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Un pie fuera de la carroza

Opinión / Por Marcos Velásquez.


WHISKY

No siempre que uno se acicala la barba tiene que ir donde el barbero. Día de por medio, cuando no es apremiante, uno se organiza los pelos que no van en su lugar y los que de modo reacio insisten en crecer sobrepasando la medida estética oportuna.

Uno hace esto con paciencia, porque si se lo toma muy a prisa, se corta. El corolario siempre es, para no cortarte la cara, ve sin prisas.

Como se trata de un trabajo paciente frente a un espejo, insisto, los hombres aunque nos miramos al espejo, no sostenemos por mucho tiempo la mirada sobre nuestra propia imagen. A lo sumo, uno se concentra en el trabajo específico de la organización, adecuación, de la forma que uno quiere sostener en su barba, más que en la mirada integral de lo que uno quiere proyectar.

Este acto permite que uno se adentre en las reflexiones de lo que uno escucha con atención de punto flotante en las conversaciones en las que uno participa en el día anterior o en la noche anterior.

Pues, acicalándome, me di cuenta que en estos días he hablado con mujeres que en su discurso se han quejado de lo mismo. Se han quejado de los hombres. Algo que no es nuevo cuando se sabe que “los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus”. Es decir, no se han quejado de modo cliché de que los hombres son perros, son sinvergüenzas, son ojicontentos, etc. No. Se han quejado de que los hombres ya no quieren estar con las mujeres.

Escuchando con detenimiento su queja, el reclamo que hacen las mujeres con las que conversé, es que el hombre de hoy, independiente de su edad, es un hombre, más que narcisista, un hombre infantil, en el sentido egoísta de su comportamiento.

Estas mujeres reclamaban en sus palabras, al varón, al hombre que en su momento eligió ser el acompañante de la mujer, el galán que brilla por cortejar, conducir y defender a una mujer que, desde su posición femenina, optó por estar con él para construir una relación.

El sin sabor que guardan estas mujeres, es el de no soportar los actos de estos hombres, más que independientes, misóginos en sus rasgos. Ellas plantean que son hombres que se quejan de la mujer porque no quieren despertarse con ellas a su lado, cuando ellas anhelan de modo romántico despertarse al lado de su hombre, abrazarlo, besarlo y aguardar que su galán les lleve el desayuno a la cama.

No. La realidad que ellas exponen es que sienten que los hombres las buscan solo para la satisfacción sexual, donde son ellos quienes primero se complacen y ellas, sin derecho a réplica, no pueden exponer sus necesidades y expresar sus grandes vacíos eróticos.

Hombres que no hacen el esfuerzo por estar a su lado, a la altura de las circunstancias, sino que prefieren irse de tour en sus bicicletas o de rutina al gym. Hombres que piensan más en la imagen personal para proyectar el sujeto de éxito que ellas tienen que equilibrar, porque sus inseguridades se las dan a conocer a ellas a través de sus rabias, pataletas o desaires.

Estas mujeres que no son muchas pero tampoco pocas, son mujeres que con pareja o en búsqueda de esta, se quejan de que el hombre de hoy ya no es el hombre que les brinda la seguridad fálica que toda mujer busca en un varón. Al punto que las que tienen hijos varones, llegan a manifestar que, para tener más hijos a su alrededor, con la compañía y la lidia del propio, les basta.

Semejante síntoma en las dinámicas de pareja me ha hecho pensar en que los problemas de nuestra sociedad del Siglo XXI poseen exclusiones estructurales en el discurso. Freud murió haciéndose la pregunta: ¿Qué quiere una mujer? Hoy las mujeres se hacen la pregunta: ¿Qué le pasa a los hombres?

Al parecer, se pasó del fervor adolescente del hombre que deja todo por estar con los amigos, al hombre que hace todo por sentirse bien consigo mismo. Posición que ahonda la distancia entre los sexos y edifica una relación donde la individualidad prima sobre el lazo erótico que hace existir el amor, cuando la queja del otro se torna pesada porque su demanda incomprendida por sí misma, llega dando gritos a la pareja, para que este la salve de su incapacidad de sostenerse.

Las mujeres se sienten solas. Algunas reclaman su independencia. Cuando tratan de conciliar la compañía de un varón con la independencia demandada, descubren que algo pasó en su conquista independentista, donde el varón de hoy es más narciso que galán.

Ni pensar lo que está pasando con las mujeres adolescentes, a las que escucho menos pero también se quejan. El temor de ellas es que sus compañeritos de iniciación en cuestiones del amor, o son patanes, no saben tratar, no saben hablar, no saben qué es cortejar, no saben qué es complacer, no saben que hay que tener paciencia con la mujer, en una palabra, son torpes con letras mayúsculas, o están confundidos con su definición sexual.

Antes las mujeres se quejaban de los hombres, y los varones nos quejábamos de las mujeres. Hoy las mujeres sin notarlo, reclaman a un varón del cual quejarse, porque al parecer, en todas las edades las mujeres coinciden en que los hombres con los que se encuentran, más que compañeros sentimentales o amantes sensuales, son niños con egos grandes que piden atención y no saben que son elegidos para brindar protección.

¡Me corté! Justo, me corté. Me corté porque ahora que estaba terminando, Andrea me llamó para que le hiciera el favor de ayudarla a subir el cierre de atrás de su vestido. No sé si me corté porque me asustó que ella me llamara cuando estaba pensando en estas conversaciones de ayer, o porque por estar pensando en mi barca no estaba atento a las peticiones de ella que, siempre pide que le ayude con su imagen antes de salir, dado que, como es la mujer, siempre tiene que saber que está hermosa, antes de poner un pie fuera de la carroza.

Twitter:
@MARCOS_V_M



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