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Tragos amargos

Por: Marcos Velásquez


El whisky se toma puro, pero por ser caliente, en nuestro medio le echamos dos o tres hielos, con el objetivo de que el frío del hielo le mate el calor, cuando lo que se produce es que se agüe, se interrumpa, el sabor del trago.

La más de las veces los tragos son fuertes, dado su porcentaje de alcohol, y aunque enmascaremos su sabor, no dejan de producir su efecto: la degeneración en el espíritu.

Pero, los tragos más fuertes que existen, y de los cuales no hay cómo turbar su sabor, son los de la vida.  Estos tragos, que nunca caen bien y que jamás serán bien recibidos, permiten a un sujeto de atención de mente presente crecer espiritual mente, o por el contrario, irse por el desbarrancadero de la insondable soledad del ser, la que culmina en la degeneración en el espíritu.

A lo sumo, lo que más perturba a un sujeto es la caída de sus ideales, más, cuando se trata del amor.  Todo enamorado que se ve en la escena del amor como tercero excluido, pierde usualmente la cordura y reacciona de modo inesperado ante la indignación y el sentimiento de burla y pena de sí mismo.

Quiero decir que es normal ver a un desencantado del amor descompuesto en su ser ante la impotencia que siente frente a lo real de la escena donde descubre que él o ella no es el centro de atención, y que la sensualidad, como la atracción idealizada de su imagen, no están de su lado, sino del rival que acaba de descubrir.

Si dicho sujeto es culto o goza de amor propio, de modo oportuno da un paso al lado, sin querer ello decir que no sienta enojo, rabia o pena por sí mismo y odio por su pareja.  Pero en su caso, puede más su dignidad y su pudor, que el afán de entrar a exponer su desdicha ante el gozo de quienes no pensaron en él o ella, cuando confabularon su placer deponiendo los principios o acuerdos con su pareja, para darle rienda suelta a su afán de concupiscencia.

El herido ha de saber que solo el tiempo podrá sanar su honda pasión de desamor e infelicidad.  Le queda lo vivido, el desencuentro y la lección que ha de aprender ante algo que no esperaba y no deseaba para sí.  Su consuelo se inscribe en que, en lo inenarrable de los hechos, el silencio es el mejor bálsamo para acompañar ese trago.

Sin hielo y con pudor, el desencantado continúa su vida porque sabe que tiene una vida más allá de la que brinda la alienación del amor.  Puede retomar muchos rumbos que quedaron pendientes en el momento en que eligió el camino fallido que acaba de abandonar y, lo más alegre a pesar de la desdicha, puede volver a pensar en sí mismo.

Quien no tiene la capacidad de reaccionar así, es porque se encuentra en un estado de alienación tal, que solo existe porque el otro lo hace existir. Su inmadurez lo hace dependiente, por ello, el reclamo constante de su insatisfacción y los múltiples reclamos banales ante un real que más que palabras, se explica por sí solo.

Lo particular de todo esto es que, nunca ha dejado de pasar en la historia de la humanidad este tipo de escenas, como las reacciones ante ellas. Sin embargo, como ahora estamos en la Revolución Digital y uno de sus componentes es la accesibilidad a las redes sociales, entramos a ser espectadores y audiencia de la intimidad de las parejas que están en crisis.

Lo nuevo en esta situación es la pérdida del pudor del sujeto herido y el morbo férreo de quienes gozan del malestar de la intimidad del vecino, dado que hoy, al estar en las redes sociales, mi vecino es también el sujeto virtual que mira desde su smartphone, tablet, portátil o computador de mesa, la ventana de mis redes sociales, con la particularidad de que ahora él puede opinar como si hiciera parte de la cotidianidad de mi casa, porque el implicado lo permite.

Nada se resuelve al interior de una pareja al permitir circular la intimidad fracturada de su amor en las redes sociales. 

Por el contrario, el cotilleo y las vacuas opiniones de quienes se autorizan a hablar sobre lo que ven sin tener el respeto mínimo por las circunstancias que llevaron a que uno de los miembros de la pareja se decantara por la infidelidad, antes que entrar a dirimir sus momentos de verdad, sus imposibles posibilidades de colmar las demandas ideales del otro o llegar al grado de la sinceridad y reconocer que todo acabó y lo único que queda entre ellos es la costumbre y el temor a seguir avanzando cada uno por su lado en compañía de sus miedos y la siempre compleja sensación de vacío que acompaña la libertad, producen un ruido que desdibuja cualquier posibilidad de solución de un problema que le corresponde resolver solo a la pareja.

A ella y a nadie más, dado que de allí es donde surge toda fisura que permite que todo se diluya como el whisky en el hielo, mezcla que genera un aguachinado que hace que el trago pierda su sabor, cuando lo que uno busca al beber, es el encuentro con un sabor que agrade al espíritu.

Hacer circular en las redes sociales la intimidad, es reconocer que se perdió el pudor.  Es asumir que desde las patadas de ahorcado, lo único que viene es el final de la vida, a pesar de que se patalee de modo impotente ante la verdad.

Todo trago tiene su sabor. Uno lo sorbe para degustarlo. Si a uno no le gusta, de manera culta, se deja a un lado y se pide algo diferente.

Ahora, los tragos de la vida suelen ser amargos y nadie, de modo consciente, desea sorberlos. Por ello, esos tragos es mejor degustarlos en soledad, pasarlos en seco y sin ambages. Así, comprender que el sabor que a uno le deja la experiencia de probar algo que disgusta, es el preámbulo para buscar la miel que almibare nuevamente el amor.



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