La informalidad en medio de la pandemia

Por: William Mercado Echenique


Para nadie es un secreto que la población colombiana en su mayoría pertenece a los estratos tres y cuatro, en los que se encuentran las clases trabajadoras dependiente e independiente, a las que le siguen los nueve millones de personas, que se encuentran en la informalidad, entre nacionales y extranjeros (legales y no legales).

En el marco de la declaración de emergencia económica por parte del gobierno nacional, a causa de la pandemia por el coronavirus COVID-19, este ha sido uno de los puntos de mayor presión, para la nación, las administraciones territoriales, el sector financiero y la dinámica económica, en general

Mientras para unos resulta cómodo, en términos generales, trabajar desde sus casas, hay muchos que ven en la medida de aislamiento preventivo obligatorio el mayor de sus peores enemigos, porque para ellos se traduce, en escasez, hambre, en la imposibilidad de cumplir con el pago de servicios públicos básicos, y en algunos hasta el incumplimiento de las obligaciones del gota a gota.

El clamor de los sectores más vulnerables se resume en que se les garantice lo necesario para subsistir: alimentación, pues al quedarse sin fuentes de ingreso no pueden continuar llevando lo necesario para suplir esta necesidad de sus familias. Adicionalmente, está la preocupación de la suspensión de servicios públicos al no poder cumplir con los pagos. Y qué decir de quienes tienen créditos bancarios, ya que se verían empujados por las circunstancias, a incurrir en mora.

Esta pandemia que golpea al mundo, ha sacado a relucir las fortalezas y debilidades de los gobiernos, pero más aún, las diferencias sociales estructurales. Esos problemas de los que todos conocen, que con el tiempo se va dejando de hablar de ellos y para los que las soluciones casi siempre son paños de agua tibia, porque cuando se ha legislado, no se ha apuntado a la solución de lo que las causa.

Sin duda, ningún país está preparado para parar. Esto sobrepasa cualquier capacidad institucional y gubernamental. Para todo se necesita el flujo financiero; para evitar que el sistema de salud colapse y atienda de forma oportuna la necesidad de la ciudadanía. Para subsidiar a quienes, a raíz de esta hecatombe, quedaron en el aire. Para ajustar todos los sectores a la realidad que nos obliga a vivir este inesperado fenómeno global.

Quienes pedían airadamente el cierre del país de un día para otro, no tuvieron en cuenta a ese sector menos privilegiado, ni todas las medidas que se requieren para que el impacto sanitario, social y económico, sea el menor.

Hay que destacar que el gobierno nacional ha ido actuando con compromiso social, de manera organizada, de la mano con la organización mundial de la salud (OMS), de la organización panamericana de la Salud (OPS), epidemiólogos, representantes de diferentes sectores científicos, expertos de otros países que ya han atendido este tipo de crisis, y en las medidas adoptadas ha tratado de incluir a la mayor cantidad de colombianos posible.

Aquí el esfuerzo es de todos. La empresa privada ha hecho lo suyo, aportando para el alistamiento de la capacidad hospitalaria necesaria y cubrir de alguna forma la crisis humanitaria que atraviesa el país, así como muchos ciudadanos, que acudiendo a su solidaridad han decidido contribuir de acuerdo a sus capacidades. Pero nada de esto servirá si no nos dedicamos a crear conciencia de la gravedad que implica, no acogerse a la medida de aislamiento.

Cuando esto pase, nada va a volver a ser igual. Retornar a la normalidad de manera inmediata no es una opción. Toda esta debacle no habrá servido de nada, si no nos sentimos más humanos, más vulnerables.


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