  Ellos, antes que ser reconocidos por su capacidad de transformar su estilo de pensar, de adaptarse y entrar en el mundo de las sociedades de mercado, fueron tildados como oportunistas de las circunstancias.

El siervo que no obró así, se sometió a jornadas extenuantes de catorce horas o más, en una fabrica o en una mina, pensando que tenía que entregar todo de sí a un nuevo señor, ya no feudal, sino de mercado, propietario como antes, de los otros dos elementos de los requisitos de la producción: espacio y capital.

Se sabe que el metro cuadrado cuesta según su ubicación, como también el capital que se invierte en tecnología es considerable.  Sin embargo, cuando se trata de tasar el valor del trabajo, casi todo se torna subjetivo.

Estimo que este momento de verdad habita nuestros pensamientos a partir de las ruinas del feudalismo, donde los siervos, que siempre han sido más, no tuvieron ante su apremio, el valor de negociar un precio justo por su mano de obra, y antes que reconocer que las fábricas o las minas requerían de su servicio para poder producir, pensaron como lo sabían hacer: dando gracias a un señor por permitirles trabajar.

En las ruinas del estilo de pensar de la humanidad, en el imaginario colectivo de nuestra sociedad y en las lógicas de pensamiento de nuestros ancestros, se ha de evaluar, si en nuestros días se piensa como siervo o como señor feudal, como trabajador, como propietario o como emprendedor, nombre que nunca se le reconoció al despectivamente nombrado pequeño burgués.

En marca personal no se trata de juzgar moralmente quién se aprovecha de quién.  No se trata de eso.  Se plantea por el contrario, la necesidad de escrutar los restos del estilo de pensar de siervo que puede habitar en cada ser hablante, con el objetivo de replantear y actualizar la condición de la producción de valor.

En otras palabras, la libertad de trabajar postula la capacidad de negociar el valor de la mano de obra.  Si yo no me estimo, sino que me debo a otro, mi valor de cambio en el mercado laboral me lo pone otro.

En marca personal, yo he de entablar la venta de mi trabajo, a partir de lo que yo hago valer mi energía de transformación para lograr la producción.

Es comprensible que el estilo de pensar del siervo no tuviera en ese momento oxigeno en sus ideas para pensarse como parte del proceso sino como agradecido ante la oportunidad brindada para continuar con sus hábitos de producción.  Sin embargo, es cuestionable en el siglo 21 permitirse pensar como siervo.

Twitter: @MARCOS_V_M

 



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