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“Hay algo que explicar antes de embutir la vida de la gente en un cuadro estadístico”: Alfredo Molano Bravo, premio “Clacso 50 años”.

Opinión / Por: Marcos Velásquez.


Opinión/ Por Marcos Velásquez.

COTIDIANIDADES

El pasado miércoles 1 de noviembre, en la Universidad Distrital en Bogotá, Alfredo Molano Bravo recibió el premio latinoamericano y caribeño del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales: “Clacso 50 años”.

Nacido en 1944 en Bogotá, a sus 73 años, es el hombre que quizá tiene más claro el panorama rural de Colombia.  El mismo que empezó a vislumbrar, cuando estudió Sociología en la Universidad Nacional, de la mano de Orlando Fals Borda, Camilo Torres y Eduardo Umaña Luna, quienes enseñaban a un inquieto estudiante de paz, los puntales  para edificar una sociedad que pudiera sembrar la paz.  Sin embargo, su licenciatura, otorgada en 1971, fue el proemio de una mirada crítica del sujeto colombiano y su estilo de pensar.

Tratando de ser fiel a las letras, y aun guardando sus ilusiones en las respuestas de la academia, se permitió escuchar los aportes que en la École pratique des hautes études de París, entre 1975 y 1977, le hicieron sus docentes franceses.  Pero el joven hombre no contaba con los efectos de las disertaciones compartidas con su maestro, Estanislao Zuleta, en su estancia en la Universidad de Antioquia entre 1972 y 1975, las que le permitieron una comprensión del capítulo titulado: ‘Acumulación originaria de capital’, del libro El Capital de Karls Marx, que ilustra la universalización de la condición humana, cuando la avaricia se enquista en el alma de los totalitarismos.

Forjado en una visión de los procesos sociales en Colombia, se enfrentó al cartesianismo francés en su fallida tesis doctoral cuando Daniel Pecáut, su director de tesis, le dijo que su tesis no era válida, ya que los relatos que él presentaba carecían del rigor epistemológico que la ciencia demanda porque los testimonios que él presentó para la academia francesa estaban viciados de subjetividad, lo que no permitía esclarecer qué es real y qué es invención (ficción).

El joven Molano ya había escuchado a los campesinos de Granada, del Meta, había descubierto los movimientos campesinos y había reunido relatos de campesinos que nunca habían sido escuchados y que querían contar sus particulares problemas sobre la tenencia de la tierra en Colombia.

Molano Bravo estaba haciendo literatura de testimonio, esa que consiste en “una narración del largo de una novela o nouvelle, dicha en primera persona por un narrador que también es el protagonista o testigo real de los eventos que cuenta”, él ya había elegido su camino como Sociólogo.

No se graduó, pero estaba tranquilo porque como él lo dice en su discurso de recibimiento del premio “Clacso 50 años”: “…desde el día que descubrí a Valentín Montenegro y a Sofía Espinosa. Testimonios que unos llaman historias de vida; otros, memoria oral, y para los que yo no encuentro un nombre más apropiado que relatos. En realidad, son historias de vida relatadas en primera persona del singular. Estoy cada vez más retirado de las consideraciones y de las determinaciones de carácter académico, entre otras cosas, porque creo que, justamente, la historia oral, la memoria oral, las historias de vida son un tanto ariscas para la comprensión académica y sobre todo, refractarias a la historia oficial. Hay una gran fricción entre las historias de la gente que sufre, que sueña, y la historia oficial. Para mí, la historia cotidiana, nuestra historia, con todas sus tragedias, con todas sus oscuridades, con todas sus esperanzas, es distinta a la historia oficial y nada parecida a la historia académica”.

En la florescencia de su madurez, Alfredo Molano Bravo ya sabía qué quería y hacia dónde se dirigía, sin desconocer el desgaste propio que causa la herida narcisista, al no ser comprendido y ser señalado por la academia como un insubordinado de la ciencia.  Al no graduarse como doctor, dio el paso al encuentro de su compromiso ético con la sociedad, cuando enfrentó a Daniel Pecáut, quien no tenía la capacidad de discernimiento que llevó a Molano Bravo a su deliberación: “los conceptos iban por un lado y la realidad iba por otro”.

A lo sumo, estas palabras pronunciadas en su discurso de recibimiento del premio “Clacso 50 años”, no estaban presentes con tanta lucidez en ese momento de incertidumbre, pero ya se habían gestado: “El término ciencia les queda muy bien a las disciplinas naturales que saben contar y saben medir. Hay algo que explicar antes de embutir la vida de la gente en un cuadro estadístico. Hay que contar el cuento de la gente antes de contar a las personas, para administrarlas.

Escuchar es casi escribir. Pero pregunto: ¿Cómo puede uno guardar lo que ha encontrado cuando ese hallazgo es un instante de plenitud? La verdadera relación con otro ser humano es jubilosa porque ha logrado romper la trinchera del miedo. Pienso que guardar esa emoción podría ser dañino. No es sólo una responsabilidad, sino también un asunto de vida o muerte. ¿Cómo seguir viviendo aislado cuando uno conoce al vecino y sabe, además, que vive tan solo como uno? Más aún: ¿Cómo no comunicarle que uno existe? ¿Cómo no mandarle un papelito diciéndole: “aquí estoy”? Eso es escribir. Se tiene miedo de escribir porque se tiene miedo de escuchar, porque se tiene miedo de vivir. Quizá por eso son más seguros los conceptos y los prejuicios.

Escuchar y escribir son actos gemelos que conducen a la creación. El conocimiento no es el resultado de la aplicación de unas reglas científicas sino un acto de inspiración cuyo origen me es vedado, pero cuya responsabilidad me es exigida. Uno no escoge los temas, dice Sábato, los temas lo escogen a uno. La creación esconde la utopía, la aspiración a un mundo nuevo y distinto que puede ser tanto más real cuanto más simple. Las cosas suelen no estar más allá sino más acá.

No en vano su práctica cotidiana de oído agudo lo hizo periodista, un hombre objetivo que tiene presente que “la cuestión no era de método sino de ética. Se produjo entonces un rompimiento a ciencia y conciencia, una ´ruptura epistemológica´ con lo que parecía más un juez que un maestro”, refiriéndose a su momento de verdad en su elección de no ser doctor y sí ser el hombre que le ha dado voz a los que nunca pensaron que la podían tener, los campesinos de la región del Ariari que huyeron de la violencia que habían vivido en Tolima, Huila, Cauca, Cundinamarca.  Los mismos que atravesaron el río Magdalena, que transmontaron la Cordillera Oriental y se asentaron, en el piedemonte llanero.

Las vidas minúsculas que le permitieron ver a los ojos los orígenes de las FARC como movimiento campesino liberal en el sur del Tolima, que defendía su tierra de los ataques del establecimiento colombiano y que le esclarecieron las divisiones regionales y la lógica de un discurso de la violencia en Colombia que se multiplica como una Hidra de Lerna.

Alfredo Molano, un hombre que encarna desde su elección ética y su práctica de escucha e interrogación de lo cotidiano, la memoria histórica del país.  Un hombre que tiene claro que “si tomamos en cuenta y en serio la vida de la gente, la vida inclusive de nosotros, la vida simple que va de la casa a la oficina se transforma de golpe, al escribirla tal como la sentimos, en una vida llena de fantasía, llena de perspectivas y llena de imaginación. Si uno graba una historia cualquiera, un testimonio sin trascendencia, y luego lo transcribe, lo ordena y lo edita, saltan a la luz la riqueza del lenguaje oral que se utiliza en el día a día y la fuerza que obliga a escribirla” (Palabras tomadas de su discurso de recibimiento del premio “Clacso 50 años”).

A Molano Bravo, el escritor que encarna la pulsión de narrar, total gratitud por su insistencia honesta de decir la verdad y de permitirnos a las generaciones que le sucedemos, identificarnos con una práctica de los imposibles que requiere un país mestizo que no ha comprendido que el vecino es mi hermano y que pensar por sí mismo no es una amenaza para los incultos.

Para nosotros y las nuevas generaciones, para los que aún están obnubilados con la ciencia, como nuestros indígenas en la conquista con los espejos, y no se les permite pensar en la verdad porque quien tiene el control lo puede perder, resalto de las palabras de Molano Bravo, como luz de faro en una sociedad global que retorna al oscurantismo, irónicamente, después de la ciencia:

“Escuchar y escribir son actos gemelos que conducen a la creación. El conocimiento no es el resultado de la aplicación de unas reglas científicas sino un acto de inspiración cuyo origen me es vedado, pero cuya responsabilidad me es exigida”.

Twitter: @MARCOS_V_M

 

 



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