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¡Encontramos a su hijo!


Por: Marcos Velásquez

No siempre se elige un trabajo por vocación. Menos cuando no existen procesos de identificación que ayuden a su elección. Ese fue el caso de Debora*, quien a sus 20 años se vio en la obligación de decidir qué iba a hacer en su vida.

Al tener tanto tiempo libre, y su madre premuras para sostenerla a ella y a su hermano menor, habló con un tío que trabajaba en la policía para preguntarle que si ella podía ser policía. Su tío le sugirió que mejor se presentara a la convocatoria de detective rural y urbano que el DAS tenía abierta en 1995. De los veinticinco que se presentaron de la seccional Córdoba, entre hombres y mujeres, sólo pasaron 4 para el estudio de seguridad.

De esos, sólo dos fueron elegidos. Ella y un hombre. Debora recuerda que después de haber salido por primera vez de su casa para someterse al proceso de selección en Bogotá, y de haber vivido su adiestramiento en Casanare, exigido por el Curso Mixto de Detective Rural, cuya promoción fue la de marzo de 1996, donde llegó con un firme propósito: “Salir adelante, porque mi mamá me dijo que iba hacer el esfuerzo de ayudarme a mí, con el compromiso de que yo después le ayudara a mi hermano”, no imaginó que iba a conocer el amor.

No estaba permitido dentro de la formación enamorarse, sin embargo, quién se puede oponer a los impulsos de la atracción, más cuando en la soledad y la morriña de la tierra, la necesidad de un abrazo apremia. De las ocho mujeres que pasaron para formarse como Detective Rural, ella, la única de la Costa Atlántica, ante otras siete compañeras: dos rolas, dos paisas, dos pastusas y una llanera, fue quien le arrebato la mirada a un joven hombre de 18 años, quien tenía una particularidad: aunque era del Chocó, era blanco.

Él, por su parte, sucumbió ante ella porque de las ocho mujeres, Debora no sólo albergaba sensualidad, sino una ternura mezclada con la dulzura y la confianza de la ingenuidad alegre, lo que le permitió a él sentirse seguro ante una mujer. Debora se entregó a ese amor, aunque la vida tenía previsto para ellos que al terminar su graduación, sólo un año más podrían sostener la relación, dado que en la ruleta de las plazas quedaron en polos opuestos, lo que hizo que la carne se enfriara y él buscara cobijo en otro cuerpo.

Superado con el tiempo el mal del amor, Debora se arrogó a su tarea, encontrando en el oficio una distracción que le permitía concentrarse en algo que no fuera la ausencia de lo conocido. Por ello, siempre procuró aferrarse a sus labores de investigación en las diferentes tareas que le estipulaban, hasta que fue liquidado el DAS y pasó a una de las entidades designadas por el gobierno para reemplazar este departamento administrativo en enero de 2012.

El tiempo ya le había brindado tres hijos. Había tratado a través de la madre, reencontrarse con la mujer, sin embargo, su último amor casi la deja sin piso para sostener la representación del afecto en sus hijos. En su fragilidad, se dejó llevar por los actos de ese compañero de camino, quien veía en el alcohol y en las fiestas un modo de sostener las realidades de la vida.

Una mañana, con su olfato de detective y la experiencia acumulada por el paso de los años en su labor, puso a prueba una corazonada que no le permitía dormir tranquila. Indagó unas fuentes, revisó unas llamadas y constató los cambios de actitud de él. Sin esfuerzo, y con el dolor y el guayabo de quien despierta de una fiesta en la que no recuerda que hizo parte de ella, comprobó que él la traicionaba con otra mujer. Su decepción la llevó a entregarse, desde el 2007, a la lectura de la Biblia, la cual ha leído desde entonces cuatro veces y ya está en su quinta relectura. Descubrió a través de ese momento de verdad que “tenía hambre y sed de amor puro, de amor verdadero”.

Por ello, hace diez años se convirtió al cristianismo, para sopesar su “falta de algo, porque sentía que la vida mía estaba vacía”. Encontró a Jesus y con el acompañamiento de su Congregación Cristiana, hoy el amor duele menos. Ha superado la soledad gracias a la presencia inmaculada de Jesus en su corazón. A él le reconoce la paz que le ha entregado y en su oración, le expone su deseo de una compañía afable que comprenda los latidos de su pasión.

Sin notarlo, la vida fue preparando a Debora para la labor que hoy desempeña. Luego de enseñarle la reconciliación con ella e iluminarla con el sentido de la fe y la esperanza al discernir el amor a partir del perdón y el trato respetuoso y amable consigo misma, la vida la puso a sus 42 años en la misión de ayudar, a través de sus labores investigativas en la entidad en la quedó asignada, a los familiares de las víctimas de los desaparecidos.

Ella es consciente de que en Colombia las cifras conocidas en los informes oficiales, o en investigaciones realizadas por entidades como el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), que plantean un número de 60.630 personas desaparecidas denunciadas por sus familiares en los últimos cincuenta años, pueden no ser tan exactas.

Tiene claro que son más los casos, dado que si a denuncias vamos, es mayor el número de casos no denunciados por temor a represalias o desconocimiento del procedimiento, dado que en un alto porcentaje, quienes tendrían que poner la denuncia son familiares con poca escolaridad o muy entrados en años, lo que hace que la situación sea más difícil de dilucidar. Su experiencia le permite asentir que en la época del paramilitarismo, tanto esos grupos al margen de la ley, como las guerrillas, pescaron en río revuelto e incrementaron las cifras.

Por eso duda de que el número de desaparecidos expuesto por el informe citado sea ese y no mayor, ya que se encuentra con testimonios de familiares que plantean que sólo hasta ahora se atreven a denunciar o a hablar de su caso.

En la actualidad, investiga delitos de desaparición y desplazamiento forzado, entre otros, donde aproximadamente tiene que resolver a la vez cuatrocientos casos que a la fecha siguen vigentes, y aunque reconoce que hay más casos de desplazamiento forzado, anualmente se pueden presentar 30 casos de desaparecidos de modo regular.

Por lo pronto, ella se encuentra trabajando en los casos ocurridos entre 1985 y 2010, reconociendo que el peor enemigo de su trabajo es el tiempo: “porque hay muchos procesos por desaparición”, dice ella. Lo que la hace desconfiar de las estadísticas, “porque los números son fríos”. Por eso mejor guarda los recuerdos de casos en los que ha podido ayudar a los demás y trae a colación el caso de María, una mujer de 55 años de edad, vecina de Puerto Libertador, quien en el 2014 fue citada para darle a conocer que habían encontrado el cuerpo sin vida de su hijo. María le dio una lección de vida a Debora al ver cómo asumió de modo sereno la noticia y le dijo: “Eso era lo que yo estaba esperando. Ya puedo descansar en paz”.

Para Debora, María es el ejemplo de muchos casos de la región, porque como madre, María, a quien los paramilitares le habían reclutado a un hijo de manera forzada y nunca lo volvió a ver, ella trató de salvar de esa suerte a su otro hijo, el cual envió a Montelibano para que buscara mejor fortuna. Sin embargo, a los dos días de estar allí, los paramilitares se lo llevaron y sólo las palabras de Debora al decirle: “¡Encontramos a su hijo!”, le devolvió la paz.

La desaparición forzada es un crimen de lesa humanidad, lo que implica que es un delito que no prescribe en el tiempo, lo cual hace que el trabajo de investigación sea devastador para quienes se ocupan de esas pesquisas, ya que se las tienen que arreglar con los familiares de los desaparecidos, personas que se hayan penando y en un estado de desasosiego permanente, sólo a la espera del reencuentro con su ser querido o con la confirmación de su deceso.

Como terapia ocupacional, para soportar las energías asoladoras que enfrenta en la tensión cotidiana de su trabajo, Debora, en su trasegar de investigación de casos de personas desaparecidas y cargar con el apoyo que termina brindándole a sus desesperanzados familiares, en el 2015 optó por estudiar derecho, con el ánimo no sólo de tener más herramientas para actuar mejor en su oficio, sino para comprender cuál ha sido la formación sociopolítica del desarrollo humano de una sociedad que ha hecho de la desaparición forzada, una normalidad en la que la indiferencia frente al tema permite que esta práctica se haya instalado como una forma de control al margen de la ley en Colombia.

En el presente, Debora, congraciada con Jesus, sus tres hijos y con su labor, sólo desea a través de sus obras encontrar el amor, el que un día la abrazó y desapareció. *Nombre cambiado por petición de la entrevistada, quien por razones de seguridad laboral no puede revelar su nombre de pila.

Twitter: @MARCOS_V_M



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