Nueva Zelanda, un caso de estudio para desarrollo económico

Por: Boris Zapata Romero


Opinión. Como comentarios a artículos anteriores he recibido algunos que como dedo en la llaga recuerdan que somos un país en desarrollo, de gente poco preparada y que en las condiciones actuales no podríamos crecer con la actividad agropecuaria.

Debo anotar que si bien hay elementos que suman pesimismo a esas anotaciones, como que los liderazgos políticos no entiendan que no hay una política más social que la economía, no puedo compartir la idea sobre que estamos condenados a la pobreza y el subdesarrollo. Eso del determinismo no es de hombres libres.

Esa es la razón por la que quise en esta oportunidad traer a través de estas líneas a Nueva Zelanda, un país con una posición de ventaja tan clara en el sector agropecuario y a la vez con unas condiciones tan desventajosas, que para cualquier amante del desarrollo económico es de estudio y reflexión.

Nueva Zelanda tiene una extensión de 268.838 kilómetros cuadrados, lo que representa una quinta parte del territorio colombiano, tiene hoy un estimado de 5 millones de habitantes, el 10% de Colombia, lo que se traduce en una densidad de 18,3 hab./km² frente a los 44,08 hab./km² de Colombia.

Es un país que tiene un nivel de vida semejante al de los países de norte de Europa, con un ingreso per cápita de cercano a los 44 mil dólares, lo que lo distancia de Colombia que tiene una cifra algo superior a los 6 mil dólares, y estas cifras están soportadas en la actividad agropecuaria, que vende en productos lácteos 9.100 millones de dólares, y produce suficiente comida para alimentar completa Colombia (50 millones de personas).

Por supuesto esto no siempre fue así. Nueva Zelanda entendió en algún afortunado momento la importancia de fortalecer un sector que ya entendían clave como el agropecuario, agremiarlo no tanto desde lo corporativo como desde el cooperativismo, y eliminar la ineficiencia que traen los subsidios directos, las exenciones y la intervención de precios.

En los años circundantes a 1970 comenzaron a subsidiar el sector, de manera que una década después muchos de los que recibían estos subsidios establecieron que les representaba un 40% de sus ingresos, así que para 1984 un gobierno laborista finalizó esta política de subsidios y ofreció lo que denominó “exit grants” por una sola vez a aquellos que al terminar los subsidios quisieran retirarse de la producción agropecuaria.

Lo que ocurrió, contrario a lo vaticinado fue que solo el 1% de las granjas se declararon en bancarrota, y se retiraron aprovechando el “exit grants”, solo un 10% de los productores.

Este costo fue menor para lo que avanzaron. Primero porque pudieron sobreponerse a situaciones adversas derivadas de la política de subsidios directos, como las que señalaron Chris Edwards and Tad DeHaven en un artículo publicado en el Washington Post en marzo de 2002, que titularon “Save the Farms — End the Subsidies” (Salven las granjas – terminen los subsidios), en el que anotaron:
“La agricultura de Nueva Zelanda se vio empañada por los mismos problemas causados por los subsidios de los Estados Unidos, incluida la sobreproducción, la degradación ambiental y los precios inflados de la tierra”.

Lo segundo es que, al bajar esa carga fiscal, comenzaron a aplicar subsidios a algo más que clave: la investigación. Según la OCDE los subsidios agrícolas en Nueva Zelanda representan solo el 1% del valor de la producción agrícola, y consisten principalmente en fondos de investigación científica.

Lo tercero, es la resignificación de la tierra y su valor no monetario. No lo digo como algo solo filosófico; se trata de que si es cierto que se puede monetizar el valor del suelo que está usted pisando mientras lee esto, hay un valor que no se puede fácilmente monetizar, de lo que ese mismo pedazo de tierra puede representar en alimentos agrícolas, captura de gas carbónico, cría de ganado, aporte de oxígeno, bienestar social, equilibrio ecológico, etc.

Esa resignificación de la tierra, que fue otro efecto al acabarse los subsidios en Nueva Zelanda, curiosamente lo que permite es que se defienda con mayor vigor su propiedad, y que por tanto se capitalice.

Al estar con el mercado a flor de piel, los agricultores neozelandeses fueron empujados a organizarse y a hacer un esfuerzo por modernizarse, de manera que pudieran hacerle frente a la agricultura subvencionada europea y estadounidense (esta última subsidia aproximadamente el 22% de su producción), en especial en la sector de la leche, que es hoy su gran fuerte.

Aquí es donde apareció el concepto de “sharemilking”. Este es un modelo que permitió a los neozelandeses aumentar la producción a través de asociaciones entre productores, con un muy curioso toque de intercambio generacional.

Se trata de un arreglo en el que una pareja mayor, o “Sharemilkers”, contrata mano de obra joven, por lo general parejas, de manera que se asocia trabajo y capital, y las utilidades netas son divididas. El arreglo más común es compartir la producción de hatos o 50/50 compartir la leche. Esto lo que ha permitido es que los más jóvenes aprendan el oficio, ahorren y compren sus propias tierras y hatos, en un círculo que genera bienestar.

Para los más curiosos e interesados, les dejo acá un link, explórenlo sin miedo a pesar de estar en inglés, http://www.maf.govt.nz/mafnet/rural-nz/profitability-andeconomics/trends/sharemilking-review/httoc.htm

Por supuesto todo esto significó que la nación entera diera su sitial a la producción agropecuaria, tal como lo señaló en una entrevista el exconsejero agropecuario de Nueva Zelanda para América Latina, Terry Melkie, destacando el valor que le ha dado su país a la actividad campesina, “al ponerle en el centro de todo”.

Hoy todo centro de servicios está a 30 minutos en promedio, lo que les permite vivir en el campo; hay una política de centros técnicos que se enfocan en educación y cualificación agropecuaria, lo que les permite agregar conocimiento al producto agro; el ingreso de un productor rural es alrededor de 44 mil pesos (US$12)…la hora, lo que los separa por mucho de los 25 mil el jornal diario del campesino en Colombia.

En fin. Es muy importante para crecer, aprender. Y para eso hay que hacerlo, con recelo y todo por aquello de no tragar entero, de los mejores. Y Nueva Zelanda, que pasó de 9,060 litros por hectárea en 1995 a 16,908 en el 2015, que con 4.8 millones vacas y 1.7 millones de hectáreas, representa el 3% de la producción mundial, es sin duda un caso de estudio.



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