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La Barbería

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión / Por Marcos Velásquez.

WHISKY

Mi Papá me llevaba a la barbería a motilarme.  Ibamos juntos porque nos motilábamos juntos.  Esa era una tarea indelegable para él como figura paterna, sobre todo, porque él era quien le decía al barbero cómo tenía que motilar a su hijo, dado que él quería que su hijo fuera un hombre serio como él mismo.

Para la época, no había muchas formas en los motilados.  Usualmente se planteaba el corte que se conocía como “gardeleano”, en honor a la elegancia clásica de Carlos Gardel.

Mi Papá y los señores de la época tenían como referente a Gardel.  Era la moda.  Quien quería empezar a parecerse, o era, un hombre serio, de negocios o de letras, se motilaba así.

La Barbería Colombia quedaba en una esquina de la Calle 50, en el número 77 B 157, al lado de un parquecito, en Medellín.  Ahí trabajaban dos barberos.  Unos hermanos que medio se parecían.  Uno era más formal que el otro, pero los dos motilaban bien.

Lo que se decía de ellos, era que ambos habían trabajado en la Cuarta Brigada, haciendo  la schuler a los soldados que iniciaban su servicio militar.  Que con ellos aprendieron hasta que se pulieron y se volvieron barberos, porque aprendieron también a afeitar sin que les temblara el pulso.  Es decir, sin cortarle la cara a ningún hombre con las navajas de afeitar de cuchillas intercambiables, en la época en que las maquinistas de afeitar desechables no existían.

Cuando se jubilaron, decidieron montar la barbería ahí en la avenida Colombia, cerquita a la Brigada, para no perder su clientela y empezar a ofrecer el servicio a los estudiantes  y a la gente joven que, sin querer pagar el servicio militar, querían dar la apariencia de hombres rudos de milicia, con la particularidad, le decían al barbero: “¡Señor!  Por favor, una schuler relajada”.  Un corte militar moderado, que hiciera que se viera rudo el hombre, pero no como un soldado raso.

Esos eran los dos cortes que había en esa época.  Estoy hablando de finales de la década de los setenta, cuando mi papá me llevaba agarrándome de su mano y me subía en el sillón del barbero y tenía que ponerle el barbero al sillón, una tabla forrada en cuerina, rellena de algodón industrial, para que yo me pudiera ver en el espejo y el obtuviera la altura de la motilada de un hombre.

Mi Papá me decía: “¡Mijo!  Cuando se vea en el espejo y sus pies toquen el reposa pies de este sillón, ya podrá tomar whisky”.

Los dos barberos y mi Papá se reían de modo complice, dando a entender que para llegar a ello tenía que crecer, volverme hombre, aprender muchas lecciones y comprender que en el mundo de los adultos, en cualquier época de la raza humana, toda relación tiene un costo, un costo que nos guste o no, se paga.

A lo sumo, esa era la única barbería que había en el Barrio El Estadio.  Las otras estaban en el centro, o en la feria de ganado.

A uno lo motilaban con la maquina de peluquería y lo pulían con tijera.  Cuando pasaban la navaja de afeitar para pulir los bordes, si lo cortaban a uno, le pasaban piedra alumbre o lo rociaban con alcohol.  Lo sacudían con una brocha, cuando terminaban el trabajo, para quitarle un poco los pelos que quedaban impregnados en el cuello, por las orejas y en los hombros.  Le echaban un poco de talco y ya.

Uno se miraba al espejo y notaba que aunque seguía siendo uno mismo, algo cambiaba en uno.  Uno se siente más liviano, fresco, más joven y de modo terapéutico, más cercano a sí mismo.

Las barberías son para los hombres, porque los salones de belleza son para las mujeres.  Ese fue el concepto que aprendí desde niño.  En las barberías se habla de negocios.  En los salones de belleza se chismosea.  En la barbería, cada veinte días o cada treinta, se da el ritual de la renovación del varón.  Se habla con los pares de lo que pasa en la ciudad, en el país, en el mundo.  Los salones de belleza eran un asunto cosmético y se entendía que algo había hecho uno mal, para que la mamá de uno lo llevara al un salón de belleza y no el Papá a la barbería.

En la barbería se hablaba de política y se empezaba a notar la capacidad de oratoria, de argumentación y de respeto por los puntos de vista de quien domina la palabra.  Como era un ritual de hombres, allí sólo se hablaba de cosas de hombres.  Era un espacio privilegiado para las identificaciones masculinas.

A día de hoy casi todo ha cambiado.  Paradójicamente, las barberías han aumentado.  Pululan como negocio.  En las esquinas, en el centro, en los centros comerciales.  Al punto que ese pequeño espacio de los hombres ya es hollado por las mujeres, dado que es normal encontrar en cualquier barbería a dos mujeres entrando en plan amigas acompañándose, preguntándole al barbero que si le saca las cejas.  A lo que el hombre no se le arruga porque es trabajo y le dice que sí, que por tres mil, que si no tiene afán después del turno que tiene le hace el trabajo, y ellas entre risas asienten y esperan.

Eso no está mal.  Lo que sí me parecería muy extraño es llegar a encontrarme a una mujer en una barbería trabajando de barbero.  Eso sí me parecería la tapa.

¿Por qué?  ¿Por machista?  ¡Jamás!  No soy misógino.  Lo digo porque en esta época de las minorías, donde casi todo es mixto, ya hay pocos espacios para las identificaciones concretas.  Algo que se tiene que revisar con pinzas, por lo espinoso del tema.

La identificación juega un papel esencial en el Edipo freudiano.  Es cuando el niño opta por ser como su Papá, o la niña opta por ser como su Mamá.  Quienes no eligen de este modo, hacen una elección perversa, y aunque toda elección tiene consecuencias, hoy la relajada posición de permisibilidad extrema lleva a que muchos niños y niñas se confundan en sus procesos del despertar de su sexualidad.

Por lo pronto introduzco el tema de conversación en esta peluquiada, porque el espacio es tiempo y el tiempo dinero.  Mi barbero espera a otro cliente que desea ser motilado y yo no tengo tiempo para decir en una sentada de barbería todo lo que quisiera exponer.

Doy gracias a quienes me permiten plantear mis apreciaciones freudianas-lacanianas, dado que fue en una barbería que surgió la idea de continuar la conversación entre hombres, sobre temas diversos.

Yo aspiro estar a la altura de las circunstancias.  Por lo pronto, solo sé que ya me siento en el sillón de mi barbero a motilarme y a pulirme la barba: me veo en el espejo y alcanzo el descansa pies.  Que tomo el agua de la vida con mi Papá y me preparo para ser padre, porque en el mundo del lenguaje, todos los sujetos tenemos que aprender la lección que el Otro nos enseña, y por ser malos estudiantes, nos repetimos como Edipo que, por su narcisismo, terminó ahogado en su propia auto-complacencia imaginaria.

Twitter: @MARCOS_V_M



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