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#NosEstánMatando

Opinión / Por: Marcos Velásquez


COTIDIANIDADES

Recuerdo que fue en una publicación del diario El Espectador del 29 de Febrero de 2016, donde entrevistaban a Celina Realuyo, representante del Gobierno norteamericano y asesora del Ministerio de Defensa en la capacitación de sus integrantes para el posconflicto, que se hablaba que había que prepararse para el fenómeno de las Farcrim.

Para la fecha en mención, aun no habíamos terminado de digerir que ya en Colombia no habían más paramilitares, puesto que después de su negociación con el gobierno y gracias a la Ley de Justicia y Paz (Ley 975 de 2005), el concepto de paramilitar había desaparecido, a pesar de haber quedado para la historia del país, como fenómeno de la violencia social.

Para tratar de marcar la ruptura en la historia del país de tal hecho y resaltar la labor del gobierno en su trabajo encaminado a la búsqueda y consolidación de la paz, se empezó a nombrar a partir de allí a los “paramilitares” que no se acogieron a dicha negociación o que no estuvieron de acuerdo con ella, no como disidentes del proceso de paz, sino como bandas criminales, las cuales estaban conformadas por todos aquellos que en un momento dado, hacían parte de estos grupos, pero que en su disidencia, optaron por continuar en el crimen organizado, lo que hizo que fueran llamados por la prensa y las autoridades como bacrim.

Hoy las Farc tienen su proceso y su acuerdo de paz, y el gobierno actual insiste en nombrar a quienes no se acogieron a los diálogos de la Habana, como también fueron llamadas las reuniones de negociación con dicha guerrilla, como disidentes.

Al parecer, las disidencias en Colombia, y sobre todo, en lo que tiene que ver con los procesos de paz, se tornan en la Hidra de Lerna, el monstruo mitológico que oculto entre las aguas del lago Lerna, poseía la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era amputada.

Con el paso del tiempo, quienes entran a un proceso de negociación de paz con el gobierno colombiano, se terminan decepcionando tanto que, prefieren volver a lo que conocen, dominan y mejor saben hacer.

Al parecer, en esta oportunidad el gobierno se resiste a “enterrar” la guerrilla de las Farc, o la guerrilla de las Farc se niega a reconocer que su momento histórico al frente de las armas fracasó y terminó.
Quizá por esta razón aun se habla de los disidentes de las guerrillas de las Farc y no de las bandas criminales de las Farc, o Farcrim, como ya han sido señalados por estudios realizados, como es el caso del Centro de Investigación InSight Crime.

Lo particular del entre tintas de estas formas de nombrar las resistencias a la paz en Colombia, por parte de quienes delinquen y de quienes tienen que hacer algo para que la paz sea un hecho consumado en el país, es que cuando no se nombran las cosas por su nombre, todo sigue pasando igual que siempre y nadie responde por lo que se continua haciendo pero, en el papel, ya ha dejado de existir.

Es el caso de lo que está sucediendo con los líderes sociales en Colombia. El hashtag #NosEstánMatando pone a viva voz una verdad de un fenómeno que no ha desaparecido en la historia del país. Un fenómeno que se ha presentado en los territorios colombianos donde ha habido presencia de paramilitares, de guerrilleros y de sujetos que actúan de modo violento al margen de la ley.

No ha importado si es en zona rural o urbana, lo que sí se sabe es que quienes delinquen, quienes trabajan al margen de la ley haciendo producir sus negocios, se sienten amenazados por quienes tienen el coraje de pensar un país en paz. Tomando la paz como el fenómeno donde un ciudadano tiene que preocuparse en su ciudad o en su vereda por resolver los pormenores de su día a día y no de defenderse de la zozobra de quien encontró en el crimen un estilo de pensar que le permite vivir amedrentando a otros para poder existir.

Bacrim, Farcrim, falsos positivos, milicianos y todos los que con el poder de las armas aun insisten en tapar la verdad de sus actos, se encargan de que cualquier proceso que se haga en pro de la paz, termine siendo el preámbulo de otro nuevo fenómeno de violencia, cuando el gobierno no ha podido o no ha querido comprender que la estructura social del país demanda empleo, una economía estable y una forma de vivir donde se respete la autoridad por el ejemplo que ella da y no sea confundida con quienes ellos persiguen.

Aun estamos en el proceso, y si la paz depende ahora de la economía, el gobierno siguiente tendrá que arreglárselas para hacer que el país despegue en este renglón, el que ha sido la excusa en las últimas décadas, para que quienes están al margen de la ley defiendan el negocio del narcotráfico como la única alternativa viable, después de la corrupción política, como la opción rentable para vivir desestimando el respeto al otro.

Twitter: @MARCOS_V_M



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