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Los elogios nos hacen bien

Por: Marta Sáenz correa


Muchas personas tienen la impresión de que nadie reconoce y valora sus esfuerzos: empleados que no se sienten apreciados por sus patrones, esposas o maridos que consideran que sus cónyuges no los valoran como deberían, e hijos que piensan que, hagan lo que hagan, nunca estarán a la altura de lo que sus padres esperan de ellos. Con seguridad, tales sentimientos se mitigarían si todos estuviéramos más dispuestos a elogiar; siempre es más fácil criticar los errores de alguien que elogiar sus virtudes.

En este mundo ingrato en el que vivimos, todos necesitamos sentirnos amados y apreciados. Cuando prodigamos elogios francos, fortalecemos a nuestros semejantes y les elevamos el ánimo, y las alabanzas sinceras les darán motivo para seguir dando lo mejor de sí. La ausencia de elogios deja huellas negativas en nuestro estado emocional. La persona que sólo recibe críticas acaba creyendo que hace las cosas mal y poco a poco va perdiendo la confianza en sí misma. Si las críticas son frecuentes y no hay elogios se acaba perdiendo completamente la autoestima.

Los psicólogos conductistas han mostrado que el elogio es un factor de motivación mucho más efectivo que el látigo de la desaprobación y un modo más satisfactorio de conservar las amistades. Elogiar a una persona es darle la oportunidad de aumentar su autoestima y su confianza en sí mismo, herramientas que le permitirán sortear los obstáculos de la vida y armar relaciones de afecto duraderas.

Los halagos son una herramienta muy usada para la seducción, y también para convencer y manipular. Por ello, debemos ser muy cuidadosos sobre cuanto elogiamos y cuanto nos halagan. Los elogios adormecen, las criticas enseñan. Aceptar críticas constructivas nos ayuda a adaptarnos mejor, mientras el elogio puede debilitarnos al disminuir nuestro esfuerzo en las cualidades alagadas. Tan difícil es asumir las criticas como recibir los elogios. De hecho, existen personas que se sienten incomodas cuando les dicen algo bonito. Esto se debe en parte a que hemos sido educados en la exigencia, en el hecho de tener que hacerlo todo bien y que no hubiese ningún mérito en ello.

Aceptar los cumplidos no resulta sencillo: exige grandes dosis de humildad, evitar caer en la tentación vanidosa y saber distinguir entre los interesados o tóxicos y los verdaderamente sinceros. Un elogio sincero es un termómetro de cómo nos ven desde afuera. Rehusamos los elogios cuando creemos que no somos dignos de ellos, pero este es solo un motivo; a veces, el rechazo del piropo es una maniobra inconsciente de nuestro ego. Necesitamos y debemos aceptar los elogios justamente porque somos humanos; su reconocimiento es una muestra de humildad, y con ella estamos diciendo que lo necesitamos.

PARA DESTACAR:

“En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”.Albert Camus.



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