La felicidad en medio de escombros

Por: Robinson Nájera Galvis


Opinión. Colombia, según una encuesta realizada por Gallup Internacional en 55 países, fue catalogado en 2018 como el segundo país más feliz del mundo, detrás de las Islas Fiji. Esto, como es de suponerse causó otra enorme felicidad en las multitudes colombianas, restando importancia a que en otro sondeo el país también fue nominado como uno de los más desiguales, de los más corruptos, de los más violentos, de los más robados, y para ello no creo que sean necesarios datos, pues la realidad está allí de frente, como un carnaval en medio de la tristeza.

En las Islas Fiji, sus habitantes son desinteresados, amables y muy religiosos. Viven mayormente de la agricultura y el turismo, sin embargo, se dan abusos de la policía contra los derechos humanos por medio de la Ley marcial, se reprime la libertad de expresión a los sindicatos y a la oposición política y un estudio nacional señala que el 72% de las mujeres ha sufrido violencia de género, es decir, si por aquí llueve por allá no escampa, pero aun así quedan muchas ganas para reír de felicidad ¿Increíble no?

Si con toda esta situación tan adversa para Colombia resulta una encuesta favorable, uno podría pensar: “aquí alguien está mal, el encuestador o los encuestados” pero no, esa es la realidad, nuestra gente prefiere hacerse la loca ante los problemas del país. Es así como vemos que una parte considerable de la población trabaja para tener la comida diaria, un equipo de sonido que casi no cabe en su casa desportillada y si, de ñapa, queda para las cervezas del fin de semana ¡qué alegría! De allí en adelante “que se muera el que quiera, que la vida es corta”.

Esta despreocupación que se confunde con felicidad, se ve reflejada también en nuestros estudiantes. A una gran cantidad poco les importa que haya examen, exposición, prepararse para el futuro ni qué carajo, les basta contar con un celular que le dispara música a toda hora y a su gusto. Estos chicos son los que forman tremenda bronca cuando al Junior, a Nacional o a Millonarios les pitan un penal, pero les da lo mismo que se roben la plata para la educación, “Así soy feliz, pendejo el que se dé mala vida por nada” dicen.

Montag, personaje principal de la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, es el jefe de los bomberos que se encargan de quemar libros para que estos no afecten el pensamiento de la gente porque, según él, llevan una vida feliz en esa especie de prisión intelectual. Tal vez muchos entiendan ahora por qué a los políticos no les interesa que el pueblo se eduque. Solo falta que cada quien, en medio de su felicidad, descubra quienes son los MONTAG de mi historia ¿Los docentes o los dueños del sistema?



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