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Razonar la transformación de nuestra sociedad

Por: Marcos Velásquez.


Opinión. Razonar la transformación de una sociedad, es ir al corazón de su estilo de pensar.  La mayoría de las veces, este está enraizado en un imaginario colectivo que presenta las identificaciones que alienan a sus diversos miembros, según el lugar en el que se ubique cada uno.

Quiero decir con ello que, cada miembro de una sociedad, de modo inconsciente, elige dónde ponerse al interior de esta y a partir de ese lugar, empieza a tejer sus lazos sociales, para relacionarse con sus pares y los otros miembros de la sociedad en que convive.

Lo particular de esta realidad se da en que, si el miembro de dicha sociedad nace en un colectivo en el que la pobreza es su real, posiblemente esta persona, aunque luche contra ella, difícilmente podrá superar el enraizado acervo en el que creció.

Esto implica dos opciones: O ese miembro admite que el mundo en el que vive es así y por ello nada va a cambiar, haga lo que haga, cayendo en un reduccionismo que en Latinoamérica es conocido al interior de algunos círculos académicos como el “fatalismo latinoamericano”, o el cumulo de vivencias propias, como las de las mil y una historias que ha escuchado de sus familiares a lo largo de su desarrollo humano, lo catapulten a “salir adelante”, sin poder deshacerse de las heridas causadas en las interacciones sociales con otros miembros de la sociedad que no pertenecían a su origen, hace que este ciudadano logre superar la pobreza material, más no aliviarse de la pobreza espiritual.

A lo sumo, lo que permite hacer un quiebre, una ruptura, en el imaginario de un sujeto, es la posibilidad de pensar de un modo diferente.  Ello se logra, si las condiciones se dan, a partir de la educación.

Sin embargo, esta educación no puede ser una educación normalizadora, la cual reduce e inhibe la posibilidad de pensar por sí mismo.  Esta educación mata la creatividad.

Si un niño ingresa a un colegio a recibir las lecciones que el profesor expone y la única opción de respuesta que encuentra es la de recitar al pie de la letra la lección que el profesor le impartió para obtener no solo, una buena nota, sino, el reconocimiento y la admiración de su profesor, el cual, usualmente lo catapulta con la frase: “¡Usted es muy inteligente!”, ese niño, a partir de ese encuentro, se inscribe en el imaginario de la pobreza de pensar como le dicen que tiene que pensar y obrar para poder obtener  el reconocimiento por parte del otro.

El costo de hacer las cosas como otros nos piden que las hagamos, en una sociedad subdesarrollada, es estar inscritos en las demandas operativas de quienes tienen el control de la sociedad.

Es hacer parte de la cadena de producción del fordismo.  Es correr el riesgo de volverse bueno en lo que todos hacen para no desentonar en los parecidos y por ende, excluirse del reto de la sociedad del Siglo XXI: arriesgarse a innovar.

Difícilmente, con una sociedad normalizadora, encargada de hacer lo mismo tal y como hasta ahora ha funcionado, a pesar de que las circunstancias estén cambiando, permitirá que el estilo de pensar de nuestra sociedad, como el de nuestros estudiantes, ingrese al imaginario de la innovación.

Razonar la transformación de nuestra sociedad implica pensar en cómo estamos formando a nuestros estudiantes. 

¿Los estamos estimulando a que piensen en ellos mismos y a partir de allí los animamos a que hagan sus propuestas y aprendan de sus propios experimentos?  O,  ¿los estamos llevando a que piensen como mal le ha funcionado a uno que otro que, desde su zona de confort y sus miedos semicontrolados, les ha servido para no desentonar haciendo lo que cada vez tendrá menos mercado, dado que esa forma de operar ya no hace parte de la comunicación digital?



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