Sin excusas…

Por: Guillermo Montiel Payares


Bastó que el Ministerio de Salud anunciara la puesta en marcha del mal llamado “Aislamiento Inteligente Selectivo” para que resurgieran los rebrotes, aumentaran nuevamente los índices de contagio y disminuyera la capacidad instalada de camas en Unidades de Cuidados Intensivos; como diría el Compadre Goyo: “el virus se regó como verdolaga en playa”. Si bien es cierto, que era necesaria la apertura cuasi total de la economía, también lo era, el fortalecimiento de los programas de responsabilidad social empresarial y el afianzamiento de la disciplina social y a juzgar por los cifras, nada de eso sucedió; en otras palabras, lo era un secreto a voces, se volvió una realidad, es decir, “nos van a volver a encerrar”.

Nos fuimos de relax

Todo parece indicar, que las innumerables estrategias, las extenuantes jornadas de prevención de la enfermedad y la promoción de las acciones de mitigación, poco o nada sirvieron; y no precisamente porque los mandatarios locales no hayan hecho lo suficiente (bueno algunos alcaldes si andaban o autorizaron muchas parrandas), sino porque la indisciplina social nos ganó nuevamente la batalla. Nos relajamos al tal punto que adoptamos como cultura de vida lo que falsamente nos quiso mostrar el “marketing de la tranquilidad”, dicho de otra manera, nos indujeron a creer que lo peor ya había pasado.

Coincidentemente, volvimos a como estábamos hace un año atrás, llevando en nuestro cuerpo una falsa sensación de tranquilidad, caminando y saludando con un interminable temor en nuestro corazón y pensando permanentemente en la incertidumbre que genera no saber lo que pueda suceder. Siendo sensatos, lo recomendable es no arriesgarse, lo mejor es alejarnos de los lugares donde abunden los “ríos de gente”; debemos evitar a toda costa ser parte de la estadísticas de contagio. Esperemos entonces, que la desproporcionada cantidad de personas circulando por nuestras polvorientas y calurosas calles, sean consecuentes con la mejora del comercio, de los ingresos y por supuesto, que se haya tenido el tiempo suficiente de ahorrar para soportar y solventar lo que está por venir.

En resumidas cuentas, creo que todo estaba dicho; se nos olvidó lo bueno que aprendimos y terminamos superponiendo “la cheveridad” por encima de la cordura; y expreso lo anterior, por la corraleja humana que a diario hay que torear en las calles de la ciudad; todo se convirtió en un folclor absoluto y un irrespeto asombroso por las normas mínimas de bioseguridad.

¿La ciudad de los milagros?
De la noche a la mañana, y casi que milagrosamente, se dejaron de seguir los controles de aforo, de ingreso y de vigilancia estricta de las medidas de bioseguridad. Como por arte de magia, y en la mente de algunos, ante todo empresarios y comerciantes o como los quieran llamar, el virus desapareció; extrañamente, grandes y reconocidas cadenas de supermercados, entidades bancarias y organizaciones del estado, abrieron sus puertas de par en par, no porque esto sea malo, por el contrario, apenas era justo tratar de salir del atolladero en el que muchos procesos y procedimientos se encontraban; lo curioso es que nunca más volvieron a entrar en cuarentena o a tener trabajadores en aislamiento preventivo, lo cual quiere decir, que nunca más hubo empleados o funcionarios contagiados; asombrosamente, todas esas organizaciones terminaron blindadas con un escudo protector invisible llamado irresponsabilidad social empresarial y la ausencia de virtualidad. Para la muestra, todos los botones de la camisa, hoy estamos parados en la delgada línea de un nuevo confinamiento; con lo expresado, no estoy juzgando a los encargados de hacer cumplir la normatividad, dicho de otra manera, los clientes, las personas del común, todos, absolutamente todos somos responsables de lo que está sucediendo; en otras palabras, mientras ese siga siendo el pensamiento y la actitud generalizada, estaremos a “miles de tabacos” de terminar con esta pandemia.

Servicio social: se le recuerda a los empleadores, que ante el resultado positivo por parte de un empleado, se hace imperante, no solo el reporte inmediato y obligatorio a la E.P.S. y la A.R.L. sino también, el testeo a todo el equipo de trabajo que hayan estado en contacto estrecho con un compañero o con un cliente y no esperar a que haya un evento trágico para tomar conciencia que es mejor suspender actividades por unos días, que extrañar a los compañeros por muchos años. Dejen de hacerse los locos que las clínicas psiquiátricas están bastante ocupadas con personas realmente enfermas (porque en realidad hay que ser trastornado mentalmente para omitir unas pruebas elementales y obligatorias y hacer que los empleados vayan a trabajar sin haber cumplido el tiempo de aislamiento requerido).

De ñapa: es preciso recordarles a los funcionarios de policía y de las alcaldías, que la normatividad establece, que las reuniones o fiestas privadas no necesitan permiso; la norma regula el control máximo de personas (aforo), la emisión de ruidos, el respeto por el espacio público y el cumplimiento de las medidas de bioseguridad. Dejen de estar haciendo cacerías de bruja que los primeros actos públicos masivos fueron orquestados por ustedes mismos.



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