Por siempre el Sinú

Por: Marcos Daniel Pineda García


Hoy la humanidad conmemora una de las fechas más importantes de su calendario: el Día Mundial del Medio Ambiente. Y no es casualidad que Montería celebre a la vez el Día del Río Sinú, considerado su más importante patrimonio, no solo ambiental, sino también económico, social y cultural.

Cuántas historias, cuántos mitos, leyendas, canciones, pinturas y poemas, habrá inspirado desde los tiempos de los ancestros hasta nuestros días este majestuoso cuerpo de agua que tan generosamente nos ha regalado uno de los valles más fértiles del planeta y que sigue bañando la tierra bajo nuestros pies, calmando la sed de todos y aliviándonos del intenso calor de una región que sin él, seguramente sería el más estéril de los desiertos.

No solo Montería sino gran parte de Córdoba, incluyendo municipios, corregimientos y veredas, desde su nacimiento en el Nudo del Paramillo hasta su delta en San Bernardo el Viento donde se encuentra con el mar Caribe, reciben desde tiempos inmemoriales las bendiciones del río, que muy a pesar de la actividad humana adversa a todo el sistema de acuíferos compuesto por ciénagas, arroyos y humedales dispuestos por la naturaleza para funcionar en armonía con el Sinú, se ha mantenido firme en su recorrido.

Sin embargo, desde hace décadas el abuso al que han sido sometidos los cuerpos de agua, le han pasado factura a muchas comunidades campesinas y rurales, que en poco más de 50 años, han atestiguado la desaparición de ciénagas enteras, o en el mejor de las casos su drástica reducción.

Construcción indiscriminada de terraplenes para la ampliación de la frontera agrícola y ganadera, construcción de carreteras atravesando los lechos de las ciénagas, contramedidas insuficientes para garantizar el flujo e intercambio natural de las aguas, han ocasionado, según varios estudios, la desaparición de más de 70 mil hectáreas de humedales.

Todo ante la mirada incrédula de miles de pobladores, cuya forma de vida dependía casi exclusivamente de las riquezas que proporcionaban las ciénagas, y que en un avance letárgico ante la mirada indiferente o quizá ignorante de las autoridades, pasaron irremediablemente a engrosar los cordones de miseria en el departamento.

Citando al historiador e investigador cordobés Víctor Negrete, solo por hablar de algunos oficios ancestrales que a consecuencia se han extinguido o reducido a su mínima expresión y según la terminología autóctona de nuestra zona rural, ya poco logramos ver mangleros, cangrejeros, baharequeros, chuceadores, alfareros, arponeadores, pescadores, matadores de culebras, hacedores de canoa, balseros, campamenteros, cantores de grito de monte, vaquerías, coplas y decimeros.

Los manatí hoy son casi una leyenda, los morrocoy solo se ven en los patios y el bocachico existe de milagro, todo gracias a que el Sinú, aunque golpeado, sobre explotado y contaminado, no ha podido ser domado y sigue siendo el santuario, incluso de aquellos que lo han ignorado.

Aunque no todo está perdido y aún hay comunidades que luchan, necesitamos una dirigencia dispuesta a dar la cara. Por ello nos llena de motivación la reciente investigación presentada por la Defensoría del Pueblo que en un llamado de alerta nos conmina a todos: autoridades, ciudadanía y entidades competentes a recuperar y proteger por siempre al Sinú.



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