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Fuerzas para seguir soñando

Por: Marcos Velásquez.


Opinión. En un país en el que las profesiones tradicionales están que colapsan, si es que ya no colapsaron, pero por cuestiones de preservar la calma ante una situación económica tensa, no se revelan cifras reales del número de profesionales desempleados, subempleados, trabajando por menos de lo que realmente deben ganar en una escala salarial justa, o que se encuentran realizando oficios distintos al de su pregrado, porque se cansaron de insistir en buscar trabajo, o porque el que les salió, no cumplía con sus expectativas, dado que las funciones que debían desarrollar no estaban acorde con su formación profesional, o por el contrario, el número de funciones que les asignaban excedía las horas laborales que realmente debían cumplir para sacar adelante la tarea, porque la empresa necesitaba ahorrarse con su trabajo, la labor de dos personas o más en una y ello no compensaba tanto esfuerzo académico, ni inversiones en posgrados, los llevó a hacer algo que, si no les da dinero, por lo menos aprendieron a disfrutar un poco lo que hacen, a punta de costumbre y de superar la frustración.

También puede estar ocurriendo que el estudio sobre este tema en Colombia no se haya realizado, porque no hay una entidad encargada de dar cuenta de cómo va el mundo laboral profesional y técnico en la actualidad en el país, dado que, como nos suele pasar en nuestra cultura, “hasta que no explota la olla”, no nos ponemos a pensar en por qué la olla explotó.

Si bien hay una dinámica en las Empresas Universitarias de ingresar en el mundo de la alta calidad con miras a la excelencia académica y hay una formalización de los Institutos de Formación Técnica que permite pensar que estamos en la vía de mejorar nuestra realidad laboral con personas graduadas con una mejor formación, se ha de contrastar lo que se está haciendo con lo que se está aportando a los mercados laborales según lo está demandando el nuevo discurso del Siglo 21.

Ello implica que tanto las Universidades como los Tecnológicos ausculten no solo la formación de sus docentes, tutores o formadores, dado que, aunque ellos cuenten con los pregrados e incluso estudios de posgrados para hacerlo, pueden estar inscritos en una zona de confort que no favorece al estudiante que recibe sus clases, porque dicho formador, o canta por su paga, o solo cuenta con una mirada de la realidad laboral según lo que él hasta el momento ha comprendido o ha vivido en sus años de poner en práctica sus conocimientos, cuando la visión de un mundo globalizado exige, y resalto la palabra exigir, una visión de trabajo completamente diferente a como se conoció el mundo laboral en el Siglo 20.

Tristemente nuestro país conoció parte del Plan de Ciencia, Tecnología e Innovación a partir de sus múltiples escándalos por la forma como se manejaron los dineros de dicho rubro, cuando lo que implica pensar en Ciencia, Tecnología e Innovación es una triada que si se comprende, puede sacar a Colombia de la cultura feudal en la que aun persiste, aunque contemos con Ministerio de TIC.

Estimo que aun no hay claridad en lo que implica cada uno de los términos de la triada  Ciencia-Tecnología-Innovación, para el desarrollo económico del país.

Más cuando son muy pocas las empresas privadas y ni qué decir de las públicas, cuando estudian la posibilidad de contratar a una persona que en su hoja de vida cuenta con un doctorado que se lo ha currado a conciencia, y no es un impostor que realizó ese tipo de estudios para contar con un pedigrí que no va a utilizar porque en el fondo no sabe para qué sirve dicha formación, dado que lo único que le interesa de ella es que lo suban en el escalafón, o que lo conserven en la nómina, aunque desde la función del doctor no produzca y para ello se camufla en cargos administrativos.

La Ciencia es la parte encargada de todas las funciones investigativas sobre un tema en particular.  Es la profundización de trabajos de investigación específicos que osan comprender una realidad desde lo más profundo de su esencia, con tal de poder pensarla de otra manera.

Por ello, la Ciencia ha de ir de la mano de la Tecnología, dado que difícilmente se hace Ciencia, se investiga, si no se cuenta con las herramientas tecnológicas que permitan avanzar en la investigación.

La tecnología, como está centrada en los equipos, en el desarrollo de equipos y en los métodos de intervención permite que, quien tenga claridad conceptual, epistémica y experticia en el manejo de las herramientas tecnológicas, ya sean softwares, equipos o propuestas para la construcción de nuevos equipos o herramientas que permitan avanzar en la investigación, decanta la “supremacía” del doctor, para darle cabida a los magister o a los investigadores natos, las personas que empíricamente siempre se han preocupado por investigar para comprender el fenómeno que los inquieta, con tal de hallar una solución al respecto.

La tecnología no es solo inversión en equipos para hacer ciencia, es también la comprensión de las herramientas para ponerlas al servicio de la ciencia, lo que implica también investigación, dado que quien está en el rango de la tecnología, día a día hace un ejercicio de observación que lo lleva a plantear mejoras a la herramienta, para que esta cumpla con mayor precisión o más velocidad con la tarea para la cual está diseñada, con tal de que el objeto de estudio al que se le aplica se pueda interpretar.

En este orden de ideas, la Ciencia y la Tecnología van de la mano, dado que ambas se necesitan para mejorar los procesos de investigación, de comprensión de los fenómenos objetos de estudio, con tal de debelar el enigma que ellos encierran.

Un doctor o un magister pueden investigar, siempre y cuando sean estimados en sus justas proporciones para investigar lo que ellos han elegido investigar a partir de sus formaciones de posgrado.  Ahora, si estas personas están capacitadas para profundizar, indagar, explorar los problemas con tal de comprender la realidad que los habita y los encierra, no solo las Universidades tendrían que preocuparse por contratar doctores o magisters.

Los diferentes gremios que en Colombia han entrado en procesos de ralentización de su economía, con tal de comprender lo que está pasando con los productos, los servicios, las formas de producción, las formas de consumo, las maneras de comunicarse hoy día los seres humanos, para repensar, desde los cambios estructurales en las dinámicas sociales del planeta cómo engranarse en la globalización, deberían contemplar la opción de contar en sus equipos de trabajo con personas que se dedican a la investigación de manera ejercitada, dado que así es que pueden entrar en las dinámicas de la innovación.

La necesidad de pensar lo que ya se conoce de otra manera es innovar.  Ello implica paciencia, dado que sin investigación, difícilmente se puede innovar.  Quizá aquí está el punto álgido de la cultura de los colombianos, quienes hemos aprendido que todo tiene que ser para ¡ya!, sin contar con el principio de la cocción o ebullición de un proceso.

Solo innova quien ha visto a lo largo de un proceso de observación, indagación o investigación, cómo lo que se hace, lo que se produce o lo que se dice, ya no está surtiendo el efecto esperado en el mercado meta o en el público objetivo.

Plasmo aquí mis inquietudes a cielo abierto, con el objetivo de permitirme pensar en que en Colombia se puede transformar la realidad económica contando con una visión que contemple la Ciencia, la Tecnología y la Innovación.

Que los diversos gremios comprendan la necesidad de investigar, indagar, qué es lo que estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y por qué ya no nos funciona como sí funcionaba cuando lo hacíamos en el Siglo 20.

Algo ha cambiado y al parecer nos resistimos tozudamente a aceptar que algo ha cambiado. 

A lo sumo es el calentamiento global, a lo sumo es el desarrollo desbordado de la tecnología que nos ha impuesto otros estilos de pensar, de consumir, de obrar y aun nos cuesta asimilar que hay cosas que sí han cambiado pero, como solo conocemos lo que hemos aprendido a hacer hasta el día de hoy, nos aferramos al pasado corriendo el riesgo de quedar por fuera de los nuevos mercados y sus vertiginosas dinámicas económicas.

Estimo que si seguimos pensando y obrando como vamos, terminaremos siendo lo que siempre hemos temido ser quienes desde una perspectiva liberal de la sociedad hemos temido: un país tercermundista. 

Un país en el que su mayor estandarte dejó de ser Simón Bolivar como libertador, para ser remplazado por Pablo Escobar Gaviria, el hombre que le corrió el velo a una sociedad que desea vivir de la apariencia y no del trabajo, del oportunismo y no de los negocios, de la envidia y la rivalidad y no del respeto y el reconocimiento, de la avaricia y no de las inversiones a largo plazo.

Un país que se ha jactado de producir políticos y mafiosos y siempre ha negado la creatividad, la honestidad y el buen nombre de quienes tienen sueños para sacar adelante a sus familias trabajando en lo que saben hacer, como artesanos que desean aportar a una sociedad que siempre ha demandado una estabilidad.

Por ello, para el 2019 es oportuno que los colombianos nos tomemos en serio el lugar que ocupamos en la economía del país y nos permitamos indagar a partir de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, cual es el papel que vamos a tomar para construir una visión donde la creatividad nos permita superar un 2018 que dejó a muchos vivos, pero sin fuerzas para seguir soñando.



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