La exigencia del cambio de hábitos de consumo: el COVID me salvó

Por: Ana Joaquina Pérez López


Opinión. En estos días, varios expertos, centran su pensamiento en el análisis de las dificultades y problemas en medio del aislamiento. No obstante, puedo decir que mi mente y cuerpo, no han sufrido un colapso porque aprendí que, en tiempos de crisis, al pensamiento y la vida hay que protegerlos de ese monstruo llamado consumo.

Según las Naciones Unidas-ONU, frente al objetivo de desarrollo número 12: producción y consumo responsables, el panorama no es alentador. Si la población mundial llegase a alcanzar los 9.600 millones en 2050, se necesitaría el equivalente de casi tres planetas para proporcionar los recursos naturales precisos con el fin de mantener el estilo de vida que llevamos, uno que no es coherente con lo que realmente necesitamos.

Antes del COVID-19, yo venía enfrentando una crisis muy fuerte, creo que una de las más intensas que he padecido. Me enfermó tanto, que tenía problemas de inseguridad, baja autoestima, ataques de ansiedad, pánico, lo más común en esta época. Insomnio, y la cereza del pastel: depresión con ideas de suicidio. Lo que me trasladó a más de una consulta con mi psiquiatra y a generar sufrimiento en mis papás y seres queridos.

En la parte fisicoquímica, contraje asma sin causa aparente y, aunque el médico y el especialista hicieron exámenes a profundidad, hicieron diagnósticos, formularon medicamentos, etc., no pudieron encontrar la causa definitiva porque, a pesar de todo, mis pulmones y vías respiratorias, estaban al 100%. En medio de una paradoja, me sentía destrozada y esto, no lo digo con temor o tristeza, sino con la felicidad de sentir que he superado casi todo ese estado gracias al COVID-19.

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Por otro lado, escribiendo este artículo, tengo en mi cabeza una escena ocurrida en un viaje de fin de semana con mis padres. Mi mamá, ese día me insistía en que debía salir de mi crisis, que no podía, ni había razones para seguir así, y yo, con amor, le explicaba que esa situación no era mi elección. Que, con los años, aprendí que las personas apasionadas, responsables y autoexigentes, se toman las cosas muy en serio y que para ellos es una condición natural. En aquel momento, el virus y las medidas, llegaron al país y a la ciudad.

Mi primera reacción fue asustarme, temí como todos, pero, en un contrasentido, ese fue el comienzo de mi tránsito al cambio de hábitos y, por ende, mi camino a la salvación. Sentí una sacudida extraordinaria en mi alma y mi cabeza olvidó los problemas que me habían enfermado. Por primera vez en mucho tiempo, pude dormir bien, respirar bien, recuperar mi voz y sonreía sintiendo que lo hacía desde el corazón. Esto no lo había conseguido con las citas médicas, psiquiátricas, ni con los consejos y apoyos de los que amo. Dejé de llorar y lamentarme por las situaciones que vivía, sobre todo en lo laboral.

Y sucedió. Entré al aislamiento obligatorio con la sensación de ir a una batalla, porque estaría completamente sola, sin pareja y sin mis padres, porque ellos viven en sector rural. Así, hice mercado para un mes y adopté a un gato bebé, mi compañero cuyo nombre es Adolf. Retomé el estilo de vida que en algún momento dejé atrás, sin darme cuenta y entre las acciones más relevantes, incluí: orar y leer la biblia cada día, una rutina para el teletrabajo, entrenamiento deportivo en casa, hacer mis alimentos y consumirlos sin prisa, leer (sobre todo poesía y literatura), escuchar música e incluso, bailar los fines de semana.

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Así mismo, tuve la oportunidad de crear un grupo de oración con mis mejores amigas, utilizando Teams, de Microsoft. Llamadas a mis padres todos los días, organicé el grupo de WhatsApp familiar y hasta he tenido tiempo de capacitarme y hacer el montaje de mi empresa AymaraLab. Próxima a lanzarse.

Los cambios llegaron de forma espontánea, y mi salud y calidad de vida, mejoraron. Entonces lo noté, admití que antes del COVID-19, en el exterior, el trabajo me había consumido por completo y había dañado mi percepción del mundo. Hoy, el mayor descubrimiento para mí, está en haber aprendido de qué manera ralentizarnos nos puede traer cosas tan buenas como sanar. Incluso, nos salva la vida.

A la fecha, aún estoy en supervisión médica, pero me mantengo optimista y creo que podemos superar todas estas situaciones si cambiamos los hábitos de consumo. De hecho, ya lo estamos haciendo cuando, al quedarnos en casa, asimilamos formas distintas de ser, hacer e interactuar; y corroboramos que es posible desaprender. Siendo honesta, reconozco con amor que la crisis que atraviesa el mundo y cuyo motivo principal es un tema de salud, ha tenido millones de buenos efectos, entre ellos: un despertar de conciencia.

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En medio del COVID, siento que estamos alertados, atentos e imaginativos. Poco a poco, transitamos el camino de entender qué sucede, y nos dirigimos a demostrar que nos interesa participar de una reconstrucción de lo humano y lo ambiental. Al COVID-19, le debemos el reencuentro, nuevos retos, aprendizajes, y experiencias. Le debemos mirar con otros ojos el mundo, a nuestros semejantes, la naturaleza; la importancia y lo valioso de lo comunitario, valoramos lo que significa que todos tengamos acceso a los servicios básicos; queremos actuar como un sistema y exigimos una buena inversión de los recursos. Y yo, yo le debo mi salud.

Por último, considero que no hay que perder de norte que las elecciones, son el problema mayor que tendremos siempre, frente a la exigencia de un cambio de hábito. Si queremos ser mejores, eso ha de ser un objetivo personal, para luego impactar en el hogar, las organizaciones y los gobiernos. El consumo y la vida sostenible han de ser la meta que podemos alcanzar, con mejores prácticas que protejan los recursos que tenemos; porque no hay peor ceguera que la desesperanza y a las generaciones futuras le debemos el mundo que tenemos por salvar.



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