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¡Normal!

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por: Marcos Velásquez.

COTIDIANIDADES

Mg. en Comunicación. Psicoanalista. Docente/Investigador. Escritor.

Miguel tiene 13 años.  Su mamá me concedió el permiso de contar su historia, y él, gentilmente, me permitió que lo entrevistara.  Su nombre real es otro, pero como es menor de edad, por su protección, le expliqué que no podía nombrarlo con su nombre de pila, a lo cual respondió: “Está bien”, encogiéndose de hombros, mirándome fijamente a los ojos.  Seguidamente le pregunté que cómo quería que lo llamara en mi escrito, a lo cual, con tranquilidad y sin especificar el por qué, de modo inmediato me dijo: “Miguel”.

El martes pasado llegó de Londres en el vuelo que aterrizó en Bogotá a las 6:30 p.m.  Su mamá lo estaba esperando en el aeropuerto El Dorado, después de haber estado alejada de su hijo por primera vez un mes completo.  A ella se le quería salir el corazón por la boca de la emoción de ver a su hijo: “tan grande, ya como todo un hombrecito” -cuenta la mamá de Miguel-, cargando las maletas de retorno.  Sin embargo, al salir de la sala de equipaje y cruzar la puerta del muelle internacional para encontrarse con su madre, quien se reía de modo nervioso, lloraba tímidamente de la emoción y lo esperaba con un abrazo rompe costillas, Miguel le dijo: “¡Hola Mamá!”.

Desde Londres Miguel sabía que el 20 de julio era un festivo atravesado, por eso le dijo a su mamá que él quería pasarse el puente con sus abuelos, a los cuales les dice nonos, porque estaba cansado de esos jugos saborizados que les daban allá, los cuales no sabían a nada.  El quería un jugo de mango con sabor a mango, un jugo de guanábana con sabor a guanábana, mote de queso, pegao, suero, yuca, plátano maduro, huevo criollo, espaguetis con tomate y lo mejor: “todo hecho por la nona”, dice Miguel.

La mamá lo vio pasar por su habitación en Bogotá, dado que el vuelo para Montería salía al día siguiente a las 6:30 a.m.  Miguel poco había dormido, porque en los aviones no concilia el sueño.  Así, ajustaba un poco más de 36 horas sin poder dormir con fundamento, pero no importaba, dado que el triunfo del viaje estaba en desayunar con sus nonos en Deyanira Quibbes, en Cereté, un quibbe, una empanada de leche cortada y otra de berenjena, cosas que solo saben bueno en el lugar donde las conoces y las pruebas por primera vez.

De ahí, para la finca, a ayudar, como es la costumbre, a su nono en las faenas del campo, sin importar haber estado al lado de los príncipes de Gales, donde vio a Carlos, quien: “definitivamente nunca será rey de Inglaterra, por todos sus escándalos”, dice Miguel, sosteniendo que ese es el secreto a voces entre los londinenses.  “Camila, sí es mejor verla de lejos decididamente, pero es una lastima no poder estar cerca para apreciar a la Duquesa de Cambridge, quien sí es bonita, en compañía del príncipe Guillermo.  ¡Pero los vi saliendo del Palacio de Buckinghan!”, dice Miguel con satisfacción.

Acostado dentro de la hamaca, en el kiosco de la finca, después de haberle dado de comer a las cerdas, el verraco y los cochinitos, Miguel se permite contestarme mis inquietudes, las cuales inician con la exposición, en términos de pregunta, de qué siente un joven hombre a sus escasos trece años al haber viajado al otro lado del mundo, cuando quizá hace parte del 1% de los niños colombianos que ha podido realizar este viaje-hazaña por una parte, y por otra, de haber salido solo del país a tierras lejanas, cuando en mi generación tuve que esperar a cumplir un poco más de la mayoría de edad, para poderme ir a estudiar a Europa mi primer postgrado.  A lo que Miguel responde sin prisas y despreocupadamente: “¡Normal!”.

De este modo empiezan sus apreciaciones.  Un joven hombre de la generación Z.  Nacido en el 2003, tiene claro que entre la relación de pareja y el trabajo, es “obvio que hay que elegir el trabajo”, dice Miguel.  ¿Por qué?  Le pregunto con sorpresa.  Y él me responde más sorprendido por mi sorpresa, la cual le parece casi fuera de foco.  “Pues, porque el trabajo es el que te da dinero.  El trabajo te da todo.  Es más seguro y te asegura la vivienda, la salud, la comida.  Te asegura todo”, dice Miguel sin reparos.

Le pregunto entonces por la parte afectiva y por los hijos, a lo cual él responde: “Yo no me encariño mucho con alguien”.  Plantea que las amiguitas con las cuales ha tenido lo que en mi generación se denominaba noviazgo de colegio, o más conocido entre nos como “manito sudada”, en la que había besitos y mariposas por el estomago, para él esas niñas terminan cansándolo.  Prefiere leer, jugar sus videojuegos o tomar fotografías, las cuales son su pasión, fuera de que ya le han permitido ser reconocido por sus seguidores en su cuenta de Instagram, a lo que su madre no supo reaccionar al principio alarmada porque muchas personas adultas que ella no conocía le empezaron a comentar sus fotos y lo regañó, pero él la ubicó en el Siglo 21, al responderle: “¡Mamá!  Se trata de eso.  Se trata de que gente de todas partes del mundo, a quienes no conozco, les gusten mis fotografías, ¡o sea!”.

Los hijos hay que tenerlos, pero en su discurso es más como una consecuencia lógica que un deseo instalado.  Por ello, le pregunto por su madre -quien es madre divorciada y aguerrida luchadora solitaria, que ha velado por su hijo y por ella desde que Miguel tenía escasos dos años-, esperando que aflorara lo que yo conocí como el amor y un poco de apego.  Pero este joven hombre me sorprendió al responderme que él con su madre, si la llama y la escucha una vez, con eso queda satisfecho.  “Además -dice Miguel-, ella no ha podido entender que cuando ella dice: Yo opino qué, ella está imponiendo, y yo prefiero que me diga que haga tal cosa a que se ponga en esa posición en la que quiere imponer creyendo que yo no sé que me está imponiendo su voluntad.  Eso me molesta”.

Entonces Miguel expone que él sabe que depende materialmente de su madre, pero cuando él trabaje, ya no dependerá de ella y por lo tanto se dedicará a trabajar en lo que le gusta.  ¿Qué quieres estudiar?, le pregunto.  “Ingeniería administrativa.  Porque eso engloba todo”, responde de modo seco Miguel.  Ante ello, me juego otra pregunta.  ¿Y tu padre?  Él, mirando a lo lejos dice: “Sólo firma el permiso de salida del país, y con eso es suficiente”.

Tratando de hacer amena la conversación le pregunto que qué piensa de la soledad, pero Miguel me explica que él ha estado siempre así y no es algo ni extraño, ajeno o acongojante para él.  “Es que yo me mantengo todo el día en el colegio.  Llego a la casa y mi mamá está trabajando.  Almuerzo y me encierro en mi habitación.  Hago las tareas.  Cuando mi madre llega la saludo, cenamos juntos, nos vemos algo juntos en la tele: ahora estamos los dos encarretados viéndonos House of Cards, y ya.  Nuevamente cada uno en su habitación”.  Entonces, para ti la soledad no es un tema, le pregunto a Miguel.  Y él responde tranquilamente: “No”.

Sintiéndome un poco extraño, dado que yo amo a mis padres y soy apegado a ellos y sabiendo que Miguel ya tiene una manera tipo Siglo 21 de relacionarse con los otros y con sus seres queridos que no es la mía, aturdido, paso al tema de la entrevista: el campamento de verano.

¡Bien!  Cuéntame entonces cómo te fue.  ¿Qué tal las clase?  ¿Qué tal Londres?  “Pues, las clases bien, dice Miguel.  Por fin entendí el ingles al escucharlo y al hablarlo.  Todo muy organizado y la metodología de enseñanza era super, dado que no era como aquí en Colombia que todo es gramar.  Allá uno hace actividades, conversa con el profesor y con los compañeros y sin notarlo ya estás aprendiendo verbos, vocabulario y lo más importante: hablando inglés”.

¿Los compañeros de clase?, le pregunté: “¡Ah, sí!  Compartí con Italianos, los más queridos de todos.  Rusos, son serios pero buena gente.  Las rusas son las más bonitas.  Son muy altas y muy blancas.  Japoneses, son disciplinados.  Son buenas personas pero, son muy malos en inglés.  Emiratos Arabes, son queridos, fiesteros y alegres.  Brasileños, son como nosotros los colombianos, sólo que ellos hablan portugués.  Turcos, son amables.  Chilenos, son muy simpáticos.  Colombianos, son los que se encargan de hacer que los grupos se cierren, expertos en hacer combos, parches.  Y los chinos, son muy locos, una plaga, hay chinos por todas partes, son muy gritones y también son malos en inglés”.

¿Anécdotas con tus compañeros?, le pregunté:  “Un compañero de clase, hijo de un CEO de una multinacional de telefonía, que tiene su casa al lado del Burj Khalifa, en Dubái, tenía un Rolex de oro.  Me lo prestó para probármelo y se me veía bien”.

¿Londres?, le pregunté:  “Muy organizado, muy organizado.  No vi casi graffitis”.  ¿Qué pasa con los graffitis?, le pregunté a Miguel, a lo cual responde de modo seco: “Entre más educada sea la gente de una ciudad, menos graffitis habrá en la ciudad”.  ¿Entonces, cómo te sentiste en Londres comparado con Bogotá y con Colombia?, procedí a preguntarle.  “Me sentí latino.  Negro.  Indígena.  Pobre.  Arrastrado”, me respondió, a lo que le volví a preguntar.  ¿Qué piensas hacer ahora, después de vivir esa experiencia?  Y me respondió sin reparos: “Subir mi promedio porque quiero terminar el bachillerato en Canadá, dado que el colegio nos da esa opción”.

Miguel se fue de intercambio a un campamento de verano que ofrece su colegio.  Esperó que la oferta fuera Londres, porque quería ir a aprender inglés, lo cual cumplió a satisfacción, pero también vino con un imaginario puesto en otro lugar del mundo que no es Colombia.

Comprendió que nació en el capitalismo y en sus palabras dice que este es “un buen sistema que da muchas libertades enmarcadas por un grupo de leyes que permiten que estas no se desborden”.  Por ello, procedí a hacerle unas preguntas de la actualidad, para indagar su estilo de pensar, y me encontré con esto:

¿Qué piensas de?:  Maduro.  “No sabe manejar el poder”.  Trump.  “Un magnate de los negocios.  Un buen negociador”.  Santos.  “Es un buen maquillador”.  Uribe.  “Un buen presidente.  Manejó bien todo el tema de las Farc”.  Obama.  “No hizo mucho, pero logró ser un buen representante de Estados Unidos”.  La corrupción en Colombia.  “Dañó al gobierno y ya es imposible quitarla”.

Tomé aire y le pregunté a Miguel:  ¿En quién crees espiritualmente?  A lo que él mismo también tuvo que hacer una pausa para responder: “Es una pregunta muy difícil, muy difícil.  Sabemos que hay algo que maneja todo, pero no sabemos el qué”.

Miguel tiene trece años y piensa de este modo.  Es un joven hombre pragmático, solitario más no solo.  Su espacio personal es reducido, en el que escasamente le permite pasar a su zona íntima a su mamá y a sus nonos pero eso sí, sin muchos besos y con pocos abrazos porque lo incomodan.

Cuando caminó por Londres se sintió muy bien, porque allá “la gente no se le pega a uno”, dice Miguel, y a pesar de que estando allá hubo anuncio de amenaza de atentados terroristas, los cuales “ya son normales gracias a los gringos”, expone Miguel, se sintió seguro, no como en Colombia donde la zozobra no le permite caminar por el barrio o estar tranquilo en el transporte público.  “Todo es muy organizado”, dice Miguel enfáticamente.

A él no le interesa la finca, salvo para compartir con sus nonos y comer comida de verdad hecha por su nona, pero para él, con venir una vez al año a eso ya es suficiente.  El desapego por las personas, incluso los seres queridos, es algo que hace parte del estilo de pensar de un joven hombre que representa a una nueva generación de ciudadanos del mundo que tiene claridad sobre qué es el tercer mundo.  Por ello, cuando le pregunté por el comunismo y el socialismo, se rió de modo irónico y respondió: “Son bobos.  Están condenados al fracaso.  Siempre dependerán del capitalismo”.

Algo grave para él es “estar sin internet”, dice abriendo los ojos como si eso fuera realmente una catástrofe.  El inglés, para su generación, no es negociable.  Sabe que, a lo sumo, es una lengua que sin ser la materna, ha de estar en el mismo lugar que ésta, porque hay que saber otro idioma.  Es decir, su generación comprende que el inglés como el español son la primera lengua, de ahí en adelante empieza aprender otro idioma.

McDonals es la comida global, “sus hamburguesas son deliciosas y saben igual en todas partes”, cuenta Miguel, “así como Despacito, de Luis Fonsi, es definitivamente conocido en todo el mundo y cada quien lo canta en su propio idioma, al igual que todo el mundo sabe quien es Shakira”.

Ciudadano global.  Generación de hijo de padres separados.  Amable, elegante, de buenos modales, educado pero no meloso.  Solo le ofrece mimos a sus perros: Cachalo y Chispa, pero cuando él quiere y sin que lo laman mucho.

El afecto lo encuentra materializado en sus nonos.  El orden y la responsabilidad en su madre.  La libertad, en el trabajo.  Los amigos, en las redes sociales, donde “sabes en qué grupo está cada quien y salvo si lo necesito, lo contacto”, dice Miguel.  Me pidió permiso para ir al baño.  Se paró de la hamaca y le dijo a su nona que le diera comida.  Antes de que se fuera le hice una última pregunta.  ¿Cómo te pareció esta conversación?, a lo cual respondió: “¡Normal!”

Twitter: @MARCOS_V_M



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