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La imagen es una verdad relativa

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por: Marcos Velásquez

WHISKY

Cuando uno se mira al espejo, la imagen que el espejo le devuelve a uno, le entrega una verdad, una verdad relativa.

Aunque uno cree que se está viendo a sí mismo, la mirada de uno en ese momento está sometida a la posición subjetiva en la que uno se encuentra.

Si uno está de “buenas pulgas”, la imagen es la más esplendorosa de sí mismo, si no, pues la imagen es la misma imagen, pero uno solo ve la depreciación del ser en ese mamaracho que está en frente de uno, tratando de parecerse a sí mismo, pero observado con el desprecio de sí, que a uno lo habita, es solo esa imagen, pero uno no se alcanza a identificar con ella, con el reflejo de uno mismo.

Usualmente, un niño cuando se va a motilar, solo le hace caso a su padre, porque sabe que si se permite someterse a la tortura de sentarse en esa silla grande, donde se tiene que sentar encima de otra cosa para poder quedar a la altura del espejo y soporta el ruido de la maquina que hace que los pelos se le metan por el cuello y le pique mucho y no lo dejen rascarse la picazón, porque si se mueve le va a quedar mal el motilado, su padre, en compensación, le va a regalar algo.

Un niño está ahí frente al espejo, la más de las veces, porque lo llevan obligado a darle horma a su imagen, pero no porque está atento a su imagen.

Más que pensar en cómo se ve después de la motilada, el niño está pensando en el regalo que va a recibir, dado que para él las palabras de admiración de su padre es suficiente para saber que está bien, que quedó bien, que se ve bien, y sobre todo, que parece todo un hombre.

La mirada del padre, es la encargada de pacificar, de consolidar el reencuentro de la imagen del niño consigo mismo.  El niño no está centrado en su imagen, él está preocupado por hacer cosas que le gustan hacer, no por sentarse a sus cuatro o cinco años frente a un espejo a ver si sí es él.

Él sabe que es, porque todo el mundo le dice quién es él, lo que le permite abstraerse en sus actividades y en su lucha cotidiana, para defender lo que le gusta hacer, de las normativas de su madre y de los adultos que lo rodean, quienes se empeñan en negarle, cohibirle o limitarle su principio de placer, para que conserve su integridad humana, dado que este empuje hacia el placer, no contempla los riesgos ni las consecuencias que porta.

Un niño neurótico, el que se queja mucho y le cuesta acomodarse a los límites y a las normas, es un niño feliz que, sin preocuparse por su imagen en el espejo,  lo que es igual a su apariencia, su reflejo, sabe quién es mientras que su padre o los adultos que lo rodean son los encargados de cargar con la molesta tarea de si se ve bien o no.

Los adultos nos la tenemos que arreglar en el ritual de la barbería, cada tanto que nos ubicamos frente al espejo, para poder reconocernos y rastrear a través de nuestra mirada, la imagen que tenemos de sí, la cual, según nuestros momentos de verdad, se va relativizando, con el gran riesgo de que quien no tenga claro quién es en sí mismo, al contrario del niño que está tranquilo porque su padre le permite centrarse en sí mismo, porque él sabe quién es, el adulto deja de ser, para delegar el peso de su ser, a lo que los otros le piden que sea.

Por eso, la imagen es una verdad relativa, donde uno es el responsable de tornarla en la verdad que uno profesa y no la verdad que los otros quieren ver en uno.

En la barbería, sentarse frente al espejo, exige de uno, que uno sepa quién es, para salir de allí, independiente del estado de ánimo o del momento de verdad en que uno se halle, renovado y alegre, como el niño feliz que insiste en seguir viviendo, haciendo las cosas que le gustan hacer.

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