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Opinión/ Por: Marcos Velásquez.


#Opinión / Por Marcos Velásquez

FOCUS

Para hacer marketing político se requiere un grado de compromiso con el ciudadano, el que la más de las veces no está informado porque está ocupado en sus quehaceres, porque estima que la política no tiene nada que ver con él, o porque no quiere participar de ese oficio donde solo abunda la corrupción.

De los tres estilos de pensar, el votante, que es el consumidor, no está interesado en el producto, que es el candidato.  Sin embargo, en una sociedad de mercado, ningún producto se vende solo y tarde o temprano el consumidor necesitará de las ofertas que hay en el mercado.

De este modo, vender un candidato, que es el oficio de quien construye estrategias de marketing político, se torna en el reto para posicionar en la mente de los votantes, la imagen de quien ofrece soluciones a las necesidades sociales, a pesar de lo que se piense del producto, de la imagen que se tenga de él o las resistencias que tenga el consumidor para aceptarlo.

En consecuencia, se ha de iniciar un trabajo de posicionamiento de marca -en este caso, la marca es el nombre del candidato-, de la misma manera que con cualquier producto: segmentando el mercado.

Una vez se segmenta el mercado, en marketing político, se ha de elaborar contenidos específicos para cada segmento, los que deben contar con tres precisiones: que sean cortos, que cuenten con palabras que cada segmento del mercado tenga presente en su vocabulario y que el mensaje esté habitado por un grado de optimismo que permita a los votantes identificarse con la marca.

Evitar las redes sociales, muy al contrario de lo que algunos gurús del marketing político plantean, dado que en las redes sociales se desatan los imaginarios, lo que produce efectos contrarios a los que se buscan con los mensajes que se proponen como estrategia de marketing de contenido.

Las redes sociales se han tornado en un campo de batalla, en una Torre de Babel, donde el desgaste en las defensas a los ataques contra el candidato, por parte de quienes se resisten al producto, nunca alcanzarán la altura de la propuesta que se expone.

En otras palabras, las pasiones que despiertan las contiendas políticas en campaña, están al mismo nivel del enamorado, quien solo ve lo que quiere ver, y en su estado de alienación, solo haya palabras para exaltar a su objeto de amor, las que nublan y anulan su capacidad de juicio y discernimiento.

Apostarle a las redes sociales en nuestro medio, como estrategia de marketing político, es arriesgarse a que la imagen del candidato se difumine como en el juego del teléfono roto, o prestarse a desviar la atención del contenido de las propuestas que él hace, con tal de defenderlo de sus detractores, lo cual resulta costoso, desgastante e innecesario.

Así las cosas, una de las estrategias más oportunas para un trabajo serio en este tipo de cometido, es el tradicional marketing voz a voz, el cual acerca al candidato a su elector y permite, más allá del contenido de su propuesta, estrechar lazos sociales que el tiempo se encargará de determinar si fueron reales o efímeros.

En marketing político no hay tantas sorpresas como se piensa cuando se va a vender un producto.  El consumidor sabe lo que le gusta consumir, por ende, la mejor estrategia que se puede plantear en marketing político es la calidez de la marca al momento de tratar con ella.

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