¡Sí a las sesiones virtuales del Congreso!

Por: Ruby Chagui Spath


Opinión. La democracia y la deliberación política son de todas las horas. Es impensable que el COVID-19 le impida al Congreso de la República cumplir con sus funciones naturales: crear las leyes necesarias y acordes a la actualidad de la sociedad, y realizar control político sobre el Gobierno. Y digo impensable porque, sin duda, la Rama Legislativa es el órgano más representativo del Estado, es la representación de todos los colombianos, pero muy especialmente de nuestras regiones que hoy reclaman mayor atención en medio de la pandemia.

El debate hoy es: ¿Las sesiones del Congreso deben ser presenciales o virtuales? Aquí no hay nada qué debatir. Nuestra responsabilidad hoy es tan grande que no solamente se trata de cuidar nuestras vidas y la de nuestros seres queridos, sino también la de todas las personas que nos rodean (quizá miles en un día). El virus no es selectivo y sí es mortal.

Pero los hechos hablan por sí solos. El Congreso ya demostró que puede sesionar virtualmente y culminamos una legislatura histórica, que brilló por la juiciosa asistencia de los congresistas, por la importancia de los proyectos aprobados y por el nivel de los debates de control político, en los que la oposición tuvo amplios espacios y garantías.

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Ya la Corte Constitucional despejó el camino al aclarar que la decisión de realizar sesiones no presenciales “pertenece a la esfera de la independencia y autonomía de cada uno de los órganos que estructuran el poder público”. Es decir, solo el Congreso de la República puede determinar la forma en que realiza su trabajo.

Así las cosas, los congresistas no tenemos excusa para no reiniciar labores el próximo 20 de julio. Debemos hacerlo con responsabilidad, a través del trabajo remoto, la única solución compatible con la vida y la salud en la época del COVID-19. Así lo aconseja, además, el sentido común.

Colombia tiene 108 Senadores y 172 Representantes, la mayoría de ellos no viven en Bogotá y alrededor de diez colegas se han contagiado con la enfermedad. Si se le exigiera al Congreso sesionar en el Capitolio Nacional, muchos parlamentarios tendrían que desplazarse cada semana hacia y desde la capital del país, pese a las bien conocidas restricciones al transporte y a que muchos legisladores son particularmente vulnerables (solo en el Senado, 57 legisladores tienen preexistencias o son mayores de 60 años, y tres tienen más de 70). Lo más grave, pondríamos en riesgo la integridad de quienes hacen posible nuestro trabajo en la sede legislativa: el personal administrativo y logístico de las secretarías, el personal de seguridad y aseo, nuestros asesores, y sus familias, entre otros. En pocas palabras, nos volveríamos vectores de contagio y terminaríamos promoviendo multitudes en un momento en el que hay una alta ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos dispuestas para los enfermos de COVID-19 (solo en Bogotá, la ocupación supera el 90 %).

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Las sesiones y votaciones virtuales garantizan la deliberación y la participación de los distintos partidos políticos en una sociedad abierta. Para dar más garantías, el Congreso ha expresado su disposición a ser escrutado y someterse a las auditorías que resulten necesarias para asegurar que su trabajo remoto facilita el debate democrático, cumpliendo los requisitos contemplados en la Constitución y el Reglamento del Congreso, incluso las votaciones secretas para hacer elecciones.

En estas circunstancias, la virtualidad es la salida. Nuestra democracia hoy está más vital que nunca, no está en cuarentena. ¡Sí a las sesiones virtuales del Congreso!

Escribió Thomas Mann en La Muerte en Venecia: “La peste se había asentado de un modo permanente, causando estragos inauditos […] negada y escondida, seguía haciendo estragos en las callejuelas angostas”. El COVID-19 no será permanente y todos, juntos, lo derrotaremos.



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