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Está la calle llena

Opinión/ Por Marcos Velásquez.


Opinión/ Por Marcos Velásquez.

FOCUS

Mg. en Comunicación. Psicoanalista. Docente (Marca Personal/Mercadeo/Estilos de Pensar/Inv cualitativa). Escritor.

¿Quién no canta por su cena?  Se trabaja para obtener un pago.  Una recompensa quizá.  Pero siempre se trabaja para recibir algo a cambio.  La más de las veces, dinero.  Sin embargo, está quien trabaja por reconocimiento o por poder.  Cada quien llena su falta en ser, su necesidad de darle sentido a su vida con uno de estos significantes: dinero, reconocimiento o poder.

Si quien canta tiene claro por qué lo hace, sabrá que el costo que paga por su pago es el canto que ofrece, pero más allá de su canto, sabrá que el verdadero costo con el que paga es estar parado al frente cantando sin anteponer su estado de ánimo o las razones por las cuales asume estar allí, dado que como lo expuso el cantor: “Y nadie pregunta / Si sufro si lloro / Si tengo una pena / Que hiere muy hondo // Vinieron a divertirse / Y pagaron en la puerta / No hay tiempo para tristezas / Vamos cantante comienza!”, canta Hector Lavoe.

No hay absolutamente nada gratuito en el mundo del lenguaje.  Cada palabra tiene un peso de sentido, lo que permite hilar la construcción del mismo.  No hay “era charlando, era juego, no me prestes atención”.  Las palabras son las palabras y se pronuncian porque sí, no porque no sé.  Toda palabra viene de un lugar donde habita el sentido de cada ser hablante.  Por ello, no se puede homogeneizar al sujeto, dado que: “si dos están pensando igual, es porque uno de los dos piensa por el otro”, lo planteó Freud con claridad.

El cantante busca dinero para vivir, reconocimiento para surgir y poder para destacarse ante su competencia.  Pero su poder emana de su talento, lo que hace que se gane el reconocimiento que es admitido por sus pares, como respeto a lo que él sabe hacer bien y mejor que ellos.  En otras palabras, el cantante canta porque sabe que: “Yo soy el cantante / y mi negocio es cantar / a los que me siguen / mi canción vine a brindar” (Lavoe).

Difícilmente un cantante que se asume dice que canta porque lo obligaron a cantar o porque no tuvo otra opción.  Aunque cada vez me cuestiono más si hay sujetos que nacen sin posibilidad de optar, dado que el discurso en el que crecen es tan cerrado que llegan a adquirir un estilo de pensar idéntico al imaginario que los circunda.  Aun así, estimo que hay quien en un momento dado es capaz de decir que no.

Así como el cantante canta y sabe que para cobrar por su puesta en escena, el costo que paga es su acto de cantar, cualquier tipo de trabajo o de ejercicio vocacional, antes que pensarse en cuánto cobrar, ha de tenerse presente el costo que se ha de pagar por obtener su recompensa, sea esta en dinero, reconocimiento o poder.

Hoy se dice que estamos peor que antes, quizá quien lo piensa no ha escuchado o no ha contextualizado el tango de Enrique Santos Discépolo que reza: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos…” (Cambalache, 1934).  Mejor pensar que se trata de la ley del eterno retorno que Nietzsche expuso, con la particularidad de que ahora nos toca a nosotros y en nuestra época hay más acceso a la información.  No queriendo decir con esto que antes no se llegara a saber quien era el truhán, rufián, torcido, pervertido o ladrón.  El canalla siempre se encarga de poner a cielo abierto su canallada.  Él solo se delata.

Como ayer hoy los hay.  Que se conozcan más, tal vez, por lo de el acceso a la información en tiempo real y porque la misma información permite rastrear las huellas de su rastro en la escena, el discurso o sus contactos, porque hoy, a diferencia de antes, donde el que cantaba sabía que su negocio era cantar, hoy cualquier bufón finge ser cantante.

Quiero decir, no es que estemos peor, es que hoy el límite se rompió y eso ha llevado a que la sociedad global quiera acceder al acto de cantar sin pagar el costo de ser cantor.  Se desea el reconocimiento, más no el costo que se ha de pagar por sostener el dinero o el poder que este trae.

Antes se sabia quien era quien.  El malo era malo y el bueno era bueno.  Hoy el malo termina siendo víctima y el bueno pasa a ser el verdugo.  La perdida de límites ha llevado a que todos queramos vivir de la bondad, pero también a ser avispados cuando nos llegue a tocar.  No obstante, sin pagar el costo por los actos que se cometen para lograr lo que todos queremos obtener.

Estimo que Calamaro resume en su canción Paloma, el lío ético que se quiere formular en cada una de nuestras instituciones: “No cometas el crimen varón, si no vas a cumplir la condena”.

Lo queremos todo igual que todos, desconociendo que no todos podemos tener todo lo que los otros tienen, menos si no asumimos que para obtenerlo hay que pagar un costo antes de recibir el pago.

La naturaleza del ser hablante es destructiva, egoísta, territorial, celosa, como también idealista  y altruista, obviamente después de que él haya satisfecho todo lo que el otro no tiene.

Quizá estemos igual que antes, pero nuestra época, la cual vivimos con una latente escasez, la que sentimos no sólo por el calentamiento global, sino por cómo los impuestos, la deuda y la inflación, nos aventajan mes a mes los salarios o nuestras ganancias, donde, gracias al acceso a la información en tiempo real, somos inundan de noticias de corrupción para señalarnos que robarle al fisco es un delito mayor que robarle un director de facultad una idea a un profesor para inscribirse en su investigación o una bolsa de agua a un tendero o una cartera a una mujer o un computador a un estudiante o la mujer a un amigo o cualquier otro caso de robo o estafa que puede culminar en el asesinato de un ciudadano de a pie que, por no estar en la farándula de turno, a lo sumo, sus dudos lo tendrán que llorar.

Como es de mínima cuantía o es sólo una idea eso no tiene trascendencia global, no alcanzamos a notar que la estrategia del manejo de la información nos pide que nos centremos en lo espectacular y no en el problema real.

“Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”, se escucha en la sabiduría popular.  Pero qué decir de quien se las quiere tirar de vivo y después se hace pis en los zapatos.  Arrepentido, planteando que lo obligaron, que no tuvo otra opción, o que él no ha hecho nada distinto a lo que quienes lo antecedieron ya habían hecho.

Si es que estamos mal, es porque el código de honor se perdió.  El ser hablante no dejará de ser lo que es, más cuando hay escasez.

Para afrontar este momento de verdad, es oportuno volver a los límites que antes existían cuando la palabra del padre valía.  Este le enseñaba al hijo que la palabra tiene peso, por ende, valor.  Quien la empeña, ha de pagar con su canto para que reciba la cena.  Si no lo va a hacer, que pague la condena con su silencio.  Sin hipocresías, que asuma lo que a él le tocó como hombre de honor, porque de canallas está la calle llena.

Twitter: @MARCOS_V_M

 



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