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Repensarnos en otra Navidad

Por: Marcos Velásquez


Opinión. Desde que estamos pequeños, permanecemos escuchando el sonido que produce el ventilador que nos acompaña sin percatarnos de ello.  Quizá, esta es una de las sutiles bondades que nos da la vida a quienes nacemos y permanecemos en Montería o en la Costa Caribe.

Por lo general, estimamos que la importancia del ventilador radica en el hecho de que nos genera una brisa artificial que ayuda a sobrellevar las horas de calor, pero poco nos percatamos de cómo su ruido, que tiene un sonido arrullador en momentos de cansancio más que todo, o cuando el calor está en el grado más alto de lo insoportable, es lo que esconde el misterio que nos dona el estado de calma que nos permite vivir dentro de las horas de verano.

Podría decir de este modo, que pasa casi igual con la hamaca.  Pensamos que su gracia está en poder reposar dentro de ella, sintiéndonos de modo inconsciente, tan cómodos como en el vientre de nuestra madre en el tiempo que nos acogió, cuando su secreto radica en los suaves y serenos movimientos de su vaivén, el que termina de arrullarnos para darnos la calma que no nos entregan las horas que estamos fuera de ella.

La magia existe, solo que por estar atareados o llenos de racionalidad, no nos percatamos de ella.  La magia está presente en esas sutiles cosas a las que no les prestamos atención y sin embargo actúan en nuestra realidad.

Algunos le imploran a Dios que transforme su realidad, sin saber que Dios permite dicha realidad para generar una enseñanza en quien está viviendo lo que ha de vivir.

Lo maravilloso de esos momentos de verdad, la más de las veces duros, por lo crudos que son, es que se pueden transformar.

¿Cómo?  Preguntan siempre quienes estando en el centro de la lección, solo acuden a su egoísmo (Yo/Mi-mismo).

La respuesta es fácil, más no sencilla, dado que si me hago entender bien, la magia no es sencilla, a pesar de estar ahí.  No es sencilla, porque se requiere un grado de disposición para poder sentirla.  Para percatarse de ella.

La magia que transforma nuestra realidad está en nuestras propias palabras. Con nuestras palabras construimos nuestra realidad sin darnos cuenta de ello. Sin ser conscientes del poder que cada una de ellas atesora.

Hablamos sin escucharnos, y lo que decimos crea lo que nos rodea. Ninguna palabra está quieta.  Cada palabra pone en acción su significado, en ocasiones, un poco más allá de sus múltiples sinónimos.

Ello me permite decir que cada palabra es acción. Cada palabra guarda la fe con la que es pronunciada.  Por eso Dios, el amor, quien escucha nuestras palabras, nos lleva a vivir la lección de la realidad que cada quien construye.

De este modo, en el mundo de las palabras no hay enemigos, hay maestros que están en nuestra realidad para enseñarnos algo que tenemos que aprender.  Esta verdad amerita una novela para ser comprendida, cuando no, una o varias vidas para algunos.

La magia de las palabras, si la alcanzamos a sentir, advertir, nos dona la habilidad para transformar nuestra realidad. Habilidad que ostenta plasticidad y capacidad para permitirnos revaluar nuestro acervo, con tal de renovar nuestro vocabulario.

A lo sumo, nuestra realidad siempre es la misma, porque nuestro vocabulario siempre es el mismo.

No obstante, quien desea un cambio drástico en su realidad, ha de comprender que, después de estar afincado en un conjunto de palabras durante muchos años de su vida, debe adquirir la paciencia del sembrador que oteó que sus cultivos no tenían fuerza comercial porque el mercado cambió, lo que lo llevó a volver a arar la tierra para sembrar nueva semilla y esperar a que esta diera sus frutos.

Por lo pronto, en esta navidad, después de un año que se hizo sentir por sus dramáticos momentos políticos y sus repercusiones económicas para nuestra región y el país, es oportuno prender el ventilador y meternos en la hamaca, cerrar nuestros ojos y darle gracias a Dios por permitirnos aun respirar. 

Agradecerle el regalo de la vida y pedirle que nos enseñe a callar para poder sentir la magia, la magia de respirar que nos entrega la posibilidad de repensarnos en otra Navidad.       



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