La audacia de tener esperanza

Por: Boris Zapata Romero


Opinión. La frase del título la saqué de un discurso de Obama, siendo aún senador, en el 2004. ¡La audacia de la esperanza!, es parte de una de las declaraciones públicas más profundas de nuestra era, y por encima de que la haya hecho un político de la talla de Barack Obama, tiene un sentido tan extenso que quiero usarla para conversar de economía política y desarrollo.

Hay un documento de las Naciones Unidas, más exactamente de la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo – UNCTAD, fechado este 2021, que dice que los flujos mundiales de inversión extranjera directa conocidos como IED cayeron un 35% el año pasado (2020), siendo esta cifra la más baja desde el 2005, e increíblemente más baja que después de la última crisis financiera mundial en el 2009.

Respecto a América Latina, señala que es el mayor desmoronamiento respecto a las demás regiones en desarrollo con una cifra negativa del 45%; en cuanto a Colombia, refiere que la inversión extranjera directa cayó un 46%, golpeando especialmente a la industria extractiva de petróleo con un declive del 68%, y a la manufacturera con una caída del 57%.

Retomando el discurso de Obama, debo señalar que el sentido la esperanza que uso de título, no es la de un optimismo ciego, como él bien lo dijo, “no es la ignorancia casi deliberada que piensa que el desempleo desaparecerá si simplemente no pensamos en ello, (…) se trata de algo más sustancial”, es en mis palabras, la esperanza de crear al creer.

Ahora bien, la puesta en escena no está solo en manos de los liderazgos políticos, pues para bien o para mal, nos pertenece a todos por igual. Por supuesto que sí el liderazgo político es malintencionado, ignorante o ligero de actuar, hace daño en mucha mayor proporción que si lo hiciera de forma tan equivocada otro tipo de liderazgo, pero eso no nos quita la responsabilidad a quienes desde lo privado y otras esferas, también estamos llamados a construir.

La “reactivación de la economía”, que es la meta por construir hoy por hoy, puede concluir de dos formas, o regresamos al camino por donde veníamos, o lo hacemos bajo la perspectiva de no volver a esa senda, la de un sistema que nos viene carcomiendo, por la desacertada visión respecto a que el desarrollo es igual a empresas con acciones de alto valor, y a que el progreso es igual a tener un precario enjambre de trabajadores escasamente reconocidos con un sueldo.

No nos podemos equivocar. No es un lujo que nos podemos dar, cuando el panorama al que se enfrenta el mundo es muy complejo, precisamente por las condiciones desiguales que ensanchan las teorías económicas predominantes; hoy gracias al COVID, en los países en desarrollo, tenemos alrededor de 100 millones de personas empujadas hacia la pobreza extrema, al mismo tiempo que presiones fiscales por el aumento de la deuda pública, los impagos y aplazamientos -debido a los recursos necesariamente destinados para atender la emergencia sanitaria-.

Trazar un camino sin ver lo recorrido es equivocado, pues en esos tropezones hay, o debería haber, aprendizajes. La crisis económica del 2009 hizo que el G20, los países más poderosos del mundo representados en sus líderes, delinearán una ruta qué consistía en reparar el sistema financiero, reformar las instituciones de apalancamiento internacional, y promover el comercio y la inversión global, pero lo que terminó pasando fue que todos, no importa el rincón el mundo, financiamos a los banqueros, y se fortaleció a los accionistas mayoritarios de algunas pocas grandes empresas, en contra de un crecimiento estable y duradero, respetuoso del medio ambiente, y generador de bienestar.

En días pasados había una discusión en redes, una vieja discusión, entre sí todos somos iguales o no. Les notifico, ella ha sido zanjada: somos iguales ante la ley, y eso es lo que importa. De esa premisa es que se desprende que el Estado debe velar porque la gente tenga unos mínimos que les permitan desarrollar sus capacidades -allá el que después no quiera-, por un interés que nos asiste a todos, pues no se puede esperar de una niña nacida en la pobreza extrema, malnutrida, con un entorno violento, sin acceso a agua potable, sin una educación de mediana calidad, que sea una mujer productiva para la sociedad.

Sale más costoso para todos, subsidiar prebendas económicas a los millones de familias en estas condiciones, y muchísimo más no hacerlo, que tomar la opción de tener la resolución necesaria para garantizar se les provea de los bienes públicos mínimos -salud, educación, justicia y seguridad-, de manera que, en la mayor posibilidad de igualdad de oportunidades, cada uno sume sus esfuerzos y capacidades, para ser personas productivas, felices y libres -en el sentido económico-.

La igualdad de oportunidades, a mi manera de ver, no es una visión romántica del deber ser, es una visión del desarrollo, desde lo económico y productivo.

La UNCTAD, señala que la recuperación estará de la mano de la inversión pública, pero también de la llegada a países como Colombia, de grandes industrias, muy especialmente de energías limpias, empresas de comunicaciones, empresas de electrónica y empresas de fabricación de dispositivos médicos. Hay que hacerse la pregunta: ¿podríamos aprovechar un escenario como ese?

Seguramente la respuesta es que medianamente, pues si bien tenemos potencial, nuestras cifras de pobreza y marginalidad, no permiten mano de obra calificada para aprovechar estas inversiones directas extranjeras de manera plena. Y ni hablar de las condiciones de seguridad, derivadas también de esa misma pobreza.

Ese escenario “a medias”, es una pena para todos; no solo se pierde la posibilidad de empleos de mejor escala de remuneración, sino el dinamismo económico derivado de esos mayores ingresos; ese círculo de bienestar que crea el dinero cuando se mueve. Allí la importancia de brindar a todos condiciones mínimas de igualdad de oportunidades, como base de escenarios de desarrollo estable, general y duradero.

Creo, por encima de gustos políticos, que desde el Gobierno nacional se han trazado derroteros que pueden ayudar a superar esta crisis, como el programa de infraestructura 5G, o los incentivos fiscales para atraer grandes inversiones, o el haber permitido tramitar una ley de origen parlamentario para el fortalecimiento del emprendimiento, la Ley 2112 de 2021.

Seguramente faltan muchos más esfuerzos normativos, reglamentarios, fiscales, de inversión pública y privada, de inversión en ciencia y tecnología, pero lo que importa es que se hagan, y ojalá, orientados a gestionar el crecimiento del tejido empresarial e industrial, al mismo tiempo que el fortalecimiento del tejido social y el desarrollo sostenible. La invitación es a una recuperación económica con la vista puesta en el futuro de una generación, que espero se admire de que, a pesar de todo, tuvimos la audacia de tener esperanza.



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