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La claridad espiritual.

Marcos Velásquez. FOCUS Un mantra es un <<instrumento de pensamiento>> que permite liberar la mente por medio de sonidos, silabas o grupos de silabas, o palabras o frases cortas que, a través de su repetición, procuran una vibración energética que logra enfocar los pensamientos en...


Marcos VelázquezMarcos Velásquez.

FOCUS

Un mantra es un <<instrumento de pensamiento>> que permite liberar la mente por medio de sonidos, silabas o grupos de silabas, o palabras o frases cortas que, a través de su repetición, procuran una vibración energética que logra enfocar los pensamientos en lo que uno necesita.

Los mantras se utilizan para ponerle límite al ruido que en ocasiones inunda nuestra mente.  Ruido que surge cuando estamos en desequilibrio, el cual se da en el momento en que nuestro discurso no está alineado con lo que pensamos, hacemos y decimos.

De otro modo, cuando uno está alineado, en equilibrio, es porque piensa, hace y dice lo que le dicta la razón en tanto sentido común.

Esto nos da claridad espiritual, la que se devela cuando hay coherencia en nuestro discurso, la que podemos constatar de igual modo en nuestros actos, dado que estos deben ser manifestaciones de libertad y búsqueda de sentido.

Así, quien está libre de dolor, odio o resentimiento, puede obrar en razón del cuidado de sí mismo, y por ende, del otro.

En otras palabras, quien está en equilibrio puede darse al otro, de lo contrario, sólo consigue “enredarse más” a través del otro tratando de encontrar en él las respuestas que habitan únicamente en sí mismo.

La claridad mental o el equilibrio espiritual se obtiene en la medida en que los actos de uno den cuenta de nuestra voluntad de transformar el ambiente para la armonía de todos.

Es decir, quien obra en favor del bien propio y el de los demás es un sujeto despierto, presente, que puede diferenciar en su discernimiento qué hace el otro para el beneficio propio (egoísmo), o qué hace para el beneficio de la armonía con el otro (generosidad).

La claridad espiritual es entonces un ejercicio de reflexión perseverante que ayuda a centrar al sujeto en objetivos y metas de aprendizaje, transformación y construcción de un futuro mesurado, como consecuencia de un presente vivido en función de la alegría y la búsqueda de la armonía.

Quien se adentra en una dinámica tal, sabe que hay cosas que no dependen de él o ella, por tanto, para no entrar en sufrimientos vacuos, se los entrega a la vida, a Dios, a Buda o a su guía espiritual.

Por el contrario, quien vive en desequilibrio, insiste en imponer su voluntad por encima de la naturaleza de lo innombrable, cayendo en estados de tensión, rabia, ira, dependencia, victimización, resentimiento o totalitarismos que, terminan enfermando el cuerpo y ahondando su mal-estar existencial.

De éste modo, sin resolver nada, alguien así, fuera de que pierde su salud física, psíquica y espiritual, sólo enloda con la energía negativa que produce el lugar en el que habita.

Por tanto, un ser humano confundido hace que su incapacidad de estar en equilibrio, en armonía o en paz consigo mismo, genere un ambiente negativo en el que el otro poco tiene que aportar, dado que ese sujeto infeliz no se encuentra a la altura de las circunstancias para permitirse la bondad.

Su cosmovisión como su imaginario es una mezcla de frustración, ira y resentimiento que, al no sanar, al no permitirse recordar sin dolor a modo de perdón de sí mismo por no haber aprendido la lección de que las cosas son y suceden tal como son y no desde la égida del capricho que se le antoja a su veleidoso bienestar, sólo puede sembrar a través de sus pisadas como actos y sus palabras como manifestación de su extimidad, inestabilidad o inseguridad.

El presente no es más que la sumatoria de todos los capítulos del pasado.

Si se está en paz con el pasado, si se han cerrado y aclarado cada uno de sus capítulos, hay un presente armonioso.  Por tanto, se puede edificar un futuro mesurado en el que la alegría sea un estado de ser.

Quien no se encuentre en este estado es porque su desequilibrio le pide revisarse.

De allí la oportunidad de los mantras, dado que ellos nos permiten entrar en silencios o en estados de control consciente del ruido de nuestras quejas, angustias o demandas, para centrarnos en qué es lo que realmente me está causando dolor.

Si identifico mi dolor, le puedo poner límite al sufrimiento, el cual es por antonomasia imaginario.

Al mirar cara a cara mi realidad tengo una opción: la posibilidad de decidir si continúo en el lugar en el que me he ubicado para que la vida me malogre, o me reubico para que ella me resguarde.

A lo sumo, los mantras son, en relación a nuestro equilibrio, las notas de alegría que nos permiten sostener la vida tal cual como es.  Si no la aceptamos así, no tenemos claridad espiritual.

marcosvelasquezoficial@gmail.com

@MARCOS_V_M

 



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