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¿Moriremos como un personaje de novela?

Opinión/ Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por: Marcos Velásquez.

FOCUS

Marguerite Duras escribió: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido”. Un escritor es un sujeto habitado por un desorden que empuja, a través de la materialización del orden de las letras, a la construcción de un sentido.  Un escritor es un obrero de la palabra, es el albaceas del sentido.  A lo sumo, es quien expone una verdad, la que siempre será subjetiva, dicho de otro modo, un escritor es un solitario que trabaja con las palabras, sin poder controlar el eco de sus significantes.

Escribir “Todo sigue vivo” fue remover la verdad de los sobrevivientes de la masacre de Mejor Esquina, ocurrida el 3 de abril de 1988.  Esto quiere decir, hurgar en el fango de los recuerdos que habitan a cada uno de los sobrevivientes que, sin saber qué hacían al estar hablando con un desconocido, sintieron alivio al poder expresar el miedo que anida en ellos.  Fue encontrar intacto el trauma y su respectivo estrés postraumático.  Fue descubrir que en Colombia se vive a pesar de todo.  Fue constatar que la cotidianidad incita el olvido y que el recuerdo aparece con las briznas de las palabras o de las imágenes o de los olores o de los sonidos que adormecidos en el ambiente, traicionan el presente.

Marcos Velásquez agradece a los sobrevivientes de Mejor Esquina por haber confiado en su labor periodística / Foto: Pablo Javier Arrieta.

Fue comprender que la academia está centrada en la acreditación y no en el lazo social.  En otras palabras, que la vanidad no permite que nadie brille por encima de sí misma.  Por ello, antes que festejar la luz del libro, solo encuentro gratitud con cada uno de los sobrevivientes de la masacre, quienes gentil mente comprendieron que se trataba de un trabajo solitario de un escritor que, a través de un trabajo periodístico, quería dar a conocer la verdad de un hecho que a pocos les ha importado en la historia del país.

Por eso, un escritor solo tiene que escribir.  Quien escribe para buscar reconocimientos, no es un escritor, es un impostor.  Se escribe porque existe un compromiso con el sentido: el de lo real de los hechos, el de los testigos, el del testimonio y el de la interpretación que se da, subjetivamente, a cada uno de esos tres momentos de verdad.

El 3 de abril de 1988 se produjo el laboratorio que desencadenó lo que sería la Hidra de la segunda violencia en la historia de Colombia.  La primera se desató el 9 de abril de 1948.

Los ganaderos, los comerciantes y los párvulos narcotraficantes de la época, conspiraron contra los perpetradores del mal, lo que visto fuera de contexto, hace ver a los primeros más malos que los segundos, cuando en Colombia el ciudadano se las ha tenido que arreglar con la adaptación de su entorno, dado que los gobiernos no han llegado a tiempo o se han enterado de las necesidades cuando el mal ha sido servido.

Para la década de los hechos, la guerrilla había tomado mucha fuerza, organizando el entorno a su favor a partir de la siembra del miedo: extorsionaba, robaba ganado, secuestraba, mataba a los mayordomos de las fincas o a los administradores de los negocios.

Quien se resistiera a colaborar con la “causa”, era un sapo.  Quien colaboraba con la “causa”, era un sapo.  Un sapo de la guerrilla o un sapo del ejercito.  Pero el ejercito hacía poco y la guerrilla mucho daño.  Fuerzas contrarias que en el desespero de quienes trabajan de modo honesto (aún no se conocía el mal que portaba el narcotráfico), no encontraron otra solución que sentar un precedente.  El cual fue un acto canalla, porque el enemigo no estuvo presente y los inocentes murieron según fueron saliendo las ráfagas de metralla.

A Mejor Esquina la habitan dos dolores, el de sus muertos y el de haber sido tildados de guerrilleros, cuando sólo fueron los prisioneros de una realidad que no quisieron vivir y no pudieron evadir.  Verdad que me pone a pensar en las posiciones moralistas que juzgan los hechos sin analizar las circunstancias, las causas y azares que llevan a un sujeto, de tanto en tanto, a no encontrar más opciones.

Hoy en Colombia no hemos superado ningún acto violento.  La Hidra no ha perdido su virtud de regenerar dos cabezas por cada una que pierde o le es amputada.  En la primera violencia, el Frente Nacional en 1958 dio pie a que los inconformes se encontraran en las filas de las guerrillas y la situación económica al margen de la ley, trascendiera del contrabando al narcotráfico.  En 2018 el proceso de paz con la guerrilla de las FARC EP, nos entrega un país desgastado, dolido y con rabia, con la sensación en los ciudadanos de: “Me quieren ver la cara, pero yo no trago entero”.

Antes que paz, la sensación de los acuerdos de la Habana en el grueso de la población colombiana es de desconfianza.  La cual se decanta de una manera pasional por un candidato de derecha o uno de izquierda, lo que permite constatar que el mal no ha perecido.

A día de hoy, es más fácil amenazar de muerte a quien no piensa como yo, que comprender que existen otros estilos de pensar.

Se han encarnizado en los actos de los colombianos tres significantes, que por principio son imposibles de permitirse en quien los porta, una negociación: totalitario, víctima y resentido.  Lo cual engendra las bases para una nueva violencia, donde el ciudadano no cree en quien ejerce la política como estilo de vida y la corrupción, en todos los sectores, está generalizada.  Forzar la paz, es engendrar otra violencia.

El laboratorio de lo siniestro que se dio el 3 de abril de 1988 en Colombia, trajo consigo la rabia que mora en nuestros actos moralistas, los que nos hacen pensar que los malos son los otros y no nos permiten cuestionarnos que todos somos responsables, porque hasta la indiferencia tiene su cuota de responsabilidad.

Por lo pronto, a treinta años de una manifestación del mal, la voz de quienes no habían encontrado quién los escuchara, permitió que a través de la secretaría de cultura departamental, en cabeza de Olga Elena Payares Urzola y su decisiva gestión, se pudiera movilizar con el apoyo del gobernador Edwin Besaile y ahora, con la determinación de la gobernadora encargada, Sandra Devia Ruíz, quien planteó que “desde la palabra, la memoria colectiva, la literatura y el arte, se construye tejido social”, los sobrevivientes de Mejor Esquina recibieran, de la mano de su alcalde Miguel Guzmán Mieles, la gestora social del municipio de Buenavista y el secretario de infraestructura departamental, Carlos Enrique Angulo, un polideportivo donde adultos, jóvenes y pequeños podrán jugar baloncesto y microfútbol, realizar eventos, contando con las graderías de la infraestructura de la obra, al igual que con un parque infantil en el perímetro de la misma y una zona biosaludable.

De igual modo, la gobernadora (e) Sandra Devia y el secretario del interior y la oficina de víctimas, en cabeza de Edgar Garcés, les llevarán a las víctimas del hecho, asesoría y acompañamiento jurídico para revisar caso por caso cómo van los procesos.  Orientación, para quien no haya realizado, aun por miedo, su declaración de víctima, lo haga.

Y quizá, lo más requerido, el apoyo psicoterapéutico que permita realizar el duelo y replantear el imaginario de quienes aun continuan abatidos por la culpa, tratando de responderse una pregunta que no tiene respuesta: ¿por qué a nosotros nos hicieron esto?

Un libro es la materialización de un trabajo, así como para el escritor, la posibilidad de poner punto final a un tema de investigación o de insistencia subjetiva.  También es el inicio de un nuevo compromiso consigo mismo.  Por ello, los libro nunca terminan, solo dan pie a un nuevo comienzo.  Quien comprende esto, puede vislumbrar la fuerza que porta cada palabra, la que gracias al lenguaje es la que permite que hagamos lazo social.

Cuando no hay nada que decir, no hay nada que escuchar, no hay lazo.  Lo que decanta en violencia, o en olvido.  Lo crudo de hechos como los ocurridos en Mejor Esquina y otras poblaciones de Colombia, es que el trauma es tan insondable que, aunque no haya nada que decir, tampoco se encuentran las palabras para poder olvidar.

Los colombianos tenemos una responsabilidad que es espinosa para el cumulo de heridas reales y narcisistas que hemos almacenado a lo largo de nuestros silencios, dado que callar no es equivalente a la ausencia de palabras, la responsabilidad de construir una Colombia mesurada y alegre.

Sin embargo, por el camino que vamos, donde cada paso que damos hacia adelante sentimos que nos están engañando, no auguro remansos de paz, sino la insistente zozobra de que en Colombia nos repetimos en la única realidad posible, la de la violencia.

O nos exigimos en la construcción de nuevos estilos de pensar, de nuevos imaginarios, o moriremos como un personaje de novela que, después de haber muerto, comprendió que todo sigue vivo a pesar de clamar por su descanso.

Twitter: @MARCOS_V_M

 



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