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Torero sin muleta

Opinión/ Por Marcos Velásquez.


Opinión/ Por Marcos Velásquez.

COTIDIANIDADES

Atravesaba el parque de La Castellana, en el sentido de la Calle 63 hacia la Calle 64, cuando veo su carro parqueado un poco antes de la esquina de la Calle 64 con Carrera 10.  El sol estaba acogedor y ya empezaban las brisas del verano a refrescar el día desde la mañana.  El arquitecto bajó la ventanilla del puesto del conductor de su carro y me saludó familiarmente, como de costumbre.  Me preguntó por mis primos, me dijo que casi no me reconoce y me felicitó porque estaba caminando, dado que él no ha podido soltar el carro, o definitivamente, está más tiempo conduciendo, que permitiéndose el espacio de caminar para ejercitar el corazón.

La pregunté por sus hijos, que cómo estaban, que si su niña ya había regresado del intercambio, que si se quería quedar en Montería o era de la nueva generación que estima que el extranjero es mejor que nuestra cálida brisa con días soleados de nuestro verano.  Pero su respuesta fue contundente, me dijo que ella estaba enamorada y eso cambiaba todas las perspectivas del mundo por un solo lugar en la tierra, que por ahora, podría disfrutar un poco más de ella, porque solo quería estar al lado de su nuevo amor aquí en Montería.

Pero me comentó de su hijo, que estaba preocupado porque en su juventud estaba empezando a cambiar su forma de ser y sobre todo, le preocupaba los nuevos “amigos”con los que estaba empezando a relacionarse, enfatizando que eso lo tenía preocupado y que no sabía cómo abordar esa parte, porque amando a su hijo, tenía temores de que esas nuevas amistades lo fueran a llevar por los actos de las calles donde, aunque hay farol, la luz no ilumina.  Me contó que estaba preocupado por eso y que le costaba buscar un modo para llegar a él y hacerle preguntas sin que se fuera a incomodar y por ello la relación se fuera a distanciar.

Hablamos entonces de lo difícil que se ha vuelto ser padre hoy y cómo viviendo separado el hombre de hoy, asume una posición en la que para conservar el cariño de sus hijos cerca, pasa la línea de puntos suspensivos del padre que representa la autoridad, al compinche que no sabe cómo obrar.

Le pregunté por la novia y me dijo pausadamente que la mujer con la que estaba compartiendo una relación, ya no había ido más a visitarlo, y que antes que sentirse mal, sintió como un fresquito de tranquilidad que le provocaba hasta quedarse solo por un tiempo.

Inmediatamente le dije que abriera el ojo, que estaba empezando a ser tentado por una manifestación del síntoma contemporáneo del hombre separado.

¿Cómo así?, me preguntó.

Sí, le dije, hoy en día escucho que el hombre separado, una vez consolidada la ruptura del matrimonio, entra en un trance de sexo desbordado donde quiere olvidar lo que está viviendo, negar lo que le está pasando y reivindicar en él su narcisismo masculino herido, porque no acepta haber sido rechazado.

Como hoy es más fácil ligar que comprar carne, no hay problema alguno para encontrar una mujer con quien estar, más cuando ella también quiere solo bípedo de paso y no amasijo de sabanas por la mañana, y si es joven, le interesa la cuarteta: paso por ti, vamos al bar que incluye cerveza de calentamiento, ron, aguardiente o vino si es que nos la queremos tirar de finos, un poco de baile, casi nada de conversación, vamos a la cama y si se puede nos descargamos los dos y si no, nadie pregunta y entre copa y copa se piensa para sí, en la otra oportunidad será, y nuevamente a la casa de cada quien sin preguntar cuando te vuelvo a ver, sino a esperar que en la semana el primero que tenga ganas vuelva a aparecer.

De ese modo van pasando las semanas, se va afianzando la rutina y el trabajo se torna en el centro de la vida.  Resurge la alegría, ya no de tener una habitación propia, sino un apartamento para uno solo, sin mamá que regañe y con señora del aseo que por días va a poner todo en orden.  Sin saberlo, se empieza a revivir una adolescencia donde los deberes de la universidad son canjeados de modo inconsciente por los del trabajo, con la grata alegría de que por ello pagan y con ese dinero y solo, se puede empezar a pensar en los caprichos que uno siempre ha querido invertir el dinero ganado.

El hombre se reencuentra con su egoísmo y con el sosiego de que nadie lo va a incomodar por hacer o comprar cosas que solo a él siempre le han interesado.  Por ello, aunque vive solo, prefiere ir a motel para que la mujer de paso no se acostumbre a la cotidianidad de la casa y no se empelicule pensando en qué rico sería sí nos despertamos juntitos todos los días.  No.  Mejor te llevo a la casa que ya está tarde, o porque mañana tengo que salir temprano.

Y de ese modo ya no pasan las semanas si no los años y el hombre sin notarlo se acostumbra a vivir solo y empieza a adquirir rasgos misóginos.

¿Esa vaina qué es?, me preguntó el arquitecto con los ojos muy abiertos, rematando su pregunta con la afirmación: ¡Porque yo no soy marica!

¡No, hombre!  Le expliqué.  Misoginia, si bien es aversión a las mujeres, resaltando que entre mujeres se da mucho esto también en esta época, en el caso del hombre separado, que vive solo en su apartamento, es ese fastidio de tener que compartir su espacio con la mujer de paso.  Es decir, al hombre que vive solo se le vuelve incomoda la cotidianidad de la convivencia en pareja.  Es como si la herida causada por la ruptura marital, dejara la secuela de no querer volver a verse compartiendo con nadie cuestiones del hogar.  Por eso la sensación de incomodidad de tener que preparar comida juntos en la cocina, de atenderla a ella llevándole agua o helado o fruta después del polvo.  A lo sumo, lo hace las dos o tres primeras veces para seducirla y descrestarla, pero de ahí en adelante, lo que siente el hombre es: ¡Bueno, ya estuvimos, ahora te vas para tu casa que tengo que trabajar porque mañana tengo algo para entregar!  Y si ella le dice que no le cree que va a trabajar a esa hora, el hombre contesta con serenidad, para hacerla sentir mal a ella: ¡Precisamente!  Me trasnoché para darte gusto a ti.

El arquitecto inmediatamente detuvo mis palabras y me pidió que no siguiera.  Me preguntó que si entonces era normal que el hombre separado que vive solo prefiere estar solo en su casa, estar por fuera los fines de semana con la mujer de paso y que le incomodara que ella cuando está en la casa compartiendo con él empezara a hacer cosas de ella, a organizar el espacio como a ella le parece mejor y en definitiva, lo que cuenta es el ratico de las goticas de miel y si era normal la sensación de sentirse mal humorado después de que se agotara el jadeo y que se lo quisiera comer la impaciencia de querer estar solo lo antes posible.

Le plantee que de eso precisamente le estaba hablando, del síntoma contemporáneo de los hombres separados que viven solos y que se acostumbran tanto a ello que ya no quieren volver a vivir con una mujer.  A lo sumo, desean sí estar con una mujer, pero no vivir con ella.

¡Sabes qué! -me dijo- Me acabas de describir a mí.  ¿Cómo se llama eso?

Me quedo pensando unos minutos y le digo que antes, a los hombres que vivían solos y se volvían cascarrabias, les decían biatos.  Pero tratando de buscar una palabra que permitiera nombrar esas manifestaciones de la vida de hoy, donde al hombre se le olvidó que independiente de las circunstancias, él es un cazador y por ende un protector (teniendo presente que esto se presta para un debate a la altura de las circunstancias con corrientes feministas recalcitrantes), sopesé que a dichas manifestaciones, metafóricamente, se le pueden nombrar como: torero sin muleta.

El hombre me miró a los ojos y me dijo: ¿Sabes qué?  Yo estaba preocupado por mi hijo, pero ahora estoy más preocupado por mí, porque la verdad, como estoy me siento bien y eso que tu dices es verdad, suena extraño, pero no me hace sentir mal.

Subió el vidrio de la ventanilla del copiloto, se despidió desde adentro y arrancó suavemente, como si algo en él se hubiera removido sin llegar a caerse.

Yo seguí caminando y empecé a recordar cuando mi papá de pequeño me llevaba a las corridas de toros en La Macarena y yo veía frente a mis ojos, no un asesinato, sino la sensual danza de la vida y la muerte, donde la muleta tenía la función de ayudar al toro a comprender en su cansancio que la lidia no era un asunto de fuerza sino de aguante para ambos.

Twitter: @MARCOS_V_M

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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