Para que no se acabe el mundo, infórmate

Por: Boris Zapata Romero


Se va a acabar el mundo, dijo en voz alta estos días la señora que nos ayuda en la casa con las labores del hogar. Me regrese a verla, y no encontré atisbos de que su mensaje lo provocara alguna epifanía religiosa, o algo parecido. Era calor, una tarde de 39 grados centígrados, lo provocaba semejante expresión de desespero. Y aunque sentí alivio sabiendo que no había razones metafísicas en su comentario, no me duró mucho cuando al otro lado escuché a mi hija decir que era culpa del cambio climático.

Supongo que como padre moderno, – creo que quiero decir que soy de aquellos que respecto a los hijos no solo les interesa dejar estudios o algún capital, sino también carácter y humanidad-, los temores respecto al mundo que vamos dejando en nuestro paso se disipan algo gracias a que ellos, hijos y nietos, son por mucho más consientes de temas que aún seguimos como sociedad definiendo y asimilando, como desarrollo sostenible y sustentable, cambio climático, emisión de gases de efecto invernadero, y otros tantos que dan cuenta de la necesidad de cambiar el paradigma del capitalismo de consumo.

Esa inmersión en los temas que importan a mediano y largo plazo hace parte del poder creciente de los actores sociales gracias al acceso a la información. Aunque, por supuesto, no se trata de tener información sino de lo que hacemos con ella. En palabras de Daniel Burrus, exitoso asesor de estrategia empresarial, tendencias globales e innovación disruptiva: “La información es poder solo si puede tomar medidas con ella. Entonces, y solo entonces, representa el conocimiento y, en consecuencia, el poder”.

A esta altura debo anotar que dejar de consumir bienes o servicios, es imposible, pero cambiar la forma como como los producimos, como los adquirimos, como los usamos, si lo es. De eso se trata el consumo responsable e informado.

Como todo lo que sea de nuestro parecer, respecto a la información de lo que consumimos, también podemos quedarnos en la superficie; pero lo ideal es ahondar para con ello proceder con responsabilidad, ya que por supuesto quedarse con las primeras informaciones tiene el riesgo de que aceptemos una verdad deforme, pues al fin y al cabo toda información procede de otros, que como humanos la transmiten con sus matices, temores e intereses.

A lo que me refiero, es que a pesar de que vamos logrando un consenso general sobre qué hay que disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, y en especial sobre lograr neutralizar las emisiones de CO2, hay quienes bajo el recelo que la descarbonización de la economía supone efectos nocivos en indicadores económicos como el empleo y la productividad en términos de PIB, y por supuesto a sus intereses comerciales, se oponen usando información que trata de minimizar el cambio climático, y con ello el insufrible calor que sobresalto a nuestra aya.

Tampoco quiero decir que todo lo que digan los ambientalistas es palabra de Dios; pues también matizan la información, y en la candidez de muchos nos pueden desesperanzar, cuando descubramos que el camino a la neutralidad del CO2 no es tan sencillo, y que el mundo no va a disminuir el consumo de energía, por simples razones matemáticas, cada vez somos y vivimos más.

Eso último me traslada a anotar que, tal vez, debemos comenzar a aprender sobre consumo y eficiencia energética, a la vez que vamos remplazándolo por fuentes no convencionales, como lo viene haciendo de su consumo con el 6% España o el 20% Dinamarca, con energía extraída del viento, o eólica.

De todos modos, los esfuerzos por adoptar energías alternativas deben llevar a conocer los costos integrales de producción, incluyendo los ambientales, para que podamos dejar de «consumir» el cuento que son mayores los costos si dejamos de usar fuentes de energía convencional, al mismo tiempo que descubrimos que las energías no convencionales también tienen costos intangibles con impacto ambiental. Al final, la idea es que el consumo informado nos lleve a ayudar a nuestro Planeta.



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