La pereza intelectual y sus influencers

Por: Robinson Nájera Galvis


Los tiempos cambian, de eso hay total certeza. Unas tres décadas atrás, cuando un estudiante coronaba décimo grado ya se había leído El Quijote, La Ciudad y los perros, Cien años de soledad y muchas obras de la literatura producida en Colombia. Para que eso no ocurra hoy en día hay razones de sobra. Antes no había tantos distractores y la escuela tenía exigencia. Ahora a los libros les ha ido saliendo competencia y la idea es que el estudiante ande a su ritmo para que no sufra ninguna clase de traumas.

Lograr que en el bachillerato un número considerable de estudiantes lean siquiera dos libros al año es una verdadera hazaña y conseguir que el 50% llegue invicto a las 400 páginas, puede resultar una tarea más difícil a que el hombre vuelva a la luna. Esta apatía por los libros puede estar en principio en el excesivo uso de la televisión y más adelante en el encanto que producen los celulares, pues la lectura de la imagen es mucho más atractiva que la de la palabra, aunque no siempre más productiva.

Pero creo que el golpe más contundente a la lectura se lo están dando los youtubers y los llamados influencers. Y si alguien quiere hacer la prueba que pregunte a cualquier joven quién es Tomás Carrasquilla, Mario Vargas Llosa o Frank Kafka y luego pregunte quien es ‘Epa Colombia’ o ‘La Liendra’ y verá cómo le va. O pregúntele a Daniel Samper Ospina cuando en 2016 el youtuber chileno Germán Garmendia hizo colapsar la feria del libro de Bogotá y él, un buen columnista con libros publicados, casi queda solo.

Los influencers modernos, en gran número, con el producto de su oficio llevan una vida cómoda, mientras que para que un escritor en Colombia viva de su trabajo se necesita alma y vida, aunque crear un libro es mucho más difícil y productivo que un video. Por ejemplo, ‘La Liendra’, con sólo 19 años de edad, ya compró un lujoso apartamento en Medellín, en tanto que un genio como Gabriel García Márquez para conseguir lo mismo tuvo que poner a sudar en demasía su cerebro.

La culpa no es del influencer, por supuesto, pues si es honestamente cada quien tiene derecho a ganarse su dinero en la forma que mejor le suene la flauta. El problema al parecer es que se está formando una sociedad con una pereza intelectual impresionante, ligera de pensamiento, proclive a la superficialidad, donde a la hora de elegir a los gobernantes no se vota por programas sino por el más simpático, por el que mejor sonríe, por el que me dijeron ¡Dios y la Virgen quieran que el mundo no siga marchando hacia ese lado!



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