Venga, lo invito a no hablar de política

Por: Róbinson Nájera Galvis


En esta ocasión, en vez de estar metiendo la cucharada en esa política promesera que parece no ir para ninguna parte, con ese chorro de candidatos que se autoproclaman portadores de la paz, mientras sus bocas lo que sueltan a diario es un reguero de mentiras, intrigas, pullas…  mejor les cuento que en Sahagún, mi pueblo, hace muchos años, por el mercado público una elegante morena caminaba con un movimiento de caderas bastante rítmico. Esa hermosa mañana, a unos tres metros de distancia mis ojos la seguían entregados por completo a la recreación que proporcionaba el electrizante espectáculo.

Estaba convencido que mis ojos eran los únicos que disfrutaban de lo que estaba sucediendo, pero de repente un vendedor de yucas, clavó fijamente la mirada en las nalgas de la morena y de una soltó el piropo: “Negra, me vas a paralizar el corazón con ese fandango que llevas allí”. Al instante, no pude explicar de dónde carajo ni en qué momento el tipo sacó la genial comparación entre un fandango y el exagerado vaivén de los glúteos de la mujer. Hasta ahora, unos 32 años después, sigo creyendo que gocé mucho más con la expresión del “man” que con el modo de caminar de la morena.

Desde ese momento me dediqué a saborear esa riqueza expresiva que como una mina se encuentra escondida debajo de dicho lenguaje popular, entonces como el minero que escarba debajo de la tierra para extraer el precioso metal, me propuse explorar esa sabrosura lingüística que explota con solo sonsacarle la lengua a loteros, boxeadores, chanceros, carniceros, lustrabotas, vendedores ambulantes, etc. y entendí que así como el metal extraído requiere de un proceso de transformación, también a ese palabrerío hay que aplicarles un barniz de ingenio para que adquiera cierta brillantez.

El lenguaje, popular o no, es el verdadero rostro de las personas, afirman muchos, y yo les creo porque la expresión oral o escrita que suelte cualquier emisor, enseguida lo delata de cómo es en realidad: amable, patán, inteligente, mentiroso, pues la palabra es el reflejo exacto de lo que somos y de lo que pensamos, por tal motivo, me extraña mucho que la gente se trague una y otra vez toda esa inmundicia que se puede rastrear fácilmente en esos discursos de los aspirantes a Presidencia o al Congreso. ¡Qué cosa coño! Otra vez desviándome para el tema que no deseo tratar en estos tiempos de tira y jala.

Bueno, presento disculpas, es que las palabras son también una especie de caballo cerrero que a veces saltan, brincotean, tiran para todos lados y casi obligan a tomar el escudo y la espada para luchar contra las injusticias de la vida, entonces en ocasiones se desbocan para entrometerse en los asuntos de la política, cuando lo que deberían es discurrir a buen paso por los vericuetos del arte que alimenta el alma, por tal motivo, vivo pidiéndole a Dios que siempre vaya poniendo en mi sendero otros fandangos de otras negras que caminan por ahí, para que inspiren nuevas ilusiones, nuevas historias.



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