Lo que Gabriel García Márquez diría en su discurso del 7 de agosto

Por: Juan Sebastián Quintero Mendoza


Opinión. Todo surge de una conversación coincidencial que sostuve hace poco menos de un año con un vigilante de la casa de Gabo en Cartagena. Él se sintió en la confianza de decirme que lo único malo de Gabo es que no hizo nada por su pueblo Aracataca (El verdadero Macondo) Magdalena, y que no ayudó a la gente de aquí, decía el señor. Desde ese momento surgió una duda en mí del porqué de ese supuesto comportamiento del nobel colombiano.

Desde ese momento, me volví un investigador empírico de las biografías de Gabriel García Márquez, y me encontré con que él fue un personaje que en muchos momentos sintió que en su Colombia que amaba ya no había nada que hacer, que era un país incorregible. Desde ese momento vino a mi mente la comparación de Gabo con aquellos dos que huían de Jerusalén hacia Emaús, como se narra en Lucas 24:13-35, porque todo estaba perdido ahí, porque habían crucificado al hijo de Dios, al mismísimo Jesucristo.

¿Qué conexión puede existir entre el Macondo creado por el realismo mágico de Gabo, la tierra donde habitará nuestro señor Jesucristo y nuestra actual Colombia?

Macondo es la patria que le tocó inventar a Gabo, en cien años de soledad, para recordar con nostalgia su pueblo Aracataca. Jerusalén es la de aquellos dos que iban huyendo de ahí hacia a Emaús porque acababan de crucificar a Jesús y Colombia es la tuya querido lector.

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Siguiendo con mi hipótesis, y después de releer cien años de soledad, encontré aún más sentido a la metáfora propuesta por García Márquez. Macondo es aquel lugar rural olvidado por el aparato estatal, aquel lugar alejado donde el progreso no llega, y donde sus habitantes se tienen que conformar con poco o nada para ser felices. Para mí, Macondo es una radiografía de los abusos del Estado hacia un pueblo carente de Educación y medios para elegir bien a sus líderes, como lo sigue siendo Colombia y como fue la tierra bíblica en tiempos de Jesús.

Además, a Gabo le tocó sufrir en carne propia la violencia que azotó a nuestro país, él vivía en los edificios vecinos del sitio donde mataron a Jorge Eliecer Gaitán, y vio como Bogotá se convirtió en cenizas esa noche.

Por esto, creo firmemente que él se refugió en el extranjero mucho tiempo, por eso su casa principal estaba en México y era más amigo de Fidel Castro que de los presidentes colombianos de su época. Por eso es que digo: No es que Gabo no ayudara a su pueblo porque no los quisiera ayudar, sino porque le pasó como a los dos que salieron de Jerusalén camino a Emaús. García Márquez, en cierto momento, perdió la fe en Colombia, y eso es algo que no podemos dejar que nos pase a ninguno de nosotros, por más duras que sean las pruebas que nos pone nuestro país.

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Ahora bien, quiero que se entienda que no estoy criticando rotundamente al Nobel de literatura que mucha gloria nos ha traído. La realidad histórica demuestra que Gabo se la pasaba viajando, y desde sus relaciones literarias de alto nivel, y su capacidad influenciadora siempre intento crear, como bien lo dijo en el discurso cuando recibió el premio nobel: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”. Esto demuestra que él no era apático a los problemas de américa latina y su país, en cambio, demuestra su anhelo de una mejor calidad de vida para pueblos abandonados. Pero, su activismo siempre fue limitado por el temor que tenía a enfrentar día a día la realidad de su país, desde su terruño, al lado de los suyos.

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Por esta razón, quiero decirles que todos los colombianos tenemos algo en común con “Gabo”, y de los que caminaban camino a Emaús porque en Jerusalén todo estaba perdido. A todos nos ha tocado ver los efectos de la polarización y de la violencia. Sin importar en qué lado político estemos, todos hemos sido moldeados por hechos crueles e impactantes.

Por eso, todos, hemos querido huir, hemos sentido miedo de luchar, porque hemos visto como quienes luchan de frente son martirizados, y como los que se quedan callados sobreviven mejor. Pero este 7 de agosto de 2020, es el momento preciso para volver la vista a Macondo, de volver a creer en nuestro propio Jerusalén, de volver a luchar por lo nuestro, de no creer que todo está perdido en nuestro país Colombia.

Tú, colombiano que estás leyendo esto, tú que muchas veces has pensado que este país es un país que no sirve, que no tiene remedio, déjame decirte que no todo está perdido, que es el momento de luchar, que es el momento creer y de forjar un futuro mejor en nombre de nuestra patria y del amigo del camino de Emaús. Macondo no es Emaús, es el nuevo Jerusalén.



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