Héroes que caminan al borde del precipicio

Por: Róbinson Nájera Galvis


Redacción. El pasado jueves 3 de diciembre se celebró el Día Internacional del Médico. La mencionada fecha se resalta desde 1953, inicialmente en Argentina y después en todos los países del mundo. Esta es quizás la profesión más anhelada por los estudiantes cuando inician el bachillerato y, sobre todo, por los padres de familia que sin pensarlo mucho quisieran tener por lo menos un médico en su descendencia, no sólo para dedicarse a salvar vidas sino porque es un oficio que da estatus. Donde llega un galeno todos levantan la frente.

Pero esta labor tiene su exigencia. Los médicos, más que cualquier otro profesional, deben combinar la ciencia con la humanidad debido a que un paciente cualquiera carga, además de la enfermedad, también con angustia y el buen médico tiene la responsabilidad de tratar las dos cosas. Mucho más en estos momentos de pandemia, pues son quienes más le están poniendo el pecho a la brisa, sin derecho a cuarentena, viéndole de cerca la cara a la muerte a toda hora y soportando la discriminación de muchos indolentes que los ven como una plaga.

El COVID-19 ha puesto al descubierto la real situación de los médicos en el país. A algunos les adeudan hasta 6 meses de un sueldo que no compensa sus esfuerzos. Según Sergio Isaza, presidente de la Federación Médica Colombiana, el 80% de los trabajadores de la salud desempeña su oficio en condiciones laborales inestables, por ende, sin protección social y con mínimas condiciones de bioseguridad para seguir enfrentándose a un virus mortal, “a un suicidio” como lo expresa el Dr. Isaza. Es decir, son héroes que caminan al borde del precipicio.

El primer médico colombiano víctima mortal del virus fue Carlos Fabián Nieto, un llanero de 33 años que se fajó con todo para salvar otras vidas. Según Paola Cruz, su esposa, cuando sintió un fuerte dolor de cabeza y tos seca, asistió a urgencia de la Clínica Colombia, pero no le hicieron la prueba porque pensaron que era otra enfermedad. En casa empezó a tener diarrea, fiebre, vómito y dificultades para respirar. Cuando en su propia clínica decidieron tomarlo en serio, ya era tarde. Una viuda y 2 hijos jamás entenderán porque alguien tan humanitario tenía que morir así.

Datos recientes del Instituto Nacional de Salud indican que unos 20.000 trabajadores de la salud han sido infectados con el coronavirus y casi un centenar ha perdido la vida en las garras de este contagioso mal. Han muerto en completo aislamiento pues sus familiares y amigos sólo han podido ver de lejos los ataúdes que llevan una cinta que dice: “Aquí va un héroe”. A sus seres queridos poco les importa la cinta, lo relevante es el dolor de no poder despedirlos siquiera con una mirada de cerca.

Estimados lectores, estamos en el deber de apoyar a nuestros médicos o ¿Acaso estamos ante una sociedad hipócrita que en vida rechaza a sus médicos y luego los entierra como héroes, sabiendo que después de la muerte, las placas, los aplausos y las lágrimas no sirven para gran cosa?



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