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La vida y nada más

Por: Marcos Velásquez.


Cotidianidades.

Aumenta la bulla. Las camas no alcanzan. La comida empieza a aparecer en la mesa de modo abundante. Todos se quejan de la llenura, pero nadie es capaz de parar de comer, de despreciar bocado, y quien osa en hacerlo, es regañado porque no es tiempo ni de hacer dietas ni de hacerle un desaire al anfitrión que ofrece la comida.

Todos quieren hablar. Todos quieren opinar. Casi todos quieren saber de la vida de los otros, de los que están presentes y de los que no, pero como deben estar en la ciudad, en el pueblo o lejos, en el extranjero, y no han sabido de ellos, pero como están ahí casi todos y el uno hace que recuerden al otro, a ese que mencionaron, entonces aparece la pregunta: ¿Y qué hay de su vida?

Las órdenes van y vienen. Afloran las voces de mando de las mamás, las abuelas, los tíos, los papás, los primos mayores, las primas que tienen más carácter que el resto de sus pares. Con ello, los enfados, el: “¡A mí no me manda nadie!”. Las rabias por los permisos no concedidos, por las horas de llegada, por las borracheras, porque es tiempo para que estemos todos en familia y la rabia porque entonces cuándo podremos ver a nuestros amigos.

Se destapan las verdades que tanto se han guardado por tratar de no herir a nadie, pero qué va, es imposible ocultar eso que todo el mundo rumora y la familia quiere hacerse la desentendida. Que es tiempo de velitas, que es tiempo de estar alegres, que no es tiempo de reclamos, ni de peleas entre nosotros, que tenemos que dar gracias a Dios porque estamos vivos y en esta navidad estamos juntos. Que aprendamos de Celia Cruz lo que ella dice en su canción: “El perdón es recordar sin dolor”. Perdonemos, dejemos todo atrás, demos gracias, gracias porque ya siquiera este año se acabó y lo peor ya pasó y el año que viene todo va a cambiar, todo va a ser mejor.

Entendamos, llegó diciembre, la navidad, la época de la alegría, de todas las nostalgias, de todos los duelos, de ver hacia atrás y no madrear a nadie porque es el mes de la reconciliación, de dejar todo en manos del Señor, de volver a la fe, de retomar la fe, de creer así como creen las abuelas, las que gracias a sus oraciones y sus camándulas, las que gracias a su paciencia y su capacidad de dejar pasar por alto tantas, pero tantas cosas, han podido sostenerse en sus achaques de vejez, pero lúcidas en esa maravillosa capacidad de tener presente cada uno de los momentos que han marcado su vida, para decirle a sus nietos y a todos los que quieran escuchar sus consejos, cómo y por qué han podido llegar a viejas.

Afloran los reclamos porque ya no es hora de trabajar. Que dejen de joder en la oficina, los clientes y todos los que solo piensan en plata y no son capaces de tomarse un suspiro para compartir. Que se callen los políticos porque ahora es tiempo de estar en familia, de pensar en los aguinaldos, de brindar, de abrazar, de besar con afecto, de no quejarse porque todo el mundo habla y porque todo el mundo manda, opina, dice, mete la cucharada, se enoja.

Que no es tiempo de chatear sino de hablar en familia, que no sean tan hartos, tan huraños porque se ponen los villancicos. Mejor vengan y hagamos la novena, comamos natilla, buñuelos, brindemos y aprendamos de una vez por todas que el regalo más maravilloso que tenemos es la vida y hay que agradecerla, festejarla y antes que juzgarla o tratar de entenderla como un mamerto intelectual, hay que disfrutarla y apostarla toda al futuro, porque en él está la esperanza, la nueva semilla, los nuevos llantos tiernos y desesperados de los hijos que vienen a acompañar y a enseñar que lo único que hay que festejar y agradecer sin descansar, sin juzgar, es la vida, la vida y nada más.

Twitter: @MARCOS_V_M



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