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Los bemoles de la gerencia

Opinión/ Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por: Marcos Velásquez.

FOCUS

Nuestros padres nos han legado, con el apoyo de nuestro sistema educativo, una visión del trabajo en la que prima la obediencia y la sumisión.  Eso no está mal.  Sin embargo, las consecuencias no se hacen esperar en un sistema laboral que sin notarlo, se encamina al abismo del colapso, dado que el sistema de producción se ralentiza, las plazas laborales escasean y la economía palidece.

Una cosa es el discurso oficial de los gobiernos, y otra la realidad de las empresas, los trabajadores y la economía familiar.

Los discursos oficiales, más cuando se está en campaña electoral, solo vociferan las bondades de su buena gestión gubernamental en la generación de nuevas plazas laborales, por razones obvias.  Pero entrar a escuchar la realidad de las personas que desean cambiar de empleo o desean entrar a la dinámica laboral, es otra cosa que da cuenta de las dificultades que viven las empresas para ajustar su planta laboral, sostenerse con ella y no permitirse, aunque lo requieran, una incorporación más.

De ello se deriva que las personas que se encuentran laborando se vean sobrecargadas y sin la posibilidad de poder hablar sobre el asunto, por temor a perder su trabajo.  No obstante, la calidad del servicio decae, consiguiendo que los consumidores de bienes o servicios se acostumbren a que “todo funciona así y nada se puede hacer”.

Con ello se va tejiendo un imaginario de resignación, de desesperanza y de pálida complicidad que congrega tanto a quienes trabajan como a quienes consumen, en un estilo de pensar que avala la mediocridad.

A partir de esta lógica que empuja a los sistemas productivos a frenar sus vigorosas posibilidades de posicionarse, crecer o fortalecerse en el mercado, se disparan las alarmas que anuncian que ante las dificultades, antes que sumarse en el adocenamiento, se exige el arte de la gerencia, tomando este como la capacidad de conseguir que cada quien se destaque en lo que le gusta hacer, mejore continuamente, apoye los procesos de sus compañeros y se prepare para partir con alegría.

Lo paradójico de esta exigencia es que las empresas se encuentran encabezadas por personas que ocupan las plazas laborales designadas como gerencia, sin tener una visión de ella, ni una sensibilidad estética de la misma.

Son personas que usualmente han tenido una capacitación para ser gerentes, pero no alcanzan a diferenciar que en sus galas administrativas, antes que actuar como gerente, replican los sistemas de gobierno paternalistas que han conocido a lo largo de su historia familiar.

Quizá lo que denuncia dicha incapacidad de asumir posiciones teóricas o prácticas diferentes a las que conocen y dominan a perpetuidad, se ve reflejada en la máxima del mediocre que siempre estima que quien manda, manda, aunque mande mal, la que utilizan como mecanismo de defensa para no aceptar su imposibilidad de gerenciar.

Una empresa es un motor de la sociedad que irriga de esperanza y optimismo su economía, siempre y cuando todos sus integrantes logren estar en la sintonía de su producción.

Para ello se requiere un acto de apropiación en la conducción de la misma.  Lo que implica que quien esté al mando, tenga absoluta claridad de lo que hace su empresa, hacia dónde se dirige y cuales son las particularidades del mercado en el que navega.

Como se carece de ello, encontramos empresas débiles, que son el pálido reflejo de sus gerentes, quienes no pueden asumir una mirada del organigrama como mesa redonda, porque su incapacidad los empuja de modo compulsivo a sostenerse en él a partir de las jerarquías.

La conducción de una empresa, del conjunto organizado de procesos, ha de permitir el aumento de la especialización y el conocimiento técnico de quien trabaja en cada área, el  control del tiempo y las mejoras en la productividad, con el objetivo de reducir los costos.

Ello es posible cuando un gerente comprende las dinámicas de la delegación, la que solo se da cuando se confía en el hacer del otro, lo que implica tener la seguridad en sí mismo para poder hacerlo.

Quien conduce, quien gerencia, es responsable de saber calibrar la fuerza de su caballo en relación al peso de su carruaje.  Esta confianza aporta la visión para ir reconociendo en el panorama los obstáculos que se han de esquivar.

Por lo pronto, al inicio de una reflexión sobre el asunto, se ha de revisar las enseñanzas de una educación donde poca confianza se le da a quien aprende, con tal de controlar sus pasos, obligándolo a depender de quien dirige su adiestramiento.

Twitter: @MARCOS_V_M

 



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