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¿Qué se puede hacer con los papás cuando envejecen?

Por Marcos Velásquez


Empecé a escribir y a hablar sobre Marca Personal en 2010.  ¿Las razones?  La primera, porque hubo una crisis de carga académica en el programa universitario donde trabajaba en ese momento, y los docentes que no teníamos cátedras para dictar como justificación de nuestro número de horas contractuales, corríamos el riesgo de ser desvinculados.

La segunda, porque para la época, estaba reciente la crisis financiera que sacudió a Estados Unidos, y por ahí derecho al mundo, en 2008.

La primera razón me hizo investigar, hasta encontrar un tema que se pudiera impartir a todos los estudiantes de la Universidad, sin distinción de programa o facultad, como estrategia para no volver a vivir ese momento de verdad.

Ello me hizo encontrar a Tal Ben Shahar y su libro: “Ser más feliz”.  Al igual que a André Comte-Sponvill y su libro: “La felicidad, desesperadamente”. La sarendipia que me trajo este encuentro con estos dos escritores, fue hallar que la felicidad, se debía y se podía enseñar.

Paradójicamente, comprendí que en los programas de Psicología y en las Facultades de Ciencias Humanas, aún siguen preocupados por develar los orígenes de las patologías, antes que disertar y construir herramientas que nos ayuden a pensar en cómo podemos ajustarnos a un mundo en constante cambio, que exige una mirada evolutiva de la realidad y de sus hechos.

La segunda razón, me tocó profundamente.  Quizá más, que las “alucinadas” imágenes transmitidas por televisión en 2001, cuando veía saltar a algunas personas del World Trade Center, mientras se incendiaba, se desvanecía en su propio pie y los Talibanes lo atacaban con aviones comerciales.

Eran rostros desconsolados de personas que acababan de ser despedidas, echadas, “desvinculadas”, de sus puestos de trabajo, porque las empresas en las que laboraban, se habían quebrado.

Lo particular aquí fue comprender que hay un momento en la vida del ser humano, en que su trabajo es algo sumamente importante.  Es algo que va más allá del dinero y la representación real y simbólica que este representa.  El trabajo, tomado como el acto que le permite al hombre, construir un sentido de vida que irradia todo lo que él hace, construye y sueña.

Ver a personas en la calle con carteles pidiendo trabajo, como si fueran mendigos que pedían comida.  O ver rostros con miradas desorbitadas, llenas de lágrimas, diciendo: ¿Y ahora qué le digo a mis hijos?  Ver personas, también arrojándose al vacío, desde la ventana del edificio donde está la compañía en la que trabajaba y acababa de quebrar, porque, al igual que su empleo cesó abruptamente, su vida ya no tenía sentido.

Estos dos momentos de verdad, me permitieron construir una cátedra que se fue tornando en un seminario: ¡Forja tu marca personal!  En el que me centro, al tratarse de población universitaria, en mostrarle a los jóvenes, casi siempre menores de 25 años de edad, que más importante que salir a conseguir un empleo, lo fundamental es poder elegir lo que más le gusta hacer.

Esto, para que cuando llegue el cansancio o la desolación por la falta de reconocimiento, se pueda aferrar al placer de hacer lo que ama, como beneficio al costo que ha de pagar por dedicarse a lo que le gusta, que es un pago que ninguna cantidad de dinero o título nobiliario podrá remplazar.

Sin embargo, como están jóvenes y hacen parte de la generación del vacío, difícilmente captan de qué les estoy hablando.  Más, cuando llego al tema del ocaso.  Dado que el recorrido de la forja de una marca personal implica tener presente que, tarde o temprano, todos llegaremos a una edad en la que el mismo sistema presidirá de nuestra fuerza laboral.

Nombro esta parte de la vida como ocaso, porque me parece que, en nombre de la felicidad, es tener consideración con lo que a muchos le temen o no tienen presente: la vejez.  Otros nombran el cierre del ciclo laboral que impone la sociedad y hoy el sistema, como el retiro.  Y por qué no, aún hay personas que hablan de la jubilación, pensando desde las lógicas del sistema financiero del Siglo 20, que podrán acceder a una pensión.

Pero, todo se ha desdibujado.  Si usted quiere sufrir, le doy un Tip: siga pensando el mundo de hoy, como pensaba el de ayer.

En cuanto al ocaso, me hicieron una pregunta que me llevó a escribir este artículo.  ¿Qué se puede hacer con los papás cuando envejecen?

A lo sumo, lo más relevante es tratar de tener claridad sobre cómo fue su proceso histórico.  Es decir, desde la forja de una marca personal, cómo concibió él o ella, o ellos, cómo concibieron el trabajo y las finanzas personales.

¿Por qué empezar por aquí?  Porque en el Siglo 20 la seguridad estaba representada en los bienes materiales.  El imaginario cultural del Siglo 20, edificó el estilo de pensar que imponía, la casa propia, como la seguridad de la vejez.

De allí se desprenden dos imaginarios.  El padre o los padres, cuentan con una solidez financiera que les permite sostenerse por sí mismos y ayudar a los hijos, o, por el contrario, están a merced de lo que los hijos le den o supeditados al hijo que quiera tomarlos en su cobijo.

Estos padres pensaron casi siempre que a sus hijos les iba a ir bien financieramente.  Por ello, planearon su hoja de ruta a partir de la educación, en el sentido en que, si educan a sus hijos, ellos nunca iban a tener problemas por falta de empleo, dado que ser técnicos o profesionales, les garantizaría un puesto de trabajo asiduamente.

Como se formaron en las prácticas venidas del Siglo 19, usualmente la madre estaba en el hogar, mientras el padre era quien proveía todo para el sostenimiento de este.  Ello construyó en ambos dos gerencias con carácter independiente.

La madre ordenaba en casa y el padre fuera de ella.  Las implicaciones de esto se reflejan en que cada uno adquirió un carácter de mando frente a lo que se tenía qué hacer y cómo se tenía qué hacer.  Al punto, que lograron construir independencia de poderes, para convivir en armonía, haciendo con ello que su relación funcionara lo más apaciblemente.

Como todo llega a su fin, hoy algunos padres que contaban con esos estilos de pensar, están desmoronados al ver cómo sus hijos están separados, sus nietos comparten con padres adicionales o sustitutos.  La economía familiar, o no alcanza o se ha diezmado o está en crisis debido a que a sus hijos económicamente no les está yendo tan bien.

Las seguridades que les iban a permitir soportar con un poco de prudencia y un tanto de calma los deterioros de la vejez y las demencias que surgen en algunos casos, para centrarse en los nietos, quienes les iban a brindar las recompensas de la vida, a través de sus gritos, lágrimas y carcajadas en sus juegos y ocurrencias, se han ido aplazando, por las preocupaciones que aun dan los propios hijos, quienes se encuentran en un desajuste constante y sin un futuro cercano de estabilidad.

Los padres ancianos de hoy, son, desde los que yo he podido escuchar, personas que cargan las preocupaciones de adultos de ayer.  Ven a sus hijos en procesos inconclusos y se ven a ellos mismos vulnerables.  No tiene la fuerza para apoyar y seguir mandando, ni tampoco cuentan con una seguridad que les permita hallar tranquilidad en sus pasos.

Si no tienen Alzheimer o una demencia propia de la edad senil, ni sus hijos están involucrados en las vicisitudes afectivas o financieras que han traído los vientos del Siglo 21, entonces son padres caprichosos que, al no tener mando, retornan a la infancia y solicitan toda la atención que en el momento en que fueron niños, llegaron a tener.  Y si no la tuvieron, entonces se encargan de pedírsela a sus hijos o a quienes están cerca de ellos auxiliándolos, de modo insistente.

Estimo que difícilmente un ser humano quiere reconocer que ya no cuenta con la energía y los bríos de antes.  Sentir que se está consumando como una vela lentamente, no ha de ser lo más ameno.

A pesar de ello y de quién cargue con los padres en los momentos donde ya es más el peso que resta que el que aporta, llegar al ocaso en la forja de una marca personal, impone prever que uno como ser humano debe aferrarse a sí mismo, a través de una terapia ocupacional práctica.

Mi abuela paterna, Lola, se aferraba al tejido en Crochet.  A pesar de sus achaques, dolencias en las rodillas y los desencuentros afectivos que le proporcionaba la imposible tarea de tener a sus once hijos en armonía familiar y paz de hermanos, ella me enseñó que tejiendo con sus agujas y aferrándose a las vueltas que estas tenían que dar en la lana para poder construir unas colchas coloridas llenas de esplendor, ella lograba disipar las horas y los dolores del alma.

Después, cuando aprendí a leer, me encontré con el Coronel Aureliano Buendía, quien también lograba superar las horas de la espera de la muerte, haciendo pescaditos de oro.

Hoy que me preguntan ¿qué se puede hacer con los papás cuando envejecen?, más allá de pensar en lo difícil que se ponen por caprichosos, por moñones o por las propias realidades psíquicas que afloran en la tercera edad, las cuales hacen propicio el surgimiento de los tratamientos psiquiátricos como contenedores de las energías que no sabemos controlar y que tanta angustia nos causa al ver que nuestros seres queridos se tornan en un problema que difícilmente se puede manejar, planteo que lo más oportuno es ayudarles a encontrar una terapia ocupacional a la altura de sus posibilidades.

Más que pensar en nosotros y en cómo lidiar con ese ser amado que se nos escapa de las manos, es pensar en ellos y en cómo ayudarles a que encuentren reposo entre las horas, para que no se les haga eterna la espera de lo que llegará, cuando la respiración sigue insistiendo en que la felicidad de la vida tiene sentido, hasta que llegue su final.



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