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Todos queremos estar en paz

Por Marcos Velásquez.


COTIDIANIDADES

En Colombia nos acostumbramos a mentirnos. También a ver lo que queremos ver. Difícilmente tratamos las cosas por su nombre. Mejor evadimos o interpretamos, según nuestra conveniencia, la realidad. Todo con tal de no escuchar lo que sabemos que es, pero que no queremos o no podemos o nos cuesta reconocer.

Si bien hay una desmentida, una defensa fallida (el propio “ya lo sé… pero, sin embargo”) de la credibilidad de la función de los políticos en la nación, no es oportuno legitimar que “los buenos políticos” pertenecen a un partido en especial. Más, cuando en Colombia los partidos políticos se de coloraron a partir de los setenta, con la irrefrenable envestida del narcotráfico que, con la máxima de Pablo Escobar: “Plata o Plomo”, no le daba margen de elección a quienes de buena fe aún creían en los principios morales, respetaban los límites y valoraban la vida del ser humano.

A partir de allí, Colombia entró en otro discurso. Si bien hubo un momento en el que se pensaba en mejorar las vías, en darle vivienda a los más desprotegidos, en letrinizar los caseríos más apartados, en llevar la energía a las zonas veredales más escarpadas o distantes de los centros urbanos, hacer que la cobertura en educación se tornara en una bandera que enarbolara la proyección social de quienes trabajaban por sus compatriotas, o hacer que la salud, más allá de las infraestructuras de sus hospitales y los antes conocidos como puestos de salud, estuvieran dotados, contaran con la cobertura de las plazas médicas para que la población fuera atendida de modo oportuno, pasó a ser una herramienta de manejo de contratos donde, más que venderlos previamente para asegurar la inversión hecha en campaña, devino en una práctica en la que difícilmente se logra reconocer qué dinero es el que está presente en la ejecución de estos.

En otras palabras, el voto, el voto de Don Amador, de Doña Milagros, de Don Emiliano, de Doña Consuelo, el voto de ese ser humano con el que se tomaba café, se hablaba de política o se empeñaba la palabra y se llegaba a sentir mal el político porque no le pudo ayudar o estaba a la espera de poder colaborarle, dado que lo más importante era el reconocimiento, el lazo social que en las próximas elecciones permitiría ir con tímida confianza donde ellos nuevamente a pedir su apoyo en las urnas, ya que el partido, el grupo de personas que compartían una ideología, y con ella, unos ideales de una sociedad donde los valores y los principios en los que habían crecido, siguieran existiendo para sus hijos, sus nietos y por qué no, para los bisnietos, pudieran prolongarse porque todos se apoyaban en la urnas.

Eso se perdió. Hoy hay contratos. Contratos y recuperación de la inversión hecha en la campaña para llegar a ser Alcalde, Concejal, Diputado, Gobernador, Senador o Presidente. Por lo pronto, es conocido en el ámbito municipal que quien desea aspirar a una alcaldía debe iniciar su campaña con una partida base de 500 millones de pesos, pero debe estar preparado para llegar en la pugna hasta los 5.000 millones de pesos, o más, con tal de ser El Alcalde.

Quien aspira a un cargo de elección popular sabe que debe contar con dinero, o con respaldo económico para lograr “seducir” a sus electores. Así es hoy la democracia. Por ello, es ingenuo, por parte de algunos colombianos llegar a pensar que la guerrilla de las FARC EP se sentaron en una mesa de negociación porque querían, por vía de la política, consolidar los ideales que tanto daño le han hecho a nuestro país.

Los idealistas que obligaron a una nación a sostener sus ideales de una nación para todos a partir de la extorsión, el secuestro, el boleteo, el abigeato, las masacres (desde 1996 y hasta el 2015, esa guerrilla cometió unas 39 matanzas, según lo estipula el Centro Nacional de Memoria Histórica y el Archivo de El Tiempo), no pensaron en el daño que le causaron a sus propias familias, como tampoco escatimaron esfuerzos en los estragos que causaron a los colombianos que nada tenían que ver con una ideología que no funcionó y que aún tozudamente pretenden sostener, porque, de qué otra manera van a gobernar, sino desde su estilo de pensar.

Si las FARC se sentó en una mesa de negociación, es porque tienen el dinero para hacer campaña electoral, como también un número de colombianos incautos que todavía piensan que los otros son mejores que los que conocen, dejando pasar por alto que todos somos colombianos y ello hace que estemos impregnados, no de una ideología social, sino de una forma de ver la vida, donde mientras el otro me sea útil lo tengo en cuenta, pero si no piensa como yo, pues ya sabemos todo lo que hicieron los paramilitares, y también las guerrillas que, en la hora final, no piensan desde la ideología, si no, desde los intereses.

No nos confundamos. Todos queremos estar en paz, sin embargo, nos quieren hacer creer que la paz ya llegó. No. La Paz continúa en construcción. Depende de nosotros, de los colombiano. No de los políticos, ni de los guerrilleros que hoy desconocen sus atrocidades.

Cuando todos en Colombia miremos las cosas como son y no desde los intereses personales o desde los ideales anacrónicos, cuando volvamos a respetar a las personas, más que por su voto, que ya tiene precio reconocido, por su nombre, por sus conversaciones sinceras y amables, podremos volver a la Colombia que ha querido nacer pero que la ambición humana en esta tierra no ha dejado crecer.

Twitter: @MARCOS_V_M



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