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Rezar

Por Marcos Velásquez


COTIDIANIDADES

Por: Marcos Velásquez

Como no alcanzaba de pie a verse del otro lado del mostrador, le mandaron a hacer un banquito para que quien llegara la viera y no notara que su estatura aún estaba a la altura de sus muñecas de juguete.

Tenía trece años cuando empezó a trabajar. Era menudita pero ágil contando los billetes y dando los vueltos con monedas. Habiendo terminado sólo la primaria, era lista para identificar dentro del granero de la niña Amada Bula, en Sahagún, en 1950, no sólo los productos que los clientes le pedían, sino asesorándolos en las marcas que les podían servir si los que ellos buscaban no los habían en el momento y diciéndoles que: “¡Tranquilo! No se preocupe. La próxima vez que vuelva, ya se lo vamos a tener”.

Hija de familia tradicional de cuna, Margarita Contreras nació en 1937 un 16 de febrero, en el mismo Sahagún. Sin embargo, al ser la mayor de sus ocho hermanos, le toco acompañar a sus padres en las correrías necesarias para hallar una estabilidad económica que siempre estuvo a la altura de la liga y las sobras para los perros cuando estos se alimentaban de eso, pero no para una despensa en la que la comida se llegara a podrir porque el consumo y la abundancia hacían que los cálculos fallaran y el vencimiento los cogiera en los anaqueles.

Conoció el trabajo por la misma circunstancia, pero ello nunca fue objeto de deshonra porque “nunca fui mujer de calle”, dice Margarita orgullosa, contando que su madre, a pesar de lo apremiante de la situación los crió con “obediencia de hijos, por tanto, siempre teníamos que pedir permiso para todo”, dice Margarita con pundonor.

Su infancia la vivió en Planeta Rica, municipio en el que conserva gratos recuerdos, como por ejemplo, cuando ella terminaba de ayudar a su madre -quien enviudó joven y nunca les puso padrastro- en los oficios de la casa, y se ponía a ayudarle a su tía Victoria Ramos a enhebrar los hilos de colores en las respectivas agujas, o a separar los botones que se enredaban entre la cantidad que había en un frasco de boca grande, cuando sólo se necesitaban cinco, tres o seis, para la prenda que ella estaba cociendo.
Se casó a los veinte años y aunque se entregó a su hogar, empezó a cocer como un ejercicio de terapia ocupacional y apoyo a los gastos de la casa que, a pesar de que ya no necesitaba trabajar para sobrevivir, no perdió la costumbre de tener dinero en sus bolsillos por si se presentaba alguna necesidad cuando su esposo no estuviera presente en el momento.

Su primer matrimonio le duró diez años y le dejó cuatro hijos, pero la impredecible vida le arrebató a su esposo en un accidente automovilístico en la vía que va de Buenavista -donde entonces vivía-, hacia Medellín. Un resalto, sin señalización, el 13 de noviembre de 1963, cuando venían pavimentando la carretera de Medellín hacia acá, un poco después de Caucasia, la dejó a ella con sus retoños al colisionar el vehículo de su esposo con otro.

Se permitió una nueva oportunidad, con el aval de sus hijos, en su anhelo de compartir su cotidianidad con un hombre que la hiciera sentir acompañada. Un nuevo hombre, también bueno como el primero, quien le entregó otro fruto de su vientre, tampoco la alcanzó a acompañar por el resto de sus días. Pronto, muere de un infarto y Margarita decide no insistir más en el amor.

Parte hacia Barranquilla en 1970 y se instala con sus cinco hijos: “Ellos estudiando y yo cociendo en la zona franca, cuando llegaban los barcos de otros países con los patrones de trajes y vestidos para que uno los armara y se los devolviera lo más rápido posible”, dice Margarita.

Cuenta que esa época fue buena. Gracias al abundante trabajo pudo superar los duelos del amor concentrándose en su costura y en la crianza de sus pimpollos.

Para la época, 40 pesos semanales por la labor que hacía era suficiente, pensando en su objetivo primordial: alimentar a sus hijos y sostenerlos en el colegio. Sin embargo, las ganas de superarse, de estar mejor y brindarle a ellos condiciones de vida más favorables, la llevaron a escuchar a una amiga suya que se había ido sola para Venezuela y había regresado a pasar unos días de vacaciones:

– Allá la vida es distinta. Vas a ganar más. Vas a vivir mejor. La gente es sana.

Margarita, quien ya había corrido riesgos y desde pequeña estaba en el trajín de buscar opciones para hacerse un espacio en la vida en el que las necesidades básicas estuvieran cubiertas y visionaba una realidad en la que sus hijos pudieran contar con un patrimonio, no lo pensó dos veces y se dejó, como dice ella: “sonsacar por mi amiga”.

En 1974 llegó a Maracaibo, Venezuela. Con 37 años de edad continuó cociendo, pero a otro nivel: alta costura. Recuerda que entró al taller de Eva Rincón, donde terminó de aprender lo que le hacía falta y se acompañó del glamour que existía en Venezuela en ese momento, lo que le permitió dedicarse por tres años consecutivos a atesorar los recursos necesarios para empezar a llevarse a sus hijos, que había dejado estudiando en Barranquilla.

Con perseverancia Margarita superó los obstáculos de la instalación, la adaptación y la construcción de una cotidianidad que le posibilitara agenciar el domicilio que iría a recibir a sus hijos.

A los tres años de estar en Maracaibo pudo conseguir que llegaran los tres mayores. De ellos, los dos primeros ya habían terminado su bachillerato en Colombia y como su mamá a los trece años, empezaron en Maracaibo a trabajar en graneros para ayudarla y poder terminar de conseguir los recursos para obtener la llegada de los dos más pequeños que continuaban en Barranquilla terminando sus estudios secundarios. La tercera, mientras todos se instalaban, fue la encargada de la gerencia de la casa.

La década del 80 fue el periodo en que la familia se consolidó en Venezuela. El país contaba con inconvenientes políticos y luchas por el poder debido a la corrupción y los anhelos de quienes no estaban en el lugar del mando, haciéndole zancadillas a quienes sí, con tal de tumbarlos porque también querían mandar, pero había trabajo, dinero y bienes materiales que permitían que los inmigrantes como los ciudadanos pudieran tener un nivel de vida a la altura de un país digno donde el capital alcanzaba para la recreación, el deporte y los regalos y fiestas de navidad, invitar a los familiares de Colombia a pasar vacaciones y compartir sin celos entre vecinos.

El servicio de salud era privado porque, al ser indocumentados, tenían que costearse sus consultas y medicamentos, pero no importaba porque aunque contaban los seis con buena salud, el trabajo también dejaba dividendos como para sortear consultas privadas cuando se necesitaron.

Los hijos se empezaron a casar, la familia empezó a crecer y Margarita dejó de cocer porque ya empezaron con su pujanza y tesón colombiano a pensar en una empresa familiar que les permitiera organizar las finanzas y plantar los cimientos para un patrimonio.

Margarita cuenta que en 1999, cuando Hugo Chávez subió al poder, su vida empezó a estabilizarse. Su perseverancia y el firme propósito de darle a sus hijos un patrimonio le habían permitido gestar una empresa de reciclaje, obtener la nacionalidad venezolana para toda su familia en el 2003, porque Chávez se encargó de documentar a todos los inmigrantes que lo apoyaran, cosa que no era difícil para ese entonces, dado que: “Él contaba con un carisma arrollador. No atropelló a nadie y sí apoyó a todo el mundo, al punto que le dio casa al que no la tenía”, dice Margarita.

Pero esa fue otra ilusión efímera para ella. En el 2013, cuando muere Chávez ya se presentía en el país que todo iba a cambiar. Él se encargó de darle a todos aunque no hubiera con qué para cada uno con tal de sostener el poder y cuando no alcanzaba, con su forma de ser, lograba que el pueblo, si no lo entendía, por lo menos que lo esperara.

Empezaron las filas. Los madrugones para ir al supermercado a abastecerse y llegar después de cuatro o cinco horas para no encontrar casi nada o nada de lo que se necesitaba para comer, beber o hacer el aseo en el hogar y a nivel personal.

Se empezó a notar la escasez cuando los que tenían gracias a Chávez y los que tenían porque la producían por su propio esfuerzo se empezaron a encontrar en la frontera con Colombia abasteciéndose. O cuando coincidían en Maicao en la Guajira y empezaban a llenar sus carros porque del lado de Venezuela no había casi nada.

Margarita, quien desde los trece años ha estado acostumbrada a contar dinero, lo sintió con desconsuelo, cuando un día cualquiera se percató de que la libra de carne costaba 12.000 bolívares y tuvo que contar 120 billetes de cien para pagar algo que fuera de estar más que caro, sabía que no era de buena calidad. Cuando por un huevo le cobraron 500 bolívares y tuvo que contar cinco billetes de 100. Cuando se antojó de una Coca-Cola y la tuvo que buscar como si fuera la última en el desierto y en el mercado negro le estaban pidiendo por una presentación de 600 ml 1.200 bolívares, doce billetes de cien que no valen nada.

Margarita el próximo 16 de febrero cumple 81 años. No aparenta los 80 que tiene. Está lúcida, jovial, acongojada pero viva. Vino a Colombia al entierro de su querida y amada prima hermana Gliseria Monterroza, con quien jugó en su infancia en Planeta Rica.

Siente que la vida la está retornando a la semilla, que la muerte de su prima, más que el dolor que causa el hecho de que los seres queridos empiecen a tomar el camino al cielo, es un encuentro consigo misma que le permite evaluar cómo lo que se propuso lo pudo conseguir gracias a su fe y al amor a sus hijos.

Sabe que tiene muchos años por delante para disfrutar de cada uno de sus nietos, pero no sabe qué hacer con la realidad del país donde vive.

En Venezuela edificó su patrimonio y aunque sabe que tiene mucho que perder, es consciente de que allá hoy como están las cosas, sumado todo, no vale nada. Sus bienes y su familia están en Maracaibo pero allá: “El que no tiene con qué se muere de hambre. Los niños y los ancianos llegan pidiendo comida, diciendo desesperadamente, señora, señora, tiene comida, nos estamos muriendo de hambre”, expone Margarita aterrada porque, aunque nació en un hogar donde la escasez estuvo presente, nunca llegó a vivir una situación como la que describe.

Piensa en sus hijos, en sus nietos y en todos los venezolanos que se han venido para Colombia buscando mejores condiciones de vida, como cuando ella llegó a Venezuela.

El reencuentro con la familia ha sido grato a pesar de las nostalgias y las circunstancias por las que volvió, pero sabe que todo por lo cual ha luchado hoy se encuentra en terreno incierto, lo que le perturba el sueño, sin embargo, Margarita tiene fe.

Sabe que el día en que se suba un presidente inteligente y preparado para administrar y dirigir el poder, las cosas van a volver a ser como eran cuando ella comenzó: “El dinero valía, los anaqueles estaban llenos y si no había, se le conseguía”, dice Margarita apesadumbrada.

Cuando le pregunto qué se puede hacer mientras tanto, se quita sus gafas y dice con serenidad: Rezar.

Twitter: @MARCOS_V_M



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