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¿Fuerza pública irrespetada?

Por: William Mercado Echenique


Opinión. Desde hace un tiempo se ven cada vez con mas frecuencia, situaciones en las que comunidades, poblaciones y personas, se enfrentan a miembros de la fuerza pública, aún sabiendo que estos portan armas y ellos no.

Vemos como estudiantes universitarios en medio de protestas, llevan a cabo actos propios del vandalismo, más que de la defensa de derechos o formas de expresión del desacuerdo. Grupos que secuestran o agreden a soldados y policías que, en cumplimiento de su deber, se encuentran realizando operaciones de incautación de drogas, desmantelamiento de plantas de su procesamiento y erradicación de cultivos ilícitos. En casos fatales, las agresiones cobran las vidas, de quienes tienen la responsabilidad de cuidar nuestra integridad física y garantizarnos seguridad.

Si existe algo deshumanizante en el mundo, eso es la guerra. Quienes conforman las partes que se enfrentan son seres humanos, que son expuestos a situaciones de presión y violencia extremas, para lo cual no siempre se está preparado y en consecuencia no es posible predecir las reacciones de las personas que las padecen. Es así, como vemos casos desgarradores en general, que conmueven el sentir de quienes de lejos percibimos las consecuencias del conflicto armado.

En este escenario, se observa con preocupación la forma en la que el comportamiento de la sociedad ha ido cambiando en relación con el respeto que le debe a los miembros de la fuerza pública, al entender la seguridad como un valor de la democracia y ese elemento fundamental que permite el fortalecimiento social y económico de un país. Pues a mayor seguridad, mayor estabilidad y mejores posibilidades de inversión y crecimiento del estado, incidiendo esto directamente en el bienestar de los ciudadanos.

Sin embargo, encontramos a personas de todas las posiciones sociales, que a través de las redes sociales principalmente, se encargan diariamente de generalizar los comportamientos que se presentan al interior de estos conglomerados, en los que desafortunadamente se han llevado a cabo acciones que encuadran en el marco de la ilegalidad y la corrupción, haciendo un daño irreparable en la percepción externa, pues terminan desconociendo que no todos son malos y que es más lo positivo que nos aportan, arriesgando sus vidas, para la protección de las nuestras.

Se ha llegado al punto en el que nuestros soldados y policías son revictimizados, exponiéndolos permanentemente al escarnio, a juicios sociales y a procesos judiciales, producto de sus actuaciones en el contexto particular del conflicto armado o de una situación de legítima defensa.

Si bien es cierto que hasta en la dinámica bélica existen reglas, en este caso las que se establecen en el Derecho Internacional Humanitario, pareciera que el respeto de los Derechos Humanos fuera en una sola vía en la que, los que terminan desprotegidos son los miembros de la fuerza pública.

No es posible que se continúe deslegitimando la institucionalidad de la estructura que tiene por obligación mantener el orden público, pues llegará un momento en el que se cruzará la línea del irrespeto permanente, desdibujando por completo el papel que este importante sector representa en la estabilidad nacional.

Acoger y respaldar a nuestros policías y soldados, es un deber ciudadano, al igual que para ellos es un compromiso portar con dignidad los uniformes que los hacen miembros especiales de la sociedad.



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