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La memoria cultural en tiempos de comunicación digital

Por: Mercy Osorio Almanza


Jesús Martín Barbero expone la cultura como un proceso que no se hereda genéticamente, sino, que se transmite y modifica de generación en generación a través del aprendizaje y la apropiación subjetiva de los contenidos.

En tiempos donde la tecnología inunda nuestras vidas, se amplían las posibilidades para que las personas vean, escuchen y se apropien de la información que ofrece la comunicación masiva y las plataformas online, posibilitando el nacimiento de nuevas subculturas, estilos de vida, tendencias e identidades que desafían la memoria cultural y la herencia ancestral en nuestra sociedad actual.

Según la primera Encuesta Nacional de Lectura realizada en Colombia por el Ministerio de Cultura, presentada en 2018, los jóvenes prefieren los formatos digitales, con un 64,0% para las redes sociales y las páginas web con 38,6%. Del total de la población colombiana, un 70,4% participa de una lectura digital.

Por otro lado, encontramos el consumo audiovisual en la que se privilegia a los “instagramers” o “youtubers”, de acuerdo a un estudio realizado por Google, el 52% de los jóvenes aseguran que sienten más cercanía con las personalidades influyentes de internet porque son más auténticas y se sienten identificados con su tono de comunicación divertido y alegre.

Estas tendencias para muchos representantes del sector cultura, dejan un sin sabor, un ejemplo de ello es la maestra de la cumbia, Toto la Momposina, admirada cantante de música folclórica, quien afirmó en entrevista de un medio nacional, que, las redes sociales dañan las neuronas.

Por supuesto, lo anterior, es una representación de la resistencia a la transformación digital en la que figuras y exponentes importantes de nuestro tejido cultural no pueden caer. Es importante propiciar el reconocimiento y la integración de las nuevas generaciones en la valoración de nuestra diversidad para combatir la invisibilización de los legados que conforman la pluralidad de los pueblos de nuestro país.

Por esa razón, es necesario analizar estos consumos de información para replantear la forma en la que venimos relatando nuestra historia. En efecto, los personajes y las instituciones culturales como los teatros, museos, las casas de la cultura y entre otros; deben diversificar sus formatos, canales y narrativas si desean conectar con sus audiencias, especialmente los niños y jóvenes que cada día exigen mayor persuasión.

Es hora hablar de “influenciadores culturales”, volver a estos nuevos líderes de opinión en aliados y voceros de nuestro patrimonio material e inmaterial para generar a través de escenarios digitales nuevas formas en la que los jóvenes participen de la proyección y promoción de nuestras tradiciones, raíces, símbolos y lenguajes que se armonizan con los nuevos códigos sociales.

Debo decir que, esta nueva era tiene tanto adeptos que se suman a la ola, como resistentes que no se incorporan a los beneficios que trae la democratización de la información. Si bien, el contenido más consumido es el humorístico, el reto para estas instituciones está en aprovechar la visibilización de estos nuevos prescriptores de marca para impulsar campañas con alto impacto social y cultural.



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