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La Barbería es una cuestión de imagen

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por Marcos Velásquez.

WHISKY

Mi barbería queda en la esquina de la segunda con treinta y tres.  Digo “mi barbería”, porque ahí es donde me arreglo mi barba y me motilo, no porque sea mía de modo literal.  Ahí está mi barbero, el que me arregla mi barba y me motila: Jorge Luis Sierra.  Casi siempre me corrige: “¡Jorge, soy Jorge!”, me dice, porque me confundo y le digo Jose.

Jorge Luis es un hombre joven.  Tiene una hija.  La luz de sus ojos.  Es un hombre reservado, serio pero cálido.  Habla poco, pero cuando habla, dice lo que tiene que decir.  Para mí es el mejor barbero, sobre todo, es un buen asesor cuando se le consulta sobre el tema.  No es de los que va engañando para ganar clientes, él ha obtenido su clientela porque tiene el arresto de decir lo que piensa, por eso si a alguien no le queda bien algo, se lo dice de inmediato.

Por ejemplo, una vez mi sobrino se fue a motilar con Jorge Luis, él estaba antojado de hacerse una morisqueta de esas que están de moda en su pelo.  Jorge Luis, sin ambages, le dijo que si se hacia eso iba a quedar muy chirrete, y si estaba próximo a entrar al colegio, fijo se iba a meter en problemas con la encargada de la disciplina y la presentación personal.

Su señalamiento y asesoría me parecieron oportunos.  Por eso sé que es un hombre serio, de los pocos que adquiere sus clientes con su trabajo y no con el tema consumista de: “¡el que sigue!”.

Su compañero de cabina es Jandi Cervantes.  Un hombre joven también.  Jandi es más coloquial, respetuoso como Jorge Luis, pero más cercano a conversar.  También es un buen barbero, pero como no me arregla la barba a mí, no es el mejor.

Usualmente voy en las mañanas a organizar mi imagen.  Dado que las cosas hay que nombrarlas por su nombre, la barbería es un asunto de imagen.  Es un asunto intimo, considerando que es enfrentarse con el espejo, algo que para muchos es todo un trauma, ya que la imagen que nos devuelve el espejo es la imagen con la que contamos, y algunos neuróticos nunca se sienten a gusto con su imagen, como también los psicóticos tienen la certeza de que ese que está ahí en frente de ellos, es el Otro que los observa.

Voy en las mañanas, no solo por lo maravilloso de la luz solar en Montería, sino para que me quede el resto del día para disfrutar de la acomodación de mi imaginario.  Cuando uno se motila y se arregla la barba, uno busca acercarse nuevamente a sí mismo.  En nosotros los varones es menos complejo el acto de reincorporación de la imagen extraviada de uno mismo, que en las damas.

Cuando uno se motila y se arregla la barba, o en su defecto, se afeita, uno está procurando recogerse, acercarse al ideal narcisista de sí mismo.  En inglés hay una frase que puede ayudar a comprender un poco mejor dicho reencuentro de la imagen de uno, con la imagen extraviada de sí mismo.

En inglés se dice: “pull together”, tirar para el mismo lado, unirse.  Forzando la traducción, se puede plantear como reencontrarse, lo que equivale a ese esfuerzo que uno tiene que hacer para seguir pareciéndose a sí mismo sin extraviarse en los procesos identificatorios.  Este tipo de extravíos se evidencia en los sujetos inmaduros, anotando que la edad o el paso de los años no son garantía de la madurez en el ser hablante, es decir, en el hombre.

Usualmente, quien no tiene claro quién es, o no otea cómo quiere ser, termina pareciéndose a quien le representa una imagen narcisista refrescante, a saber, anhela parecerse a la persona que estima es la representación ideal de sí mismo.

Por eso, lo más oportuno es procurar ser uno, tal como Píndaro lo propone: “Llega a ser el que eres”.  Sin embargo, los psicoanalistas somos quienes nos encargamos de la espinosa tarea de ayudar a que el sujeto se escuche a sí mismo, para que halle su imagen extraviada en el espejo.  Lo que no es ni fácil, ni ameno para quien habla de él mismo, de tal forma que en estos tiempos de redes sociales, videos y publicidad desbordada, muchos sujetos van a la barbería, no a encontrarse con su imagen, con ellos mismos, sino a parecerse a otro que les gustaría ser, por ausencia de palabras sobre sí.

La última vez que me arreglé la barba, surgió en la barbería el tema de la circulación vehicular en la ciudad.  Estábamos Jorge Luis, Jandi y yo.  Como nunca, la barbería estaba sola.  Hasta el supernumerario de ellos estaba por fuera.  Trabajando, pero no estaba presente.

La discusión se presentó porque empezamos a hablar de los trancones de Montería en el retorno del Centro para los barrios de la Castellana y el Recreo.  Como solo hay dos vías del Centro hacia dichos barrios, dado que, o se toma la Cuarta o se toma la Circunvalar -que es la Carrera 14-, y como ambas desembocan en el semáforo de la continuidad de la 14, ahí en las horas pico ya arde Troya.  O se tiene paciencia, o se tiene paciencia, porque no se puede hacer nada al estar en el atasco.

Empezamos a hablar de la necesidad de más vías y llegamos, por la lógica del sentido, a los puentes.  Discutíamos que serán los puentes los que van a salvar la movilidad vehicular de Montería.  Entonces regresamos al Centro, y Jorge Luis planteó que como hay mucho carro en la ciudad, por eso es que se presenta tanto trancón.  A lo que Jandi adujo: ¿Y dónde me dejas las motos?

Jorge Luis infería que las motos no eran el problema de los trancones, argumentando que eran los carros, por su volumen, los que producían la inmovilidad.  Sin embargo, Jandi replicaba que las motos generaban mayor caos, dado que la forma en que son conducidas y el número de su parque automotor en la ciudad, el cual supera el número de carros, hacen que el caos aparezca.

Nos estábamos enquistando en la discusión, en argumentos de volumen (carros) y cantidad (motos), descuidando lo que procurábamos encontrar: una solución al flujo de la circulación del Centro hacia la Castellana en las horas pico, cuando Jorge Luis planteó un remedio al problema: ¡Hay que hacer otro puente entre la 31 y la 32, con su respectiva glorieta!  Eso fijo desembotella el tráfico del Centro y del retorno al Recreo, dijo Jorge Luis.

Inmediatamente pensamos en los planchones y estuvimos de acuerdo en que los planchones no tienen por qué sufrir por la construcción de más puentes, dado que ellos son parte de la cultura del río y son patrimonio de la ciudad, a parte de ser otra opción de transporte para el peatón.  Así que los planchones no tienen por qué intimidarse por el desarrollo vial de Montería.

Al hacer otro puente a la altura de la 31 y la 32, con el propósito trazado, también habría que pensar en una vía rápida al otro lado del río.  Ampliar la Carrera 10 en su continuidad de la Carrera 1Bo, con su respectivo retorno a través de otro puente y su glorieta a la altura de la Calle 69, que desemboque en la Carrera 6ª, para continuar hacia Cereté o retornar a Montería.

En esas estábamos, cuando Jandi nos recordó el embrollo de las motos, su cantidad, la casi nula educación vial que los conductores de estas poseen, lo que lleva al número de accidentes y muertes por accidente de transito, gracias a la falta de prudencia y de sentido común de quienes las conducen, presentándose la pregunta del qué se puede hacer para enmendar ese estilo de conducción irreflexivo, a lo cual de modo drástico planteé: hacerles rutas para ellas, solo para la circulación de ellas, lo que por obvias razones no se puede dar.

Entonces pasé a la sensatez de la vida en ciudad, educar, implementar un sistema de aculturación vial y de flujo de vehículos y de peatones que nos lleve a ser no solo la ciudad de los puentes, sino la Montería insigne de la convivencia a partir del tráfico, factor que nos implica a todos, lo cual nos hace responsables a todos de nuestra movilidad.

Ya estaba empezando a ponerme nostálgico con las ensoñaciones de la imagen de nuestra ciudad del futuro, cuando Jorge Luis me despertó diciéndome que ya había terminado, lo que hizo que interrumpiera de inmediato mi discurso para ponerme de pie y dar las gracias por haberme colaborado acercándome nuevamente a mí y recordándome que soy el que soy en el espejo y fuera de él.

Me despedí y les pregunté que si podía escribir sobre nuestra conversación, a lo cual ambos dijeron que sí.  Llegó el supernumerario, cobró, le pagué y me marché pensando que la barbería es una cuestión de imagen, de imagen personal y de imagen de la ciudad.

Twitter: @MARCOS_V_M



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