¡Sabrosas para vivir!: ciudades de entornos naturales

Por: Boris Zapata Romero


El tema siempre será de actualidad. Supongo que debe estar impulsado por esa memoria genética, que nos pide recordar que somos parte de un todo con la naturaleza, y que por eso nuestra suerte está atada.

En ese sentido, nuestro entorno define muchas de las cosas de nuestra vida, para bien o para mal.

Esas son vainas de hippies, dirá más de uno. Cosa que cambiaría si supiera, por ejemplo, que hace unos seis años la revista Health and Place divulgó una investigación que señalaba respecto a los negocios de comida rápida, que los niños vecinos a ellos tienen mayor riesgo de obesidad. O que hay menores índices de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), que es una de las perturbaciones del neurodesarrollo más usuales en nuestros niños, cuando conviven con vegetación[i]. O que una alta densidad de árboles beneficia a los niños de escuela primaria que crecen en zonas densamente urbanizadas, con un riesgo menor de autismo[ii].

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Las ciudades, que es donde hoy día vive la mayoría de las personas en el mundo, deben repensarse en estos términos de favorecer entornos positivos y saludables a quienes las habitan. Que sean sabrosas para vivir, para decirlo claro.

Este artículo lo inspiró un estudio del psicólogo Omid Kardan de la Universidad de Chicago, que fue mencionado tangencialmente en un documental en Netflix llamado “El comienzo de la vida, parte 2: allá afuera”.

Me di a la tarea de encontrarlo y leerlo; se llama “Neighborhood greenspace and health in a large urban center”, que es algo así como “Espacios verdes en el vecindario y salud en un gran centro urbano”. Este estudio descifra entre otras cosas, una condición que me parece de resaltar, y es la relación en una ciudad con una densidad de arboles importante frente a la salud, pero también frente al bienestar económico (increases in economic status of people). No sé cómo más traducirlo, porque se puede entender como un incremento real o perceptivo, pero en cualquiera de los dos casos, debo agregar que me parece fantástico.

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En palabras del Dr. Kardan, “Según nuestros hallazgos, la mejora de la percepción de la salud y la disminución de las condiciones cardiometabólicas mediante plantar 10 árboles más por cuadra de ciudad equivale a aumentar los ingresos de todos los hogares de esa ciudad bloque en más de $ 10,000, que es más costoso que plantar los 10 árboles adicionales”.

Otra de las anotaciones a tener en cuenta es que los árboles que afectan a las personas de manera más general son aquellos con los que pueden tener más contacto (visual o presencial) “con que hipotetizamos que serán los plantados a lo largo de las calles. La explicación podría ser que los árboles en la calle pueden ser más importantes para la reducción de la contaminación del aire generada por el tráfico a través de la deposición seca”, resaltan.

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Es claro que “La salud debe ser parte de las consideraciones cuando se planifica urbanísticamente una ciudad”, dijo alguna vez María Neira siendo responsable del Departamento de Salud Ambiental de la tan conocida hoy OMS, y esa posibilidad se encuentra en que dialogue el urbanismo con la sanidad mental y física, e inviten a la economía y la sociología. Parece complicado, pero no lo es; y en todo caso se trata de nuestro bienestar, así que todo esfuerzo bien vale la pena.

[i] Greenery and the use of ADHD medication among children: the relationship between the volume of greenery in living environments and the prevalence of ADD/ADHD medication use among children aged 5-12. Alterra report 2672. WUR-Alterra, Wageningen.

[ii] J. Wu & L. Jackson (2017), Inverse relationship between urban green space and childhood autism in

California elementary school districts. Environment International 107:140–146.



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