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Los pesos del alma

Por: Marcos Velásquez.


Por Marcos Velásquez.

COTIDIANIDADES

Mg. en Comunicación. Psicoanalista. Docente/Investigador. Escritor.

Luz dice que lo bueno de la feria es el rebusque. Como ella cuenta con clientes fijos, cuando llega la feria se puede hacer unos pesos de más. “No son muchos, pero algo es algo”, dice riéndose con picardía después de reconocer que cuenta con el apoyo de las personas a quienes les trabaja por días, las que a regañadientes la esperan porque saben que como ella, no hay quien les haga el aseo.

A sus cincuenta y seis años siente que todavía tiene la fuerza para levantarse a las cuatro y media de la mañana a hacer unas empanadas de carne y unas carimañolas para venderlas por encargo a una joven que no necesita esa plata, pero que con tal de estar en las Fiestas del Río de Montería, se pone a venderlas con sus amigas en la Avenida Primera, porque se llena de gente con el cuento de que por ahí pasarán los desfiles de las candidatas de la ciudad.

La joven le paga por el en cargo treinta mil pesos, y Luz con tal de incrementar sus entradas económicas acepta el contrato, dado que por su parte, se ubica desde las once de la mañana, diagonal al CAI de la Avenida Primera, hacia la calle 32, a vender bolsas de agua, porque “quien no toma agua en fiestas” – plantea Luz, sintiendo que ahí es donde está su verdadero rebusque. Ella dejó el colegio en 1978, cuando llegó a tercero de bachillerato en el Nacional.

Al enfrentarse con las matemáticas, supo que estudiar no era para ella. No le gustaba absolutamente nada de esa materia, por eso no dudó en retirarse y tomó como excusa perfecta su desencuentro con los números. Prefirió estar en su casa haciendo aseo, cocinando para sus siete hermanos, su papá y su mamá, ver novelas y hablar con los vecinos del barrio.

Luz buscaba una vida tranquila, porque a sus diecisiete años sus compañeros del colegio ya la empezaban a incomodar cuando le ponían pereque con piropos y dedicándole canciones románticas de la época. Ella sentía desprecio por los hombres y una vergüenza profunda por sí misma. Le fastidiaba todo lo que oliera a cortejo, enamoramiento, besos o abrazos.

Ese tipo de situaciones le recordaba esa escena que no ha podido superar y que la sumió en su elección de soltería. A sus 20 años pensó que un retiro voluntario en un monasterio donde pudiera encontrarse a solas con Dios, le ayudaría a superar esa escena que la persigue y que la suma en una profunda desesperanza. Luz no encontró en el cenobio, donde se enclaustró trece años de su vida para entregarse a la oración, las manualidades, los oficios del convento y la ayuda a los más necesitados, el abrazo que anhela su desolación.

Esperando encontrar el amor, se decepcionó además de los hombres, del manejo del poder que le daba la madre Superiora a los privilegios de los cuales esta gozaba, así como de sus compañeras que, diciendo amar a Dios, no respetaban a su prójimo.

Luz empezó a comprender que allí todo era igual que afuera, salvo que “Yo estaba adentro porque pensaba que ahí era distinto todo, pero era igual o peor, porque me daba cuenta más fácilmente”, dice Luz acongojada. Se fastidió de que sus compañeras tuvieran rivalidades inconciliables pero, para poder vivir en comunidad, eran hipócritas entre sí.

De que la madre Superiora, cuando venían de visita sus familiares desde Villa de Leyva, ella les daba la mejor habitación del recinto, velaba por su privacidad y los atendía con las mejores viandas, mientras que cuando llegaban los familiares de las otras monjas, les bloqueaba su estadía en el monasterio arguyendo que eso no era un hotel y por ende solo podían visitar en los horarios estipulados o contar con el gentil permiso que ella le daba a la monja para que paseara con los suyos por la ciudad.

Una mañana, después del desayuno, Luz notó con claridad cómo la madre Superiora, hablando entre murmullos con una compañera suya, mientras hacía un gesto déspota, le profesaba el hastío que le tenía a ella. Luz, quien a sus 33 años era una mujer soberbia y frentera, le espetó: “¡Madre! ¿Si usted es la Madre Superiora, por qué habla de los demás a sus espaldas?”, lo que bastó para que Luz estuviera en la puerta de su casa en las horas de la noche retomando su vida como la había dejado cuando salió de ella buscando en la cercanía de Dios su paz interior.

Se enfrentó esa noche con sus miedos más profundos al llegar a su hogar en Villa Cielo. Recordó que no había podido perdonar a su madre, aun cuando las yemas de sus dedos todavía estaban hinchadas por el roce con la camándula que le ayudaba a albergar el perdón que busca en Dios, para ser bendecida con la reconciliación consigo misma.

De ocho hermanos, Luz es la cuarta. Con la tercera tenía confianza. Ella fue la que notó que a Luz le pasaba algo. Cuando le preguntó, ella ni lloró. Solo le dijo que Gómez, el celador del colegio en el que ella estudiaba, el San José, cuando la monja Marina le había dicho que le tocaba por el horario y el orden de lista junto con su otra compañera del mismo apellido hacerle el aseo a su salón, le regaló un helado. Como su compañera no fue porque estaba enferma, a ella le tocó hacer el aseo sola.

Ella no tenía miedo, porque fuera de que era temprano, las cinco de la tarde, y la casa estaba cerquita del colegio y Gómez era amigo de su papá y de su mamá y él visitaba a toda hora su casa, no llegó a pensar que él, un hombre entrado en años, de pelo cano, sin estar viejo, cuando se vio solo con ella le dijera: “Vamos para el baño que te chorreaste la camisa del uniforme con el helado. Si la monja te ve se enoja.

Ven para que te limpies y te terminas de comer el helado allá”. Luz tenía ocho años y se recrimina diciendo que “todo pasó por golosa”. Cuando estaban en el baño, el hombre le ayudó, mientras ella seguía comiéndose su helado, a quitarle la camisa. Cuando ella se quedó sin esta, “él me reventó los senos, como cuando uno exprime una naranja para que bote todo el jugo. Me rompió el vestido, el short y por ahí mismo el alma”, recuerda Luz consternada. Al enterarse su hermana, apenas vio a Gómez en la casa, quien seguía haciendo visita como si nada, lo levantó a zapatazos, y su mamá se enojó con ella y con Luz porque le estaban maltratando al visitante.

Al retornar del convento, Luz tenía intacta la escena como ahora en sus recuerdos. Llegó a pensar que el tiempo que estuvo fuera de casa le había ayudado a superar la indignación y la impotencia de que su mamá ni le hubiera creído lo que le pasó ni la hubiera defendido.

Así como el luto profundo por su hermano mayor, quien al saber lo que le había pasado a ella, y que el mismo hombre había obrado igual con su hermana menor cuando esta tenía once años y su mamá se había separado de su papá para irse a vivir con él, hasta que él mismo la hecho de su casa diciéndole que se largara porque: “¡Yo quiero es a tus hijas, y no a ti”!, y por eso se suicidó, tuvo que darle un beso y un abrazo a su madre, para retomar su morada. A sus cincuenta y seis años, Luz vive por el diario.

Angustiada por el futuro, porque nota cómo la vejez se le acerca y teme que cuando su madre de 80 años llegue a faltar, no van a contar más con un subsidio de ciento cincuenta mil pesos que les manda una sobrina a su abuela cada vez que puede, desde Medellín.

Hoy está esperanzada en que uno de los patrones a quien le hace el aseo del apartamento por días, le ayude con los políticos en campaña para ver si puede recibir una casa de esas que el gobierno le regala a los pobres.

Ella eligió ser la que lleva dinero a casa, mientras que su hermana, la que la defendió en su momento, es la que se encarga del cuidado de su mamá y de un sobrino con síndrome de Down, el preadolescente que les dejó otra hermana que no sabe si está viva o no. De su hogar, quedaron ellos cuatro.

Su padre murió al poco tiempo de ella estar en el convento y sus hermanas y el hermano que quedó vivo, se fueron marchando como pudieron a realizar sus propias vidas, sin el empeño de regresar. Luz todos los meses se las arregla para llevar doscientos mil pesos que alcanza a reunir entre sus limpiezas de casas y apartamentos por días porque, el mes que no lo hace, su hermana la amenaza diciéndole que la va a dejar sola con su mamá, lo cual le aterra porque aún guarda en su pecho el puñal del silencio que nunca pudo sacar al no comprender por qué su madre obró a sí con ellos y porque ella no está dispuesta a lidiar con viejos.

En 2015, por azar, Luz se vio en su casa la película: “Un largo beso de despedida”. En ese film, la protagonista padece de amnesia, algo que ella quisiera tener para no pensar en lo ocurrido. A parte de eso, la protagonista, en una escena que a Luz le gusta mucho, se hizo la muerta y cuando un hombre se le acerca a ella para besarla, ella saca un cuchillo y se lo entierra en el ojo. Serena, Luz se pregunta en voz alta mientras cuenta su vida, que si ella en vez de tener un helado ese día, hubiera tenido un punzón, ella se hubiera podido defender de ese hombre, así como hizo la protagonista de la película. Pero ninguna respuesta le llena el vacío de lo que pasó, ni de haber contado con una madre que no le creyó. En las matemáticas de la vida, la que no pudo evadir, a Luz le resta el olvido de lo que sucedió y una fiesta más para ponerse los pesos que aún no se ha podido quitar del alma.

Twitter: @MARCOS_V_M



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