¿Sabemos qué es una oportunidad?

Por: Boris Fernando Zapata Romero


Creo que todos hemos escuchado el poder que tiene la información. No sé si todos lo tenemos claro, pero estoy seguro de que, si usted está leyendo esto, lo ha escuchado por lo menos.

En la enciclopedia de filosofía de Stanford encontramos que la información tiene dos propiedades. La información al ser tan extensa y basta, tiene la propiedad de la “aditividad”, en otras palabras, es una suma de datos interdependientes, y tiene que ver con nuestras interacciones con el entorno y la manera cómo vamos sumando a lo ya aprendido, lo que vamos conociendo. La segunda propiedad, que probablemente fue formulada por primera vez por los empiristas Locke y Hume, es que la información reduce la incertidumbre, de manera que la relación entre incertidumbre e información es que baja la primera al crecer la segunda.

Siendo la información una suma constante que permite que tengamos más certeza sobre algo, es que se valora la información como un poder.

En los negocios agropecuarios en este país, entiéndase desde parcelas hasta haciendas, la mayoría ni siquiera revisa el calendario de siembras o los informes climatológicos, que dicho sea de paso cada vez son más exactos, si no que las acciones son intuitivas y desinformadas.

No hace sino un par de meses atrás en mi departamento, Córdoba, uno de los mayores productores de maíz, pequeños cultivadores de este cereal se quejaban porque tenían existencias de maíz que tenían que vender a precios que no alcanzaban los márgenes de rentabilidad esperados, entre otras, no solo porque no tenían clientes que pagaran mejor, sino que carecían de bodegaje adecuado para poder tratar de sostener la venta para lograr un mejor precio.

El resultado fue que vendieron a precios menores de lo que esperaban. Los que lograron mejores precios fue por la intervención del Ministro de Agricultura Rodolfo Zea, que intermedió entre ellos y algunos grandes compradores.

Lo que es muy triste, es que desde inicios del año pasado, antes de que el Covid-19 se declarara pandemia, la FAO estaba proyectando un aumento en los precios mundiales de los alimentos, y efectivamente según un estudio de UBS, los precios agrícolas aumentaron de un 14 a un 19% en el 2020.

Este año que corre sigue el aumento; ya la FAO anunció que hubo un incremento de 4,3% en enero de este 2021, respecto a 2020, de manera que alcanzaron los alimentos su precio más alto desde julio de 2014, empujados por los aceites vegetales, el azúcar y los cereales.

Y digo que es triste, porque no hubo acciones de ningún nivel, para por ejemplo aumentar la capacidad de almacenaje de granos. Y se sabía bien, pues recuerdo un par de informes de la Bolsa Agropecuaria de Colombia del primer semestre del 2020.

Esta “realidad informada” debiera ser la que oriente las acciones de lo público en materia de inversión y acciones en el sector; lo otro es seguir soportando hasta que solo los grandes capitales subsistan, porque hasta a ellos datos como que la urea, el principal fertilizante de los “no orgánicos”, ha subido de enero de 2020 a enero de 2021 un promedio de 100 dólares la tonelada, o en el mismo sentido los más de 120 dólares del fosfato de amonio, más conocido como DAF, también les pesan con un dólar al alza.

Esta situación, por ejemplo, afecta de manera negativa a la industria de la proteína animal blanca y roja, por el alza del alimento concentrado, cuya base son cereales, que a la velocidad que va no se puede trasladar de manera inmediata al consumidor, lo que crea fallos de mercado que alguien tiene que asumir en el corto o mediano plazo. Adivinen.

Pero así mismo todo esto puede representar una ventaja, ya que “estando claros la cosa cambia” como diría un campesino, más sabiendo que se estima que en el país hay 12 millones de hectáreas en zonas cálidas donde se puede sembrar maíz tecnificado, de manera que se puede pensar en cubrir la demanda interna.

En este punto quiero recordar que el consumo per cápita anual de maíz en el país, es de 30 kilos, y representa el 9% de suministro diario de su energía en la dieta alimenticia; sin embargo, a pesar de que en Colombia el maíz es el tercer cultivo en importancia después del café y el arroz, gracias a que la producción no cubre la demanda, tanto industrial como para consumo humano, también es el mayor importador del grano de Sudamérica y séptimo del mundo, con más de 5 millones de toneladas de maíz anuales.

No olvidemos que el éxito llega cuando la preparación y se encuentra con la oportunidad.



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