Volver a leer

Por Ana Paola Martínez de la Ossa.


Qué difícil es en determinada etapa de la vida- sacar tiempo para leer, para leer de verdad, para retomar el hábito de la lectura escudriñando cada detalle, yéndonos a tierras lejanas y profundas que nos curten de saberes y de historias. Ahora es más fácil ojear libros, repasar titulares o leads; entre una red social y otra, el trabajo, los niños, los estudios y la rutina diaria, el camino para detenernos a leer se hace escurridizo y estrecho, por lo que cada vez nos asomamos menos a los libros mientras ellos siguen allí, debajo del polvo y las telarañas, esperando de piernas cruzadas el aplazado reencuentro entre nosotros y la figura decorativa de la biblioteca.

No sé si coincides conmigo en que esta cuarentena muy de vez en cuando nos transporta a ciertos momentos de la infancia, de la adolescencia. A mí me pasa a menudo que prender un simple fósforo me recuerda el olor de la hornilla de la abuela; que preparar un arroz me transporta a la casa grande en la que viví con mi mamá; que contarles a mis hijos las historias de antaño me agua los ojos, como si así atesorara más mi pasado -que finalmente es el suyo también-, como si así fuera capaz de ir memorizando más y más lo vivido.

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Y no son solo los momentos que pasamos en este aislamiento los que remueven nuestras emociones, la lectura también tiene sus armas y nos va soltando del modo más liberador para que sigamos haciendo catarsis desde casa. Da igual si leemos para entretenernos o para adquirir conocimientos, un buen libro siempre es buena y grata compañía, tanto que cuando nos enamora demasiado se vuelve refugio inevitable, burbuja de personajes y lugares que se agolpan en nuestra memoria.

A propósito de la circunstancia y de ese anhelo increíble por leer y volver a leer, consulté a algunos escritores sobre qué libro o libros recomiendan para esta cuarentena. Mi intención no es otra que pasar la voz:

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Ginna Morelo: La elegancia del erizo, de Muriel Barbery.

Ela Cuavas: Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt.
Irina Henríquez: El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura; De mujeres con hombres, de Richard Ford, y cualquiera de Haruki Murakami.
Carmen Muñoz: Siddharta, de Hermann Hesse.
Fadir Delgado: El amante, de Marguerite Dunas; La tía Tula, de Miguel de Unamuno; Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar.
Alberto Salcedo Ramos: Cuentos orientales, de Marguerite Yourcenar; El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence; El enterrador, de Thomas Lynch.
José Luis Garcés González: La peste, de Albert Camus; Diario del año de la peste, de Daniel Defoe.
Antonio Mora Vélez: Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa.
Enrique Patiño: El arte de vivir, de Thich Nhat Hanh.
Carlos Marín: Los poemarios Las perdidas heredades, del poeta cordobés José Manuel Vergara; y Metáfora de la ausencia, del poeta sucreño Ricardo Vergara.
John J. Junieles: Silva, de Daniel Ángel.
Nelson Castillo: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; El extranjero, de Albert Camus.
Antonio Dumetz: El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez; Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz.

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