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¡Post coitum omne animal triste est!

Opinión/ Por: Por Marcos Velásquez.


Opinión/ Por: Por Marcos Velásquez

Si tuviéramos claro que todo se trata de una distensión, quizá nos enredaríamos menos, pero al parecer el problema está en la falta de claridad porque al no conocernos caemos en la trampa de la ilusión del discurso que cada época nos brinda a través de sus construcciones mercantiles.  Nadie se salva y por ello más antes que ahora existía la elección de quien tenía el valor de aislarse del ruido social para concentrarse en el latido de su corazón.

Toda época en la que el lenguaje ha estado presente, independiente de su lengua: anglosajona, latina, japónica, china, suahili, hausa, yoruba, semita, sánscrita, cualquier lengua, tiene como verdad que el ser hablante al hablar no se completa, por el contrario, entra en la necesidad de nombrar, incluso eso que en ocasiones quiere decir pero no puede hallar la palabra para materializarlo en algo que más allá del sonido le permita señalarlo o identificarlo.

A lo sumo, lo más complejo de hallar es la materialización de lo vivido olvidado: la infancia.  En ella, si el ser hablante llega al seno de un hogar el buen amor le determinara su futuro.  Los augurios de los suyos como la energía de la que se rodee harán de él un ser que con sus palabras edificará su realidad.  Sin embargo, la puesta en escena de la vida le dará lecciones que difícilmente olvidará si está dispuesto a madurar, lo que se puede leer como, ser capaz de obrar por sí mismo y adquirir la capacidad de dar afecto, así como a él en su minusvalía le brindaron.

Puede pasar que quien no vivió esto no tenga referente, por tanto su vida será la repetición de los desencuentros en su hogar, como también que quien lo vivió no haya sido capaz de superarlo y al quedarse estático, pasivo, cómodo, solo espere que le repitan en su escenografía la escena que conoció.

Estos seres hablantes son los egoístas, codiciosos, más masoquistas y por ende sádicos, mentirosos, tramposos, seres que requieren construir una tensión constante para poder sentir que hacen parte de un lazo afectivo, dado que su afecto es mórbido.  Al no sentir que existen para el otro, que son afectivamente aceptados por el otro, exigen desde la hostilidad tácita o no, ser el centro de atención.

De este modo, la naturaleza del lenguaje es la estructura de quien sin palabras o con ellas entiende y se hace entender.  Yendo más allá de la diferencia anatómica de los sexos, tanto masculino como femenino, están al interior de sus cuerpos elaborando las construcciones lógicas de sus palabras, las cuales pretenden hallar un sentido a eso que les falta.

Cuando aparece la sexualidad, que no es el sexo -porque el sexo es de los animales, quienes copulan pero difícilmente comercian la demanda de existir para el otro, salvo que por instinto se tornan protectores de su manada-, la sexualidad deviene en el juego de lo sensual erótico que por falta en ser trasciende lo biológico para convertirse en el juego simbólico en el que se construyen las trampas de la seducción con las cuales se busca dar sentido de existencia, de presencia, para que el otro de todos se fije solo en quien hace la labor de seducción.

La sexualidad es la extimidad de la lógica del deseo que se aferra a la pulsión, lo que se puede leer como: es la manera en que el ser hablante trata de poner en palabras lo que difícilmente se puede nombrar, dado que al ser tan intimo, porque el deseo allí está construido a partir de las ruinas del afecto y de las zonas erógenas -que aún al sujeto le cuesta reconocer más que en sí, por qué ahí y cómo eso sobrevino así-, difícilmente se podrá comprender por qué el placer se siente ahí, de ese modo y no como la norma lo demanda según la costumbre moralmente lo ha establecido.

En el ser hablante la sexualidad, en tanto manifestación de lo inefable, allende del cuerpo que la habite estará sujeta a un desencuentro en el que, si fue lo anhelado, difícilmente volverá a ser tal y como se vivió, y si no era lo que se esperaba, los múltiples intentos para hallar el ideal terminan desgarrando la ilusión.  Si de una fantasía se trata, una vez realizada esta deja de existir y si de un propósito con un fin material se da, el placer que allí se obtenga antes que gratificar dejará vacíos insondables.

Como se tome, la sexualidad siempre es la manera en que las tensiones más profundas buscarán por vía directa su distensión.  Toda tensión hallará su reposo por vía directa de lo sexual, fue la demostración de Freud.  La búsqueda del placer desbordado está en el plano de las perversiones, vecinas estas de un goce que deniega los límites pero demandan un sometedor, fue una de las enseñanzas de Lacan.

Por ello, basta con el otro para lograr distensionarse, como también con este se logran adquirir todas las tensiones dado que los ideales difícilmente se conjugan, al punto que en la búsqueda de sentido, que es la dinámica que pone en marcha la falta en ser de quien habla, se plantea una construcción en la que ambos medianamente no sienten que han perdido lo que ya nunca volverán a obtener, lo que hace del uno y del otro un acto de civilización.

Fuera de esta negociación, la sexualidad empuja a la diáspora de la angustia, la cual solo se apacigua con silencio, oración y perdón de sí mismo.  Pero eso sí, si la lección ha sido aprendida.

Por tanto, hoy, donde el discurso nos brinda a través de sus construcciones mercantiles la ilusoria dimensión de evadir el real de la falta en ser, y no falta quien se preste para acolitar la estupidez, se llega a fabricar el espejismo de que con tres, cuatro o más se logra acceder al amor, desconociendo que después del coito todo animal se entristece, con el agravante para la presente generación que Galeno no tuvo en cuenta que las gallinas no necesitarían gallo y que las mujeres pueden acceder a gadgets.

Twitter: @MARCOS_V_M

 

 



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