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Pontífices de la verdad, jueces de la posverdad

Por Marcos Velásquez.


La práctica política en Colombia nos ha enseñado a vivir entre avispados.

En Colombia pasó el aserrador y se quedó.  Lo digo así, haciendo alusión a la disertación de Reinaldo Espitaleta, en la que expone sus argumentos sobre el estilo de pensar de “El vivo vive del bobo”, que desde 1914, Jesús del Corral, en su cuento Que pase el aserrador, nos develó cómo es la cultura del avispado.

Muchos millennials (personas nacidas entre ´1981 y 1993`), considerados nativos digitales, hoy interactúan en las redes sociales sin tomar en cuenta la historia de sus ancestros.

Parece que el mundo tuvo origen en el momento de su nacimiento, y de modo selectivo, priorizan la parte de la historia que sus influencers orgánicos -ya sea en redes sociales, o en la vida offline-, les plantean como acontecimiento a priorizar.

Por su modo de actuar y de quejarse, queda claro que ni saben quién es Estanislao Zuleta y nunca se han leído su conferencia del 21 de noviembre de 1980, titulada: Elogio de la dificultad.

A lo sumo, en el párrafo anterior, muchos millennials ya abandonaron la lectura de este escrito, porque al encontrarse con “tantos” nombres de personas que no conocen y al hallar tantos “textos” citados que no han leído y al encontrar en el tono del artículo un sin sabor a crítica, entendida por ellos como regaño, se dijeron que no están ni para sentirse mal, ni para ponerse a leer textos que con sus meros títulos ya parecen “hueso”.

Con ello, se reafirma la cultura del avispado que nos mostró Jesús del Corral en 1914 y la preocupación que acompañaba a Estanislao Zuleta en 1980, el día en que estaba recibiendo su Doctorado Honoris Causa en Psicología, en la Universidad del Valle.

Sin embargo, mi intención no es hacer sentir mal a nadie.  Busco plantear un problema estructural en las nuevas generaciones que han contagiado, paradójicamente, a generaciones que los preceden.

Al parecer, en este momento contamos con un estilo de pensar desechable.  Quiero decir, personas que toman lo que les interesa o les gusta, lo consumen y lo tiran una vez hubieren obtenido el beneficio que querían de eso que utilizaron.

Este modo de actuar, en el que no hay una posición reflexiva, en el que no hay además una formación académica que avale la crítica a partir de fundamentos y no de argumentos vacuos, nos entrega uno de los problemas que hoy habita las redes sociales: la posverdad.

Hoy todo quien escribe en su red social tiene la verdad.  Asistimos a la maximización de la moral recalcitrante que, desde su imperativo categórico, graba su “verdad”.

Y aunque en Colombia no sea tan notorio aun los radicalismos religiosos, ello no quiere decir que ya dichos radicalismos no operen en una sociedad cada vez más vacía, más ajena a una conciencia crítica.

Ello, gracias a su formación académica práctica y con preocupación, menos conceptual, debido a que las generaciones de hoy se tornan más amigas del hacer que del pensar, dado que, para llegar a esto último, implica tener que leer, actitud esta que, doblegada a una sociedad, ante la ley de la masificación: el borrego sigue al pastor.

Sin embargo, lo que no es evidente en la religión, sí es claro en el plano político.

En este terreno, cada vez es más fuerte la polarización entre rojo o azul.  Aquí se evidencia eso de la descripción de la “distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales, en la que los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”.

Si el vivo vive del bobo para darnos a conocer la cultura del avispado en Colombia, hoy quien más serio mienta, es quien más tiene la razón.  Quien más golpes de pecho se dé y quien mejor se ubique en una posición de víctima convincente, es a quien más se le cree.  Pero ello no quiere decir que tengan la vedad.

Aprendimos a decir lo que hay que decir, a callar cuando hay que callar y a mentir cuando hay que mentir, pero se nos olvidó la honradez en nuestros actos y el reconocimiento de nuestros errores.

La falta de pruebas, en cuestiones jurídicas, está minando el comportamiento social de los colombianos.  A partir de Pablo Escobar Gaviria en Colombia quedó claro que todo se compra o se mata.

Así, hoy muchos colombianos no aceptan la realidad de lo que sucede en nuestro país, sino que prefieren casarse con la verdad que grava su grupo político para defender a los suyos e incriminar a los otros, cuando ambos bandos, de modo solapado se ríen entre pares, porque saben que están mintiendo, pero de modo avispado le están haciendo creer al juez y a la sociedad que ellos no fueron, que no saben qué pasó y que se sienten mal porque los están incriminando.

El proceso de paz en Colombia fue forzado, no había otra manera para ponerle límite a una guerrilla obtusa y anacrónica sobre sus actos y el daño que le hacían a la sociedad.

Que su comportamiento fue soberbio, igual que el de los paramilitares cuando se desarmaron, no podía ser de otro modo.  Ambos grupos estaba organizado por combatientes, personas que, para poder estar allí, adquieren un ego que les impide ser humildes en el momento de rendirse, dado que entregan las armas, pero en su mente, están haciendo un favor a la sociedad, no perdiendo su guerra.

Ahora, que las guerrillas en Colombia, al igual que los paramilitares, son narcotraficantes, solo un niño pequeño hoy cree que Superman vuela, y eso.

Forzar a una sociedad a no comprender que el problema de la guerra se elevó, se salió de las manos, gracias a que los dineros que se recaudaron para sostenerla vinieron de los negocios de narcotráfico, los cuales se fueron perfeccionando en el tiempo y fortaleciendo por el control de los territorios a partir del poder concentrado en las armas, es querer negar que el problema de la paz jurídicamente ha disminuido la tensión en el papel, pero en el mundo real sigue vivo, porque nadie va a abandonar un negocio rentable, cuéstele lo que le cueste.

Como estamos en el país de los avispados, aquí todo el mundo quiere tener la verdad de su lado, pero nadie quiere ver la realidad.

La Paz no es una farsa.  Es una negociación con la guerrilla de las Farc-EP, la cual viene haciendo uso de los terrenos cocaleros como narcoguerrilla desde 1984, cuando el embajador norteamericano Lewis Tambs dio a conocer los hechos constatados por las investigaciones realizadas por su país.

Sin embargo, ahora hacen falta pruebas para reconocer que un miembro de esa ex guerrilla continuaba haciendo uso del negocio.  Como cuando se habló de que el gobierno del expresidente Álvaro Uribe “defraudó” a los paramilitares que se entregaron en su proceso de paz, porque continuaban con los negocios de narcotráfico.

Pontífices de la verdad, jueces de la posverdad.  El panorama para Colombia no es halagador, más cuando todo el que se gradúa actuando en su formación como un avispado, llega a pensar que sabe de su materia sin haber pasado por las dificultades que ha de superar el ignorante para superar su estado inicial.

Colombia hoy se llenó de avispados, de personas que no quieren ver la realidad y se acogen a su posverdad.  Así las cosas, no veo con buen augurio el futuro de la verdad en Colombia, cuando esta es la que nos puede ayudar a replantear la sarta de mentiras en la que nos hemos acostumbrado a vivir.



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