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Una sangría que no he solicitado

Por Marcos Velásquez.


WHISKY

En el medioevo los barberos hacían sangrías, sacaban dientes y afeitaban a sus clientes. Las sangrías se hacían para sacar el exceso de sangre en el cuerpo, dado que se pensaba que haciendo esto, los humores del cuerpo entraban en equilibrio, lo que debía producir una mayor resistencia a las enfermedades.

Para hacer este procedimiento, el barbero le entregaba un palo al cliente para que este se aferrara a él, con dos propósitos: para que las venas estuvieran brotadas y para que la sangre corriera fluidamente al estar empuñando la mano en el palo.

Con el tiempo, cuando los cirujanos-barberos empezaron a establecerse en los poblados, utilizaron como icono de reconocimiento en la entrada de sus establecimientos, uno de esos palos, forrados con las vendas ensangrentadas, pero por cuestiones estéticas y el cambio de épocas, cambiaron dicho icono por un madero blanco envuelto en una raya roja.

Sin embargo, el icono que nosotros conocemos, es el del madero blanco envuelto en una raya roja con otra azul, dado que si le damos vuelta con un motor, percibimos el efecto óptico del movimiento de las bandas rojas, azules y blancas que capturan la atención de quien pasa por allí y se percata de que necesita una mano para su imagen.

La sangre y la cirugía ya no son el asunto de nuestros barberos, sin embargo, lo que se habla en las barberías cuando se tiene confianza con el barbero y cuando se instaura una camaradería con los clientes que la frecuentan, siempre serán temas donde la temperatura de la sangre puede subir.

En tiempos de política se suele hablar de política, lo que hace que algunos caballeros se acaloren con el tema, más por la pasión, que por un análisis racional del asunto, sobre todo, cuando hay intereses de por medio que van más allá de lo económico.

La sangre siempre hierve, cuando de injusticias se trata. Quizá, en el escenario de la política, es donde más injusticias se detectan, sobre todo, cuando ella es la encargada de dirigir los intereses del colectivo a manos de quienes toman su ejercicio como estilo de vida, y cada vez más pocos, como vocación.

Por lo pronto, hay un asunto en nuestro entorno cordobés que irónicamente le ha hecho hervir la sangre a quienes hacen política. Aclarando que no todo quien hace política es político, pues una cosa es salir a buscar votos, como si de una empresa de asociados a un producto específico se tratara, y otra muy distinta es asumir la gestión de quienes requieren elegir a alguien que vele por sus intereses en el sector público, partiendo de la base de que dicha persona está más enterada de lo que allí sucede, y por ello, tendrá más herramientas para hacer la defensa de los intereses de quienes representa.
Elección tras elección se devela el desgaste que hay en los decolorados partidos políticos nacionales. No con sorpresa se observa cómo ya “el partido” no representa la colectividad que erige. Al igual que las prácticas de “hacer política”, tampoco los diferencia.

A lo sumo, esto ha calado en la ciudadanía nuestra, la que sin importar un partido en especial, opta por a acompañar a quien en un momento determinado se encarga de plantear un conjunto de propuestas para su colectividad, escuchándolo pacientemente hasta que lo puede interrumpir para preguntarle de tajo: ¿Y usted qué me va a dar a mí?

Se plantea que la corrupción, la alteración de la forma o estructura de algo, la perversión o vicio o soborno o cohecho, parte de quien mendigando votos, ofrece dádivas para conseguirlos. También se habla de que “los políticos” mal acostumbraron a los votantes a que si no les dan nada, no hay votos.

Se habla de la corrupción de los políticos, pero se desconoce la corrupción de los votantes. Y dentro de las prácticas comunes de irresponsabilidad, antes que corregir el impase, las discusiones se enfrascan en la pálida argucia de: “para qué los acostumbraron”.

Hay un problema en la estructura del discurso político en Colombia. Nadie quiere saber de política, por estar ocupado en sus propios oficios. Las necesidades de los ciudadanos son tan elevadas, que algunos les llegan a trasmitir a sus hijos y nietos que la vida será así para ellos a perpetuidad. Y lo que más incona el discurso que todos demandan pero que casi nadie desea asumir, ya que prefieren ser mal servidos a asumir una posición responsable sobre las prácticas del servicio, el resentimiento, la victimización y el afán de un totalitarismo que catapulte todo compromiso social.

En el ejercicio del voto en nuestro medio se evidencia cómo a muy pocas personas les interesan las prácticas y las soluciones colectivas, ello hace que el caldo de cultivo esté hirviendo para que un dictador entre a escena.

Por lo pronto, sé que mi barbero me pide que contenga la emoción, dado que si me corta, me terminaría haciendo una sangría que no he solicitado.

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