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¿Será que esta vez sí?

Por: William Mercado Echenique


Como una decisión sorpresiva fue percibida la intervención de la Superintendencia Nacional de Salud al Hospital San Jerónimo, luego de los múltiples intentos de retomar las riendas por parte de las autoridades departamentales, sin que el resultado fuera el más positivo en términos de mejoramiento en la prestación de servicios y recuperación financiera de la entidad.

Sin embargo, la historia no es nueva. La entidad en cuestión ya había sido objeto de intervención forzosa, durante un año y tres meses, luego de que el 28 de julio de 2015, se resolviera asumir la administración, por parte de la Superintendencia Nacional de Salud.

En octubre de 2016, se anunció el fin de la medida, con base en que se habían alcanzado los objetivos propuestos en el plan que se llevó definido, concluyendo así que esta había sido exitosa. Para la época, los esfuerzos de la SUPERSALUD, estuvieron enfocados en la reactivación de servicios que permitieran una mayor cobertura a la comunidad y a su vez lograr la estabilización en la operación del hospital.

Se destacó en ese momento que, gracias a la intervención, se disminuyeron en un 53% los pasivos de la institución hospitalaria; se incrementó la facturación de servicios prestados; se dejaron al día los pagos al personal de planta y se recibieron por parte de la nación importantes recursos financieros, así como del departamento.

¿Qué sucedió entonces durante los dos años y tres meses posteriores, para que la SUPERSALUD, considerara absolutamente necesario volver a asumir la responsabilidad de la administración del Hospital San Jerónimo?

Son múltiples las razones. Los hallazgos, producto de la inspección realizada por la Superintendencia Nacional de Salud, son decepcionantes. Ni siquiera se estaban garantizando los mínimos de higiene y seguridad para el paciente, y para el entorno que rodea a la institución.

No es posible que a estas alturas, todavía se encuentre una institución prestadora de servicios de salud, ya sea pública o privada, en la que no se vislumbre la relevancia de la adecuada gestión de residuos hospitalarios, el peligro que representa el uso de medicamentos vencidos, el no seguimiento de protocolos que garanticen la seguridad del paciente, convirtiéndose la entidad hospitalaria en un generador de riesgo permanente, y no en la entidad a la que se acude con confianza, para poner bajo su cuidado nuestra salud y vida.

Y ni hablar del desorden administrativo y financiero en el que se encontró la institución, sin que a la fecha se hayan logrado aclarar las condiciones de alrededor de los 490 contratos que fueron suscritos el 1º de enero del año en curso, y las millonarias deudas que hoy presenta el hospital.

Aquí la responsabilidad no puede recaer única y exclusivamente sobre quienes han participado directamente en la administración del Hospital San Jerónimo, después del levantamiento de la medida por parte de la SUPERSALUD.

Están igual de comprometidos en el nefasto panorama, todos aquellos que hicieron caso omiso de las múltiples denuncias de las irregularidades que se estaban presentando en el hospital, lo cual incluye a la misma superintendencia, que por lo menos debió cuidar su legado, pues para nadie es secreto, que las experiencias exitosas en los casos de intervenciones administrativas forzosas, son bien escasas.

Es muy posible que nuevamente se logre salvar a tan accidentada institución, pero ¿qué es eso, que esta vez sí va a garantizar la permanencia en el tiempo de los avances que se produzcan a raíz de la intervención?

¿Siempre tendrá que llegar alguien de afuera, a decirnos qué no estamos haciendo bien y a “enseñarnos” cómo es que se hacen las cosas?

¿Cuántas oportunidades da la Superintendencia Nacional de Salud, en caso de que se llegara a experimentar un déjà vu?

Esperemos que esta nueva prueba a la que nos enfrentamos como departamento, sea la sacudida que necesitamos para darnos cuenta, de que debemos actuar de manera responsable, de cara a la comunidad y a la institucionalidad que nos representa.



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