¡Gallo viejo, sabe!

Por: Boris Zapata Romero


Era un gallo pendenciero, de esos que si les pasas por el lado te tira pico y espuela, el que retó al viejo gallo, y en sus impetuosos bríos mozos le ganó. El viejo sin afanes, se retiró a la esquina, y vio como su contendor se subía “aletoso” a lo alto del gallinero y con canto más fuerte que entonado “kokorollo” lo que quiso por horas, tratando de dejar claro que había llegado a la cima.

¡Lo oyó el gavilán, y zas! Al día siguiente era el viejo gallo quien volvía a poner orden en el gallinero.

En ese esfuerzo que nos debe caber a todos en que la vida no pase por encima arrollándonos con sus acontecimientos, hay una reflexión que debe comenzar a plantearse respecto a la incidencia de la pandemia actual, y de paso las posibles futuras, que relaciona su agresiva presencia con ese afán de aglomerarnos en esto que llamamos ciudades, dejando la mitad del mundo despoblado tal como lo pueden observar, por ejemplo, en los mapas interactivos de @galka_max.

Hoy, ese logro llamado ciudades está llamado a revaluarse. Ese gallo que predominó con la modernidad y volvió al rincón a pueblos y pueblerinos, le llegó la hora de bajarse del curubito para dejar que los mayores se encarguen de ver cómo se organiza el territorio, sus actividades y su producción, y se encuentran formas que permitan estas interacciones económicas enfocando de manera más eficiente, en términos que impliquen humanidad y medio ambiente, la relación entre productividad, bienestar y desarrollo.

Para caminar esa nueva senda hay que replantear paradigmas de Desarrollo desde la geografía económica, que no es otra cosa que la ciencia que “Identifica potencialidades de desarrollo de un territorio, localizando recursos económicos, estudiando la dinámica social y económica de áreas desfavorecidas, los niveles de renta, la cohesión e integración social, etc.” (Gudiño de Muñoz, M.E., 2003). Y es que el territorio y su organización es muy importante en términos tanto sociales como económicos.

Encontré una gráfica bastante interesante de cómo se organizaban los feudos ya hace unas centurias atrás, que nos permite ver, sin ser muy doctores, que tanto entonces como ahora, la organización del territorio está absolutamente ligada a la relación de poder – producción – habitabilidad – recursos.

Cómo era la vida en un Feudo lo aclara puntualmente esta descripción: “El feudo estaba formado por el castillo, las tierras que lo rodea, las propiedades que estaban en ellas (casas de los campesinos), animales, etc. Las tierras dedicadas a los cultivos se dividían en “las reservas” y “los mansos”, las primeras eran las que el señor feudal las explotaba con sus siervos y las segundas (los mansos), eran las parcelas que el señor cedía a los campesinos libres a cambio de entregarles una parte de sus cosechas”.

Lo que ocurrió entre la organización feudal y el ahora, es que nos metimos todos al bendito castillo; y en el afán dejamos atrás territorio, y con él uno de los principales medios de producción y bienestar, la tierra. Eso obviamente no es gratuito, tiene elementos que pasan por supuesto en que dominar el castillo siempre es más fácil que todo el reino, de manera que los entramados de poder cantaron su tonada y metieron a las gallinas en su espacio.

Julian J. Edney, en un documento que tituló Territoriality and control: A field experiment (Territorialidad y control: un experimento de campo), expuso como conclusiones que es el control lo que mueve la territorialidad humana, y este se describe más allá del dominio o influencia sobre otras personas, como la posibilidad de manejar las ideas y opiniones, los recursos (humanos, técnicos y económicos) y por supuesto el espacio geográfico.

Hay que repensar la forma como estamos organizando el territorio, y en especial lo que se ha dado en llamar la célula de la estructura del Estado: el municipio. Es evidente gracias a esta crisis de salud, que podemos trabajar y producir sin aglomerarnos, entonces, en especial para los más obtusos, es más fácil imaginar formas para establecer en los territorios alrededor de las ciudades puntos focales, de manera que haya municipios estudiantiles, municipios manufactureros, municipios agroindustriales, municipios industriales, municipios con x o y especialidad, y permitir entre otras cosas la posibilidad de instituir circuitos cortos de producción (que es otra de las necesidades que develó el COVID-19), tema que amerita otro escrito.

Mientras los liderazgos asumen y digieren estos nuevos retos, lo que está ocurriendo es que, al apretarnos en las ciudades, dejamos espacio territorial que ha sido ocupado por depredadores económicos en la forma de minería ilegal, cultivos ilícitos, rutas de tráfico de contrabando y narcóticos, explotación maderera indiscriminada, ganadería, pesca y agricultura sin responsabilidad ambiental, y a cambio cada vez somo más vulnerables a los males de la ciudad: pobreza, enfermedad y exclusión social.

No digo que las ciudades sean malas en sí mismas, ni más faltaba. Pero sí que estamos dando la espalda a las posibilidades que están fuera de ellas (entre otras los medios de producción que bien saben, para mal, aprovechar los ya citados), dizque buscando un mejor vivir que queda estancado en los barrios marginales a lo largo y ancho de todo el planeta. Como me dijo por allí un viejo sabio desde su taburete, hablándome de los nietos: dejaron el machete por el mototaxi, y ahora no hay quien les pague la carrera ni quien les cultive la comida. ¡Innegable, Gallo viejo sabe!



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